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Imprescindibles de Silvina Ocampo

Fue una de las poetas argentinas más reconocidas y premiadas por sus versos; era amiga de Borges y esposa de Adolfo Bioy Casares. Compartimos algunos de sus poemas.

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Silvina Ocampo (1903-1993)



La figura de Silvina Ocampo y sus obras o se consideran periféricas o centrales, dependiendo del contexto desde el que se le analice. Su hermana, Victoria Ocampo, editaba y publicaba la revista Sur, la cual dio a conocer los primeros cuentos y poemas de Silvina.

Junto con su esposo, Adolfo Bioy Casares, y Jorge Luis Borges, publica en 1940 la Antología de literatura fantástica, contribuyendo a que se fomentara más en la región. Es decir, entre su círculo literario y social, era una figura central. Pero, en los canales de la historia poco se le reconoce fuera del Cono Sur, y se ha vuelto una figura periférica en los estudios literarios y culturales.

Según el crítico Melvin Arrington, esto puede ser porque no existen tantas traducciones al inglés de ella como de otros escritores latinoamericanos.


Al rencor

No vengas, te conjuro, con tus piedras;

con tu vetusto horror con tu consejo;

con tu escudo brillante con tu espejo;

con tu verdor insólito de hiedras.

En aquel árbol la torcaza es mía;

no cubras con tus gritos su canción;

me conmueve, me llega al corazón,

repudia el mármol de tu mano fría.


Te reconozco siempre. No, no vengas.

Prometí no mirar tu aviesa cara

cada vez que lloré sola en tu avara

desolación. Y si de mí te vengas,

que épica sea al menos tu venganza

y no cobarde, oscura, impenitente,

agazapada en cada sombra ausente,

fingiendo que jamás hiere tu lanza.

Entre rosas, jazmines que envenenas,

¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?

Haz brotar sangre al menos de mi herida,

que estoy cansada de morir apenas.


Diálogo

Te hablaba del jarrón azul de loza,

de un libro que me habían regalado,

de las Islas Niponas, de un ahorcado,

te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa.

Me hablabas de los pampas grass con plumas,

de un pueblo donde no quedaba gente,

de las vías cruzadas por un puente,

de la crueldad de los que matan pumas.

Te hablaba de una larga cabalgata,

de los baños de mar, de las alturas,

de alguna flor, de algunas escrituras,

de un ojo en un exvoto de hojalata.

Me hablabas de una fábrica de espejos,

de las calles más íntimas de Almagro,

de muertes, de la muerte de Meleagro.

No sé por qué nos íbamos tan lejos.

Temíamos caer violentamente

en el silencio como en un abismo

y nos mirábamos con laconismo

como armados guerreros frente a frente.

Y mientras proseguían los catálogos

de largas, toscas enumeraciones,

hablábamos con muchas perfecciones

no sé en qué aviesos, simultáneos diálogos.


En tu jardín secreto hay mercenarias

En tu jardín secreto hay mercenarias

dulzuras, ávidas proclamaciones,

crueldades con sutiles corazones,

hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias

multiplican arcanas perfecciones.

Se ahondan en angostos callejones,

tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío

de un portón que al cerrarse me dejaba

prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río

bajaba entre las frondas a un abismo

de intermitente luz, con tu exorcismo.

La llave maestra

La luz de su cuarto me habla de él cuando no

está,

me acompaña cuando tengo miedo,

y siempre tengo miedo porque soy valiente;

oye su paso sobre los mosaicos de la entrada

va a su encuentro cuando abre la puerta

lentamente

cuando lo espero, y siempre lo espero;

lo mismo es para la luz eléctrica que para la luz del sol,

lo mismo para el sol que la luna o la estrella.

Un tapiz forma la luz complicada

es la vida y siempre la vida.

Si me quedara ciega la vería con mis patas

o tal vez con mi frente cuando llega.

El tapiz no lo forma la luz sino su llegada, el

sonido

que cambia de oscuro en claro.

El tablero de la luz tiene varias llaves

pero una gobierna el resto:

se llama la llave maestra.

Del mismo modo el tablero de mi luz

tiene una sola llave que gobierna las otras

la llave que está en sus manos.

Apagaría todas las luces si quisiera

pero yo cierro los ojos para no ver

la oscuridad que podría ser luz

para no herirlo.


Las huellas

A orillas de las aguas recogidas

en la luz regular del suelo unidas

como si juntas siempre caminaran,

solas, parecería que se amaran,

en la sal de la espuma con estrellas,

sobre la arena bajo el sol las huellas

de nuestros pies desnudos

tan lejanos, y mudos.

Dejando una promesa dibujada

nuestra voz entretanto ensimismada

se divide en el aire y atraviesa

la azul crueldad de la naturaleza

mientras solos cruzamos

la playa y nos hablamos.




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