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Entre la confrontación y el diálogo en tiempos turbulentos

Los anticuerpos del sistema político entraron en acción. Los gobernadores llegan a la Casa Rosada con la guardia en alto después de tres meses de convivencia accidentada con ese objeto extraño en el organismo del poder que se llama Javier Milei. Se fueron aliviados cuatro horas después: los habían citado en son de paz.

La propuesta que expuso el jefe de Gabinete, Nicolás Posse, eludió las pretensiones históricas con las que suele emocionarse el Presidente. Fue un shock de realismo. Se intenta avanzar cuanto antes con un set de reformas para las que existe acuerdo, archivar otras más ambiciosas y estudiar una manera viable de repartir las cargas del ajuste fiscal entre la Nación y las provincias. Milei no quiso mancharse con el ejercicio del consenso, un proceso humano que a menudo equipara con la corrupción. Pero consintió darle una oportunidad a “la casta”. Su estado natural es el conflicto y la construcción narrativa de su personaje público requiere un antagonismo permanente con la dirigencia tradicional. Por eso ni se planteó salir en la foto. Las fuerzas del cielo no se contaminan en esos barros terrenales. Ni se imaginaba al cerrar otra semana agitada que el sábado lo iba a exponer a un error no forzado que lo golpea en el corazón del relato: la admisión, bajo presión opositora, de que los sueldos del Presidente y los ministros aumentaron alrededor del 48% este mes.

Ocurre después de que Milei sobreactuó furia contra los diputados y senadores por una suba incluso menor. ¿Descuido o hipocresía? Cualquier respuesta es incómoda. Más aún porque el Gobierno necesitaba unos días de sosiego para reacomodar el rumbo político. Milei se ha cansado de decir que no necesita al Congreso ni a los políticos para bajar la inflación y para que su programa económico funcione.

El problema es que ya se hacía ensordecedora la inquietud sobre la sustentabilidad política de su plan de ajuste ultraortodoxo. Desde el Fondo Monetario Internacional (FMI) hasta inversores nacionales y extranjeros le plantearon la endiablada cuestión de la gobernabilidad. “Quedó claro que hay gente en el Gobierno que no quiere comerse la curva”, sintetiza uno de los gobernadores que estará en la cita de Casa Rosada. Y añade: “Ahora esperemos que lo tengan amordazado a Milei durante un tiempo”. La ironía desnuda el grado de desconfianza que signa la relación entre el Presidente y las provincias. El intento de acercamiento implica volver el reloj a diciembre, cuando la ley ómnibus se envió por primera vez al Congreso, aunque con las heridas a cuestas de este trimestre de acusaciones, insultos y escraches en las redes sociales.

Hay cierta coincidencia entre los gobernadores en que finalmente fue positivo que Milei se quede en Olivos y que Posse, a quien muchos de los jefes provinciales no le conocían la voz, se siente a la cabecera de la mesa. Al ministro del Interior, Guillermo Francos, le tienen respeto personal, pero sienten que Milei lo ha dejado en offside demasiado seguido. “Posse es el brazo ejecutor directo del Presidente”, acota un referente de la zona centro. En última instancia la duda que carcome a los gobernadores es simple: ¿de verdad Milei quiere un pacto? Al Presidente le gusta negar su dependencia de “los políticos” (categoría en la que astutamente no se incluye a pesar de su cargo). Transmite su convicción de que gobernadores, legisladores y líderes partidarios terminarán por alinearse con él a la fuerza, a partir de los éxitos de la economía. Si baja la inflación, se diluye la oposición, dicen en su entorno. El inconveniente es que la política puede convertirse en un bache peligroso en el camino hacia los resultados que persigue. El nivel de tensión que le inyectó al sistema impidió primero la sanción de la ley ómnibus, a pesar de su aprobación en general en la Cámara de Diputados, y amenazaba con desencadenar el rechazo del DNU de desregulaciones con el que arrancó su mandato.

El cambio de juego que significó el llamado a un pacto rebaja al menos hasta finales de mayo la posibilidad de un choque de poderes que embarulle el programa del ministro de Economía, Luis Caputo. A los gobernadores se les pidió celeridad para votar nueve capítulos de lo que fue la ley ómnibus, además de una nueva fórmula para las jubilaciones atada a la variación del índice de precios. Menos revolución liberal; más pragmatismo. Se abrió, además, una comisión para discutir cómo aliviar el ahogo fiscal de las provincias. Ese nudo sigue sin desatarse. El proyecto de reinstalar el impuesto a las ganancias con un piso de $1.500.000 no tiene apoyo suficiente y será un punto de discordia.

En los próximos días citarán a todos los presidentes de bloque para otra asamblea de la concordia. De alguna manera el Gobierno aceptó a destiempo un consejo de los viejos lobos parlamentarios, que le decían: “Fijen prioridades, escuchen, cuenten los votos y después aceleren”. La cumbre en la Casa Rosada transcurrió con una “cordialidad suiza”, como retrató uno de los asistentes.

En la previa los gobernadores hicieron arder el chat de WhatsApp que comparten, que funciona como un espacio de terapia para hacer catarsis por la falta de fondos. Durante las primeras dos horas de la reunión con Posse y Francos hubo un bombardeo de planteos sobre lo que en las provincias llaman “falencias de gestión”. También se dio una inusual muestra de solidaridad de los gobernadores del interior con el reclamo de Jorge Macri por los fondos de coparticipación que le recortó por decreto Alberto Fernández. Posse se mostró receptivo para analizar la propuesta de las provincias de que se coparticipen de manera automática los infames Aportes del Tesoro Nacional (ATN) que los presidentes de turno han usado como herramienta para revolear premios y castigos.

“La impresión es que alguien levantó el teléfono y los convenció de que había que bajar un cambio”, indica un gobernador patagónico. Lo que viene será trabajoso e incierto. La desconfianza funciona como una armadura para todos los actores de esta obra. “Nosotros no nos vamos a arrodillar. Y da la impresión de que ellos lo saben”, aporta un jefe provincial del Norte. Pero a un presidente popular nadie le dice que no. Mucho menos a uno que actúa con determinación religiosa. Los tres meses que faltan hacia la meta simbólica que puso Milei para el Pacto de Mayo serán traumáticos en términos sociales.

La recesión ya retumba en la industria, la construcción y, sobre todo, el consumo. Se espera un golpe al empleo y es inminente el impacto de la suba de tarifas de los servicios públicos. La licuadora del gasto empezará a perder efecto. A algunas dependencias se les agotan las partidas y podrá sentirse realmente qué es un Estado que no funciona. Las provincias tienen caja para aguantar, pero antes de mitad de año podrían experimentar problemas para pagar salarios.

Es el infierno más temido de Axel Kicillof. Los índices de popularidad de Milei y la tolerancia al ajuste que reflejan las encuestas de opinión pueden ser una fortaleza de barro. Tal vez por eso el presidente que se ufana de “acelerar en las curvas” haya decidido experimentar la conducción responsable. Al menos mientras atraviesa el desierto otoñal. Entre dirigentes políticos y empresarios miran con enorme preocupación la etapa que comienza. Incluso quienes valoran la cruzada de Milei contra el déficit y la emisión monetaria temen que no pueda sostenerla en el tiempo.

El objetivo del Gobierno es llegar a finales de mayo con una tendencia descendente de la inflación y con una recuperación sensible de las reservas que lo acerquen a levantar el cepo cambiario. Sería un combustible vital para la paciencia. ¿Y si no lo consiguiera? La inquietud en el círculo rojo es que si la inflación vuelve a repuntar y el apoyo social flaquea Milei decida apretar el botón nuclear de una dolarización apresurada.

Tanto el FMI como diversos empresarios e inversores han expresado sus dudas sobre un cambio de régimen monetario como el que Milei planteaba en su campaña. El hecho de que no haya mencionado la palabra dolarización en su discurso en la Asamblea Legislativa ayudó al repunte de los títulos argentinos en el principio de esta semana.

La guerra a “la casta” es un escudo necesario para ocultar... el diálogo con “la casta”. Atender esa narrativa le resulta tanto o más importante que el combate a la inflación. Ahí no puede mostrar fisuras. Por eso las reacciones airadas ante la noticia del aumento del 30% que sus delegados en el Congreso concedieron silbando bajito a los diputados y senadores. El papelón de este sábado, cuando se descubrió que el Presidente y los ministros también habían tenido una suba salarial, fue un traspié ruidoso que Milei debió corregir con un tuit sobrecargado de indignación.

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