Travesía Cultural | Segunda parte

Los cuentos de Anderson

Sebastián Jorgi nos comparte un rico comentario de los cuentos de Enrique Anderson Imbert

 

Entre la memoria y la aproximación

 

En el telar del tiempo

En ocasión de mi visita a Puerto Rico en el mes de marzo de 1991, pude sopesar la importancia que tiene Enrique Anderson Imbert como cuentista, en los Estados Unidos y en Latinoamérica. A nivel universitario, todos saben de él y conocen mucho sobre su labor narrativa. En mi conferencia dictada en la Universidad Interamericana sobre Narrativa Argentina Contemporánea, me referí a la obra de Adolfo Bioy Casares, Adolfo L. Pérez Zelaschi, Marco Denevi, Juan Carlos Ghiano y a dos escritores transicionales: Jorge Masciángioli y Enrique David Borthiry. Dentro del primer grupo estaba incluido Enrique Anderson Imbert y concentré en lo que a su parte tocaba, en lo que sería el primer tomito de las Narraciones Completas que encararía la Editorial Corregidor en 1983 con el título En el telar del tiempo. Dije que penetrar en sus cuentos desde una óptica crítica era una enorme responsabilidad, ya que hacer la “crítica” a un escritor y crítico del nivel de Anderson Imbert resultaba una paradoja.

La literatura de El gato de Cheshire es una insoslayable originalidad, palpable a través de su variada gama de temas y tramas cuentísticas. Este primer tomito, En el telar del tiempo contiene dos libros: La botella de Klein, editado por el Pen Club Argentino en 1975 y Dos mujeres y un Julián. “Por un sueño, yo no daría un paso”, dice Noah, uno de los protagonistas de Esteco, ciudad sumergida, a lo que se contrapone el poético Duffy, que ha creído ver una ciudad encantada. No existía tal ciudad y todo se resolverá por la explicación de un testigo, el dueño de la posada: “Usted – refiriéndose a Duffy – fue el que creyó en la ciudad encantada, usted es el que se salvó”. Otro de los cuentos, , describe a Ratoncito, quien parece salir de la frustración por medio de poderes sobrenaturales e intenta llegar a una vida plena de realizaciones. El humor es un aderezo que Anderson Imbert sabe poner en La conferencia que no di, donde descubrimos que el sueño del protagonista ha sucedido en la realidad: el fantasma en cuestión se había presentado. Entrometer la voz del escritor en medio de la narración implica el conocimiento de una depurada técnica, como en Mi prima May, en que el escritor se distancia de la primera persona del protagonista Patrick y habla desde la primera persona del narrador: “Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Quiero decirte, lector que ya no tengo más que contarte”. Y a pesar de todo esto, Patrick-Anderson sigue diluyendo con pericia el cuento, de manera que distrae al lector: entre la prima May y él se interpone un duende, según ella misma le ha contado y en que Patrick no cree. Pero él, que se dedicaba nada más que a la crítica literaria se ha largado a escribir cuentos. ¿Autobiográfico? Tal vez, pero no tiene importancia para la ficción. Y el irónico o humorístico desenlace – la certidumbre del duende – no desentona de la carta lírica del cuento. Ojos, los míos, espiando desde el sótano, narrado desde un testigo de quince años y más allá de su estructura lúdica, es una lección cuentística, resuelto en la palabra final. En El Fénix de los ingenios, el paralelismo entre Fray Javier y Lope de Vega, sumado al suceso del incendio de la Casa de las Comedias, dan muestra de la ingeniosa inventiva de Anderson Imbert. Asimismo, la relación en El doblón de oro, o el vampirismo en Murciélagos, o las vicisitudes que habrá de pasar un profesor debutante en Los ojos del dragón, responden a una inagotable imaginación.

Escribe Juan José Delaney en su prólogo a Cuentos selectos (Corregidor, 1999)”Los cuentos de Anderson Imbert, hasta cierto punto adheridos a la Poética de Horacio, acusan un propósito recreativo. Sin embargo, la formación, información y herencia cultural de quien los escribió impiden que el propósito se limite a mero pasatiempo. Las historias aparecen constantemente atravesadas por huellas de una intensa actividad intelectual”. Precisamente con Delaney y con Juan-Jacobo Bajarlía solíamos reunirnos—en casa de éste—para cenar y conversar sobre cuestiones afines a la literatura. Años de aprendizaje para los más jóvenes, obviamente.

¿Por dónde continuar?

Para que estas notas no conformen más que una gigantesca bibliográfica ¿por dónde continuar? En los años que van desde 1980 a 1983, solía reunirme con el escritor y crítico literario de La Nación Juan Cicco en la confitería King de la calle Santa Fe. Comentábamos temas comunes a nuestro quehacer literario en el Pen Club. Me lo había presentado Carlos Alberto Débole una mañana. Estaba un mediodía con Juan Cicco en la confitería citada, cuando se nos aparece de golpe Anderson Imbert. Buscaba una guía telefónica para hacer un llamado a una empresa de aviación. Se le había perdido toda la documentación, pasaporte incluido. Y nos quedamos largo rato hablando de literatura y de un amigo de Anderson, que todo lo sabe sobre Kant. Al poco tiempo nos volvimos a encontrar los tres en el Club Francés, donde Luisa Mercedes Levinson y Silvina Bullrich recibían las Palmas Académicas del Gobierno Francés por sus respectivas trayectorias. También lo contacté en ocasión de recibir el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, María de Villarino. En el panel estaba Anderson Imbert, compartiendo con Raúl H. Castagnino, Dardo Cúneo, Carlos Alberto Débole y la propia homenajeada. ¿A qué viene este anecdotario? A la importante labor de Anderson como crítico y ensayista, a su clarísima didáctica, aún en las presentaciones de libros o en estos homenajes, su sentido de la amistad, uno puede apreciar la virtud expositiva, sea cual fuere el tema tratado. También en las conversaciones con él, – un conversador nato – uno puede deslindar la lección del maestro, sin gravedad, sin engolamiento, con gracia, humor y sencillez. Así que, cada acto en que actuaba Anderson Imbert, ahí trataba de estar yo. Como en el  organizado por la Fundación Italo-Argentina para la Cultura en el Banco Federal, donde se refirió a la obra de Adolfo Bioy Casares, exposición que tuve la fortuna de grabar y gozar. La presentación estuvo a cargo de Nicolás Cócaro, quien – con certeza y sin prejuicios – dijo que Anderson era tan importante como Bioy para la literatura del siglo XX. Opinión que comparto. En esta conferencia, Anderson  trazó un análisis de la obra de Bioy, considerando El sueño de los héroes como la novela más importante del reciente Premio Cervantes. Así también lo creo: más que La invención de Morel o Diario de la guerra del cerdo.

Y continúo: volví a ver a Anderson en el homenaje a Oliverio Girondo, en la Academia Argentina de Letras (el jueves 22 de agosto de 1991) donde se refirió al Girondo que él había conocido. Una estética de la profundidad, un prisma crítico polivalente, es decir, nada parece escapar del microscopio de Anderson con respecto a la literatura argentina, como si contuviera Anderson una especie de laboratorio intuitivo. ¿Literatura argentina? Bueno, amplío: del mundo.

Recuerdo que una vez estando en su casa, me dijo que él utilizaba lápiz y goma de borrar para escribir los cuentos (si se equivocaba, borraba). Al primer momento, me pareció un tanto demodée el procedimiento, sin embargo, lo ensayé para escribir mi  policial Una canción para Raymond Chandler y es mi novela mejor escrita (menos garabateada, por decir así). El infantil era yo. El procedimiento era recomendable, aunque difícil de adaptar para los que hacemos periodismo. La maquinita nos seduce. O la computadora. En un par de oportunidades le escribí a Harvard (Massachussets), enviándole algún cuento y material. Y me contestó, siempre alentándome. En su homenaje escribí mi cuento Fuga y vigilia (publicado en La cooperación libre en 1982), una historia que me relató el poeta Rubén Vela y que titulé Fuga y vigilia trocando los términos de su libro Vigilia. Fuga (dos novelitas cortas). Cuando le entregué en mano la revista con la publicación de mi cuento, me dijo: “Este título me suena”. Le aclaré en tono de broma: “Es un plagio (el título, nada más, profesor)”.Ediciones del Valle me publicaría un volumen de cuentos con este título, en colaboración con una imprenta de Puerto Rico.

“No nos perdonan nuestros colegas críticos, a Anderson y a mí, nuestra condición de narradores”, expresó Juan Carlos Ghiano en un reportaje que le hice para la revista La cooperación libre (nro. 741, Abril de 1983). No pertenecían a los circuitos del ruido.

Continuará en tercera parte

 

Sebastián Jorgi

Escritor, periodista Profesor en Letras argentino

 

 

 

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