¿Alguna vez se han preguntado por qué, en lugares como Abra Pampa, una escuela que tiene 50 años y todavía se espera que se construya un polideportivo para que los chicos realicen actividades físicas y puedan mitigar los fríos característicos del lugar? ¿O por qué en un barrio de la capital, hace 25 años que no se reemplaza un simple foco de alumbrado público? y tantas otras historias como la de vecinos del barrio San Jorge que, según cuentan, hace 30 años que vienen pidiendo alumbrado público y nunca se concretó o el caso de residentes de barrio San Pedrito que vienen reclamando por pavimento desde hace 45 años en el sector de las 530 viviendas pero tampoco obtuvieron respuestas. Estas historias reflejan no solo una deficiencia en la gestión pública, sino una profunda falta de empatía y sensibilidad.
En Jujuy, el sistema ha perdido su esencia social
Preocupa la indiferencia de algunos funcionarios políticos frente a historias reales y necesidades urgentes que reclaman respuestas humanas y comprometidas.
Pero, ¿por qué sucede esto? desde una perspectiva ética, podemos decir que la base de cualquier dirigencia es la responsabilidad, la solidaridad y el compromiso con el bien común. Cuando los funcionarios parecen olvidar estos principios, caen en una especie de indiferencia que se aleja de su rol más humano y moral. La ética nos llama a servir, a ponerse en los zapatos del otro, a cuidar y proteger a quienes confían en su liderazgo.
Desde un punto de vista político, esta situación revela quizás un sistema que ha perdido su esencia social, que prioriza intereses económicos o políticos por sobre las necesidades reales de la gente. La falta de respuestas y la inacción se convierten en una forma de gestión.
y en un plano más espiritual, podemos decir que esta indiferencia refleja una pérdida del sentido del alma y del espíritu solidario. Cuando dejamos que la apatía reine en nuestro corazón, nos alejamos de la conexión con los demás y de una visión más profunda de compromiso con la gente. La crisis espiritual del hombre ha hecho metástasis en la clase política. La legítima espiritualidad nos invita a cultivar la empatía, la compasión y a actuar con amor hacia nuestros hermanos y hermanas que claman justicia y atención.
Esta situación nos invita a reflexionar y a retomar valores esenciales. No basta con exigir respuestas, sino también con fomentar una cultura de empatía y compromiso espiritual. Porque solo unidos, desde lo ético, lo político y lo espiritual, se puede construir una sociedad más justa, más humana y más solidaria.
En muchas sociedades, la historia, las tradiciones y los valores culturales influyen en la manera en que la sociedad reacciona ante las injusticias. En Jujuy la sensación es que puede que exista una cultura del silenciamiento o de la resignación, donde algunas voces se escapan y otras se silencian porque se percibe que no hay respuestas. La cultura del “no pasa nada” se puede convertir en una especie de aceptación tácita que, con el tiempo, limita la capacidad de movilización y resistencia colectiva.
Cuidado que la percepción de que el sistema está favoreciendo a unos pocos puede estar generando apatía o frustración, que se traducen en una menor reacción social.
Muchas veces, la ciudadanía, ante la repetición de promesas incumplidas, siente que su participación no genera cambios reales. la esperanza se va desgastando, y en ese desgaste aparecen la desesperanza y la indiferencia. La gente puede llegar a pensar que protestar o denunciar no sirve de nada si las respuestas siguen siendo las mismas o si no hay mecanismos efectivos que garanticen cambios.
Desde una mirada más profunda, la indiferencia también puede estar alimentada por una falta de conexión ética y espiritual con el otro. Cuando el valor de la empatía y la solidaridad no están arraigados en la cultura social o en la educación esto es lo que no está viendo la ministra serrano. de esta manera entonces, es más fácil que se normalice la indiferencia o el olvido social. La humanidad comienza en la empatía, en entender que las historias de los otros también son nuestras historias. Sin embargo, parece que para este gobierno las historias son de la gente y que ellos no tienen nada que ver o que recién se enteran de lo que pasa.
Para transformar esto, se requiere promover la educación en valores, y de construir nuevos modelos políticos que sean verdaderamente inclusivos y justos. La clave está en reavivar aquellos valores éticos y espirituales que nos conectan con la empatía y el compromiso social.
A propósito me planteo la siguiente pregunta: ¿por qué parece que la sociedad se resiste a impulsar el cambio generacional en la política, a pesar de que todos saben que las cosas deben cambiar?
La respuesta no es sencilla, pero podemos encontrar algunos indicios. Muchas veces, la resistencia al cambio tiene raíces profundas en la cultura del pecado original que todos llevamos: el temor a lo desconocido, a abandonar lo que nos resulta familiar, o a romper con estructuras que parecen eternas. En la provincia, muchas generaciones han construido un sistema que, aunque tenga sus fallas, se sostiene con ciertas costumbres que generan cierta comodidad ahora cuestionadas.
Pero también hay otros factores en juego. La falta de apertura a nuevas ideas, el miedo a perder privilegios, o incluso el prejuicio y la discriminación que aún persisten, hacen que la política siga siendo vista muchas veces con desconfianza y resistencia. La política que se necesita es esa que vuelva a poner en el centro el sentido común, la solidaridad y la no discriminación, requiere un impulso generacional, un cambio de pensamiento, una mirada fresca y comprometida con el bien común.
¿Y qué pasa en la sociedad? Muchas veces, la cultura del temor y la desilusión llevan a que las personas prefieran mantener el statu quo, en lugar de apostar a un cambio que, aunque incómodo, puede transformar sus vidas. La verdadera transformación empieza en la actitud individual y colectiva, en reconocer que todos tienen que ser protagonistas de ese cambio.
Por eso, es fundamental que los jóvenes, las nuevas generaciones, se atrevan a tomar la voz y el liderazgo en la política con valores como la empatía, la justicia y la inclusión, y que la sociedad también acompañe y valore ese esfuerzo.
Porque solo una sociedad que se atreva a desafiar sus propios miedos podrá impulsar ese cambio generacional que se necesita para que retorne el sentido común, la solidaridad y el respeto por la diversidad. La historia la escriben quienes se atreven a pensar diferente y a actuar con valentía.
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