El problema no es que existan funcionarios ni estructuras de gobierno; el problema aparece cuando los cargos se transforman en un objetivo en sí mismo y no en una herramienta para resolver los problemas de la gente.
Un gobierno mediocre que prioriza cargos por sobre la calidad de gestión
En Jujuy da la impresión de que demasiadas veces, la discusión política gira más alrededor de quien ocupa un cargo, que dé cual es la función de ese cargo. Cuando la política se convierte en una disputa permanente por espacios de poder, el ciudadano termina quedando en segundo plano.
El presupuesto 2026 contempla 52.981 cargos en la Administración Pública Provincial, de los cuales 48.249 corresponden al Poder Ejecutivo, mientras el propio Gobierno estableció para este año medidas de contención del gasto. La pregunta sería entonces: ¿por qué la política parece seguir concentrada en quién llega, quién permanece, quién responde a quién y quién consigue una posición de poder?
Mientras esto pasa, en los barrios se discute otra cosa: el salario, la calidad de la educación, la atención en los hospitales, la inseguridad, el acceso a la vivienda, las rutas y las oportunidades laborales.
Se premia la obediencia antes que la capacidad y se puede terminar confundiendo lealtad política con idoneidad, desalentando a quienes pretenden construir una carrera pública basada en el mérito y no en el vínculo partidario.
Jujuy tiene un Estado gigante en estructuras, pero no en respuestas.
El radicalismo en el poder confunde la discusión: no se trata de computar cuántos cargos políticos se pueden repartir en un gobierno, sino cuántos problemas concretos se pueden resolver. Este es el dilema luego de 11 años en el poder.
Jujuy necesita funcionarios que sean evaluados por resultados y no por permanencia. Esto explica la indignación de los docentes con una ministra que cobra 14 millones en retroactivos para una gestión que parecería que nunca empezó.
Cada cargo público se sostiene, directa o indirectamente, con recursos que pertenecen a todos los jujeños. Sin embargo, el Estado los utiliza para hacer política, no para resolver problemas.
Jujuy necesita cambiar la cultura del poder: menos cargos como recompensa política y más gestión; menos personalismo y más instituciones; menos marketing y más resultados.
Porque gobernar no es ocupar un cargo; gobernar es hacerse responsable de lo que ocurre con la vida de los ciudadanos.

