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¿Tenemos lo que nos merecemos?

Esa es la interrogante que surge una y otra vez en medio de cada nuevo escándalo de corrupción, cada despropósito legislativo y cada declaración arrogante de algún dirigente político que carece por completo del sentido del ridículo.

Es una cuestión que ha generado un intenso debate en la sociedad actual. Lamentablemente, no hay una respuesta definitiva, pero resulta interesante explorar el pensamiento de los ilustrados del siglo XVIII, especialmente los fundadores de Estados Unidos y, en particular, el principal ideólogo y redactor de la Declaración de Independencia, quien luego se convirtió en presidente de la nueva nación, Thomas Jefferson.

Frente a esta pregunta, suelen surgir dos posturas enfrentadas: algunos consideran que la "clase política" conforma una especie de casta que somete al pueblo, mientras que otros argumentan que la clase política es simplemente un reflejo de la voluntad popular, ya que es el pueblo quien, con su obediencia o con sus votos, mantiene en el poder a dichos políticos.

Sin embargo, si pudiéramos preguntar a Thomas Jefferson quién es el verdadero culpable, es probable que su respuesta sea que todos lo son. Desconfiaba tanto del pueblo como de sus gobernantes.

En el contexto de la creciente idea de independencia entre las trece colonias inglesas en Norteamérica, las cuales estaban hartas de pagar impuestos a la Corona sin tener representación en el Parlamento, solo quedaba un pequeño detalle: cómo debía ser ese nuevo país. Temiendo caer en una tiranía similar a la que estaban dejando atrás, los fundadores se esforzaron por evitarla y se inspiraron en el ejemplo de las antiguas ciudades griegas. Así fue como crearon un sistema basado en la división de poderes y contrapesos, con el objetivo de minimizar el daño que tanto el pueblo como los gobernantes pudieran infligir.

En aquel entonces, Jefferson era un terrateniente de Virginia que ya se había ganado fama como literato, científico y hábil redactor. Fue elegido para redactar la "carta de ruptura definitiva", como algunos la han descrito. En dicha declaración, explicó que los gobiernos "obtienen sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; y que, cuando un gobierno se vuelve destructivo para esos fines, el pueblo tiene derecho a alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno".

Dado que estaban enfrentándose a la tiranía de un rey, en ese momento se hizo hincapié en la soberanía popular. El pueblo debía rebelarse contra gobiernos opresivos para establecer otros, y estar dispuesto a rebelarse periódicamente (no dejando pasar más de veinte años, según sus cálculos en una de sus cartas) para recordarles a los gobernantes quién tiene el poder. Como expresó más adelante, "el árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos". Además, consideraba que ninguna constitución debería tener una vigencia de más de diecinueve años, ya que en ese período ya habría surgido una nueva generación que no participó en su creación, y algunos de los que sí participaron habrían fallecido. Enfatizaba que el mundo pertenece a los vivos.

La inclusión de todos los ciudadanos en la actividad pública no solo era deseable por ser más democrática, sino que también servía como una garantía contra la tiranía. Cuanta mayor adhesión y participación de la gente, más sólido sería el nuevo régimen.

El legado de Jefferson es un recordatorio de la complejidad de la relación entre el pueblo y sus gobernantes. Sus ideas y acciones muestran una profunda desconfianza hacia ambos lados y la necesidad de mantener un equilibrio de poderes para evitar la opresión y la tiranía.

Si nos preguntamos si tenemos lo que nos merecemos, tal vez deberíamos reflexionar sobre si hemos sido lo suficientemente activos y vigilantes en nuestra participación cívica, y si hemos exigido y apoyado sistemas que garanticen la rendición de cuentas y la protección de nuestros derechos fundamentales.

En última instancia, la respuesta a la pregunta inicial sobre si tenemos lo que nos merecemos no es sencilla ni definitiva. La dinámica entre el pueblo y sus gobernantes es compleja y evoluciona constantemente. Sin embargo, la historia nos enseña que debemos estar alerta y activos en nuestra participación cívica, y exigir sistemas que reflejen nuestros valores y protejan nuestros derechos. Solo así podremos acercarnos a una sociedad en la que podamos decir con confianza que sí tenemos lo que nos merecemos

La tiranía del pueblo es un tema que Thomas Jefferson, consideraban con gran atención y precaución. Si bien defendían la idea de la democracia y la voluntad de la mayoría como base del gobierno, reconocían los peligros inherentes a la tiranía de la mayoría y la necesidad de establecer límites y salvaguardias.

Jefferson enfatizó la importancia de que la voluntad de la mayoría fuera razonable para ser legítima, ya que la minoría también posee derechos igualmente protegidos por la ley.

La educación fue otro aspecto clave para Jefferson. Consideraban que una sociedad ilustrada era fundamental para evitar la tiranía y la opresión. Creía que una nación en la que todo el pueblo estuviera educado de manera respetable sería más segura y estable que una en la que unos pocos fueran altamente educados y muchos permanecieran en la ignorancia. Jefferson defendió fervientemente la educación pública.

Reconocía que la libertad de pensamiento y expresión era esencial para la deliberación pública y la democracia. Jefferson y otros como Madison defendieron la libertad de expresión y de prensa, permitiendo que los oponentes políticos tuvieran la oportunidad de exponer sus puntos de vista y garantizando un ambiente en el que la ciudadanía pudiera tomar decisiones informadas. Consideraban que la prensa desempeñaba un papel crucial en el sostenimiento de la democracia al proporcionar información veraz y precisa.

Sin embargo, Jefferson también expresó su desconfianza hacia los periódicos de su época, señalando que a menudo difundían información errónea y distorsionada. Manifestó que aquellos que no leían periódicos estaban en una posición mejor informada que aquellos que los leían, ya que aquellos sin conocimiento estaban más cerca de la verdad que aquellos cuyas mentes se habían llenado de falsedades y errores. Esto reflejaba su preocupación por la calidad y la confiabilidad de la información difundida por los medios de comunicación de su tiempo.

Cuando Thomas Jefferson afirmaba que "el mejor gobierno es el que menos gobierna", se refería a la idea de que un gobierno ideal debería ser limitado en su alcance y su poder, interviniendo lo menos posible en la vida de los ciudadanos. Para Jefferson, la libertad individual y los derechos individuales eran fundamentales, y consideraba que un gobierno excesivamente intrusivo podía amenazar esas libertades.

Jefferson creía en la capacidad de autogobierno de los ciudadanos y en su capacidad para tomar decisiones informadas y responsables. Creía en una sociedad civil fuerte y en la descentralización del poder político. En su visión, el gobierno debería estar limitado a las funciones esenciales necesarias para proteger los derechos y la seguridad de los ciudadanos, como la defensa nacional, la protección de los derechos de propiedad y la administración de la justicia.

Al abogar por un gobierno limitado, Jefferson promovía la idea de que los ciudadanos deberían tener la mayor libertad posible para buscar su propia felicidad y perseguir sus intereses individuales, siempre y cuando no interfirieran con los derechos y la libertad de los demás. Creía que la intervención excesiva del gobierno en la vida de las personas podía conducir a la opresión y a la restricción de las libertades individuales.

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