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Los ciudadanos frente al régimen

Es imprescindible explicar lo que significa el patriotismo constitucional, lo que representa defenderlo aquí y ahora.

Hace ya tiempo que los partidos políticos han dejado de representar a los ciudadanos; su distanciamiento y falta de credibilidad social es algo tan preocupante como urgente de resolver, y la actual sensación general de corrupción política propicia la desconfianza y la indignación, ampliando el divorcio entre los partidos y la sociedad.

Muchos ciudadanos se sienten incluso secuestrados en el ejercicio de sus derechos por unas organizaciones que monopolizan el poder, controlando tanto el poder legislativo como todos y cada uno de los niveles de gobierno, así como la composición de las más altas instituciones del Estado. Esta partidocracia limita sustantivamente el ejercicio real de la democracia.

Y así hemos llegado a esta situación en la que en apenas 39 años de esta incipiente democracia, estamos en una crisis política e institucional tan profunda que defender lo común merezca casi siempre la descalificación o el desprecio.

Nuestra nación no tiene ciudadanos que la defienda porque nadie nos ha explicado que el único proyecto político que merece la pena, el más digno de todos ellos, es la defensa de la ciudadanía y de la democracia, que no es otra cosa que defender una integración social basada en compartir los mismos derechos, al margen de las etnia, de la religión, de la tradición cultural, de la ideología, al margen de cualquier cosa.

El deterioro de la convivencia y el abandono de la defensa de lo común, es una contraposición de la diversidad frente a la unidad, de la pluralidad por encima de la igualdad, esa confusión entre el derecho a la diversidad y la diversidad de derechos, es consecuencia de la ausencia de voces que defiendan el sistema con un discurso claro y sin complejos.

El mayor logro conseguido por los partidarios es la desunión, la ruptura y la segregación basada en el narcisismo de las pequeñas diferencias.

Nos inocularon el mensaje de la división, de la libanización de la sociedad, con indudable éxito en amplios sectores de la opinión pública.

Esta nación es una ficción impuesta por un sistema partidocrático que beneficia solo a las élites del poder, o a la ahora denominada casta.

Sólo en democracia tan incipiente como la nuestra, cabe que haya gente que aún hoy piense que no pasa nada por romper una comunidad unida por intrincados lazos seculares, ignorando todo lo que la historia muestra y todo lo que sabemos de la naturaleza humana.

La defensa de la institucionalidad es defender nuestra democracia, la que le pertenece a todos y no a una facción política.

Los facciosos son los que se sirven de la democracia para cometer sus fechorías, los que más se llenan la boca de democracia son los que menos creen en ella, son los que perteneciendo a espacios supuestamente antagónicos siempre están de acuerdo cada vez que hay que cercenar nuestra democracia.

En la Jujuy de hoy, sobran los ejemplos de cómo un régimen faccioso se fue apropiando de los distintos poderes del Estado, y a cada paso que da el régimen, la ciudadanía se deterioraba cada vez más.

Hoy el régimen impone el modelo de vasallaje y es ahí donde debe imponerse el ciudadano.

Nuestra democracia es imperfecta, seguro que sí, pero es el más perfectible de todos los sistemas, y la única manera de hacerla mejor es con más democracia.

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