Héctor Tizón nació el 21 de octubre de 1929 en Yala, en la provincia de Jujuy, Argentina. Licenciado en Derecho, fue ministro, diplomático y juez del Tribunal Supremo jujeño, y vivió en México, París, Milán y Madrid, aunque siempre volvió a Jujuy.
Un 21 de octubre de 1929 nacía Héctor Tizón
Un día como hoy cumpliría años el célebre escritor jujeño, cuyos libros fueron traducidos al francés, inglés, ruso, polaco y alemán. Naturalmente sabio y elegante, fue acreedor de varios premios Konex, fue Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y miembro de la Academia de Letras Argentina.
Publicó sus primeros cuentos en el periódico El Intransigente, y llegó a dirigir el diario Proclama, antes de tener que exiliarse a España por razones políticas (el golpe militar que inició el Proceso de Reorganización Nacional en Argentina), donde trabajó en diversas editoriales y medios.
En 1960 apareció en México su primer libro, un compendio de relatos titulado A un costado de los rieles. Casado con la filóloga Flora Guzmán, recibió numerosos galardones, entre ellos ganó el premio Casa de las Américas en 1969 por Fuego en Casabindo. Recibió en 1996 el Premio Academia y Premio Consagración Nacional, y el Prix des DeuxOceans, en Francia, en 1999, por su novela Extraño y pálido fulgor; y el Gran Premio de Honor del Fondo Nacional de las Artes en 2002. Sus libros fueron traducidos al francés, inglés, ruso, polaco y alemán.
El hombre que experimentó el desarraigo, al regresar volvió a su Yala natal, un pueblito de 800 habitantes donde se dedicó enteramente a su profesión de juez y a escribir. Cuentan que en la vasta biblioteca de su padre aprendió a leer y que alguna vez, de niño, se cuestionó si iba a escribir en la lengua de los primeros libros que ganaron su asombro, los del Siglo de Oro español; o si por el contrario, lo iba a hacer con el habla de Jujuy, tachonada de aportes quechuas. Es que justo él vivía por elección en un lugar tan lejano para muchos, que le significaba tanto.
En una entrevista de archivo, Tizón se refirió a lo que significaba para él la frontera: “Para mí, la frontera es, ante todo, misteriosa. Porque no es el país sino su límite y eso la emparenta con lo extranjero, con otras culturas, con otras formas de ver y de sentir. Por eso se la asocia con el intercambio pero además, la frontera es muy significativa también como imagen del borde, de la cornisa. En verdad, no creo que la Argentina se sienta distinta o se vea menos desde aquí, su norte más norte. Cuando me preguntan por qué diablos vivo acá lo primero que contesto es que ya nada es lejos de nada. La distancia hoy no se mide en kilómetros ni en millas, sino en dólares y cada vez más asequibles. Y en segundo lugar, creo que un escritor lo que necesita, básicamente, es tiempo y el tiempo en las ciudades grandes es muy caro. Aquí, en cambio, el tiempo es barato. ¿Ve? (señala hacia una plaza). Aquellas mujeres están hablando de la vida, que quiere decir hablando un poco de todo o charlando de nada, sólo por charlar. Pueden pasar meses así. No las apura nadie. Yo siento lo mismo. Me levanto temprano por la mañana y mientras el sol me llena de luz el escritorio, escribo. Si me empantano, renuncio a la computadora y sigo a mano. Soy juez, leo, converso con la gente, duermo la siesta… para mí la frontera es rica, muy rica.”
Como escritor cultivó varios géneros narrativos: novela (Fuego en Casabindo, 1969; El hombre que llegó a un pueblo, 1988; La mujer de Strasser, 1997; etc.), cuento (El jactancioso y la bella, 1972; El traidor venerado, 1978; El gallo blanco, 1992), literatura juvenil (El viaje, 1988), y también se acercó al ensayo (Tierras de frontera, 2000).
Su literatura fue inspirada en gran parte por la tradición oral del pueblo que lo vio nacer.

