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Morone será el instrumento para el desembarco de Morales en el municipio

El planteo de Adriano Morone acerca de la necesidad de una alternancia en la ciudad merece una mirada crítica, porque la alternancia democrática no puede reducirse simplemente al reemplazo de un dirigente por otro cuando ambos responden a la misma estructura partidaria y, fundamentalmente, al mismo poder político que viene gobernando Jujuy desde hace años.

La democracia necesita renovación, nuevas ideas, controles y posibilidad real de que distintos proyectos políticos se sucedan en el gobierno. Cambiar un nombre para mantener intacto el mismo esquema de poder difícilmente pueda presentarse como una verdadera alternancia.

Si Morone propone terminar con un ciclo municipal, pero al mismo tiempo representa al radicalismo conducido políticamente por Gerardo Morales, la pregunta inevitable es qué es exactamente lo que cambiaría y qué continuaría bajo una nueva administración.

También resulta llamativo afirmar que con el paso de los años la ciudad es otra sin precisar claramente si esa transformación ha sido positiva o negativa para quienes viven en ella. Una ciudad puede ser distinta y, sin embargo, estar peor: el desorden urbano está disparado para todos lados, el deterioro de los servicios, la profundización de los problemas de tránsito, etc.

La verdadera discusión no debería ser si San Salvador de Jujuy es hoy otra ciudad, sino si es una ciudad mejor para sus vecinos. Y esa respuesta debe construirse mirando la realidad cotidiana y no simplemente desde los discursos de campaña.

El punto central es que la alternancia auténtica exige algo más profundo que la rotación en sí.

Lo que puede ocurrir aquí es que se pretenda extender el desastre provincial al municipio mediante la candidatura de un dirigente joven, sin experiencia y adiestrado en la escuela de la obediencia creada por el propio Morales.

Un dirigente puede ser joven, pero al mismo tiempo reproducir las viejas prácticas, la misma obsecuencia y la misma concentración del poder.

Por eso, si Morone llegara a la intendencia como representante de una continuidad directa de la estructura política de Gerardo Morales, difícilmente podría hablarse de una alternancia en sentido pleno. Podría tratarse, más bien, de la consolidación del poder provincial sobre el municipio, con el riesgo de convertir a la capital en otra pieza de un mismo esquema político.

La preocupación no consiste en cuestionar a una persona por su edad, sino en preguntarse si tendrá la libertad, la experiencia y la fortaleza necesarias para tomar decisiones propias cuando los intereses de la ciudad entren en conflicto con las directivas o expectativas del poder político que lo impulsó para el cargo.

La ciudad necesita mucho más que un simple recambio de figuras: necesita dirigentes capaces de pensar una ciudad diferente, recuperar el orden urbano, mejorar los servicios, resolver los problemas cotidianos y proyectar seriamente el futuro.

El radicalismo está agotado y los vecinos necesitan encontrar un proyecto para sacar a la ciudad del desorden y el deterioro generado por una gestión que está terminada.

Si lo que pretende alternar es un proyecto agotado por otro candidato maniatado, sin autonomía, esa alternancia será apariencia: cambia el rostro, pero el poder conservará el mismo origen y las mismas prácticas.

La ciudad necesita de una transformación verdadera y dirigentes con impronta propia, no representantes políticos encargados de prolongar un ciclo que, para una parte importante de la sociedad, ya muestra evidentes signos de agotamiento.

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