Según esa resolución, el rechazo se fundamenta en irregularidades estructurales, deficiencias sustanciales, incumplimientos considerados insubsanables, incorporación extemporánea de documentación y avales, además de desestimar por extemporánea, inadmisible e improcedente la documentación presentada.
Más impunidad: ahora Rivarola le pide "una manito" al juez Esteban Hansen
El escándalo que atraviesa el Partido Justicialista de Jujuy, tras la decisión de la Junta Electoral de rechazar la solicitud de oficialización de la Lista 2 Celeste y Blanca por las irregularidades señaladas en la resolución, vuelve a poner en discusión la calidad institucional del partido y la responsabilidad de quienes pretenden conducirlo.
Si ese es el cuadro descripto por la propia autoridad partidaria, resulta inevitable que las responsabilidades políticas recaigan, en primer lugar, sobre quien encabeza esa lista: Rubén Rivarola.
Sin embargo, lejos de asumir esa situación, Rivarola denuncia un supuesto fraude y afirma que no está dispuesto a tolerarlo.
Esa postura abre un fuerte interrogante político, porque sus críticos sostienen que durante años fue protagonista o avaló mecanismos que contribuyeron al deterioro institucional del PJ jujeño.
Para muchos militantes, el verdadero fraude al peronismo fue otro: la pérdida de legitimidad partidaria, la fuga permanente de dirigentes y militantes y el vaciamiento político que atribuyen a la sociedad contra natura entre Rivarola y Morales. Esa relación, sostienen, terminó desdibujando el rol opositor del justicialismo y convirtió al partido en una estructura funcional a Gerardo Morales.
Desde esa mirada, quienes permanecieron dentro del PJ no lo hicieron por una renovación política, sino por una lógica de lealtades sostenidas por estructuras de poder, lo que alimenta la idea de que resulta imposible hablar de una verdadera democracia interna mientras este sujeto, Rivarola, continúe siendo el principal factor de decisión.
A ello se le suma otro episodio que también genera polémica. Antes de conocerse esta resolución, trascendió la versión de que Rivarola habría manifestado que el tema ya estaba arreglado con Gerardo Morales. Esta afirmación nunca fue confirmada públicamente, pero refleja el profundo nivel de desconfianza que existe dentro del peronismo jujeño respecto de la relación política entre ambos dirigentes.
Más controvertidas fueron aún las declaraciones públicas de Rubén Rivarola al decir que le pediría al juez federal Esteban Hansen que "le dé una manito" para resolver el error que el propio Rivarola, con total impunidad, cometió.
Esa expresión fue interpretada por numerosos sectores como una muestra de una forma de ejercer el poder con total impunidad, pasando por encima de las instituciones. La Justicia deberá definir conforme a derecho.
La sensación predominante es que un ciclo político ha llegado a su fin y que cualquier intento serio de reconstrucción del peronismo requiere, necesariamente, una renovación profunda de sus liderazgos.
Mientras tanto, será el juez quien tenga la última palabra sobre el conflicto, aunque la resolución judicial difícilmente alcance para resolver un problema mucho más profundo: para muchos peronistas, el ciclo Rivarola está terminado.
Y ninguna reconstrucción auténtica será posible mientras continúen los responsables del deterioro político e institucional que hoy sufre el partido.
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