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Una foto vacía y un relato que perdura

De la reunión de los Gobernadores del Norte Grande no quedó absolutamente nada, solo una foto de familia, opíparas y bien regadas comidas y una larga lista de viatiqueros, nada más que eso.

El magro o nulo resultado tiene que ver con la impronta de cada uno de los visitantes, incluido el anfitrión, todos, absolutamente todos son actores protagónicos del fracaso del Norte Grande y de cada una de las provincias.

Todos se aferran a los esquemas feudales, fundamentales a la hora de perpetuarse en el poder, asunto que es el único que desvela a los integrantes de la foto de familia.

Los 10 gobernadores y el Jefe de Gabinete, muy lejos están de ser parte de la solución, fueron, son y serán parte del problema.

El filósofo argentino Carlos Hoevel, entendía que era imprescindible contar con “dirigentes políticos que hubieran pasado por una profunda experiencia ética y espiritual que los hiciera capaces de enfrentar con claridad mental, realismo y espíritu de sacrificio la dureza y complejidad de los problemas de la realidad”.

Hoevel describe con detalle las descripciones psicológicas de los líderes de las ahora denominadas religiones políticas y la actualidad que se experimenta al leerlas, cuando pensamos en los contextos populistas contemporáneos.

Ahora estamos en presencia de un discurso absolutamente radical, que se presenta como un santo intachable apócrifamente celoso de los valores que dice defender, como quien escucha el clamor del pueblo, recitan como autómatas una fuerte crítica a los males sociales de este tiempo, y especialmente a la conducta corrupta de sus eventuales opositores. Todo un perverso relato.

Los líderes populistas, como los de la foto, tienen la imperiosa necesidad de crear un enemigo de la sociedad que necesariamente debe llevar toda la culpa, al que le asignan el origen de todos los males, y ofrecen a la vez una respuesta simple y en apariencia fácil como solución a todo el mal. Por supuesto que la solución solo es declamada, ya que no solo nunca aparece, sino que los males se agudizan cada vez más.

Y como su verdad está supuestamente del lado de los buenos y elegidos, el resto no merece ni siquiera ser escuchado.

Al hacer un repaso de lo que ocurre en Argentina en general y en Jujuy en particular, se puede reconocer las analogías con los análisis sobre las religiones políticas de Eric Voegelin y las características del nuevo fundamentalismo político.

Estos líderes mesiánicos, populistas y hasta demasiado lineales si se quiere, son celosos a la hora de determinar quiénes son parte de su rebaño y quienes no, por supuesto que aquellos que tienen la osadía de pensar distinto o simplemente no cuestionar las ordenes del mandamás, automáticamente se infiere que no tienen nada para aportar ni dicen nunca la verdad, porque son siempre sospechosos de maldad y engaño, o por lo menos así intentan comunicarlo e instalarlo al resto de la sociedad.

Lo que está claro es que con este razonamiento de los autócratas no es posible ningún tipo de diálogo, simplemente porque ellos no lo quieren.

Y si eventualmente se plantea algún tipo de debate, solo serán monólogos de autoconfirmación. Se justifican en su fanatismo y resistencia a cualquier crítica en nombre de su pasión por una verdad absolutamente sectaria o por determinados valores que muy lejos están de la moral.

Si bien el fundamentalismo es un concepto originado en la teología protestante a comienzos del siglo XX, actualmente, y sin temor a equivocarnos, podemos decir que estamos en manos de fanáticos y fundamentalistas. En la reunión del Norte Grande quedó absolutamente demostrado, creen en ellos mismos, miran su propio ombligo, de tal modo que el diálogo se vuelva imposible, y, en el caso de la política, por lo menos de esta parte del país, toma formas de fanatismo dogmático.

El fundamentalismo aparece cada vez más en partidos políticos, donde algunos líderes como Morales repiten formas clásicas del liderazgo sectario y mesiánico.

Son fundamentalistas, y dividen a la sociedad en creyentes y ateos, porque lo que los caracteriza es que son una reacción radical al relativismo ético y cultural propio de sociedades plurales.

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