“En 2023 solo el 48% apoya la democracia en la región, lo que significa una disminución de 15 puntos porcentuales desde el 63% de 2010. El autoritarismo se ha ido validando poco a poco, en la medida que no se le condena, ni se sabe bien cuál es el umbral donde un país deja de ser democrático…” dice Mario Riorda.
La difícil lucha por la consolidación democrática
La historia reciente de América Latina ha sido testigo de una transformación en la percepción de la democracia como el régimen político por excelencia.
Lo que está claro es que en las últimas tres décadas, América Latina ha vivido un proceso de transición y consolidación democrática. Se han dado pasos significativos para asegurar el derecho universal al voto, la celebración de elecciones libres y transparentes, y la llegada y permanencia en el poder de funcionarios elegidos por el pueblo. Sin embargo, estos avances no son suficientes para garantizar la estabilidad de los regímenes democráticos.
La democracia en América Latina enfrenta debilidades vinculadas a la incapacidad del Estado para extender los derechos humanos fundamentales a toda la población. Este aspecto es crucial para que los ciudadanos se conviertan en actores plenos y comprometidos con la cohesión social, la participación y el sentido de pertenencia hacia el Estado, es decir, como un factor legitimador de la democracia.
A pesar de las diferencias entre los países latinoamericanos, existen características comunes que explican esta debilidad democrática.
La desigualdad es una de las más relevantes, ya que la región presenta algunos de los mayores niveles de concentración de la riqueza en el mundo. Esta desigualdad tiene implicaciones significativas, pues persisten bolsas de pobreza e indigencia que contrastan con los niveles medios de riqueza de los países, muchos de los cuales son considerados de renta media o alta.
Esta pobreza y desigualdad son multidimensionales, pues además de la escasez económica, existen carencias en el acceso a necesidades y servicios básicos, oportunidades limitadas, exclusión social y discriminación.
La discriminación afecta a diversos grupos sociales, como los pobres, indígenas, campesinos y mujeres, creando una masa significativa de excluidos.
La desigualdad también tiene un impacto directo en las dinámicas políticas y en la posibilidad de acceso al poder por parte de la población. De hecho, la concentración de la riqueza y el poder facilita el uso de mecanismos que permiten a los grupos privilegiados perpetuar el statu quo. La violencia y la corrupción son dos de estos instrumentos que alcanzan niveles alarmantes en la región.
La inseguridad social es una de las principales preocupaciones de la población latinoamericana, que además desconfía de la capacidad del Estado para cumplir su función clave de protección y bienestar.
Por otro lado, la corrupción debilita la cohesión social y dificulta la construcción de un sólido pacto social entre la ciudadanía. La desigualdad, a través de diversos canales, obstaculiza la creación y consolidación de una amplia base social capaz de sustentar el desarrollo de democracias fuertes y efectivas.
Enfrentar estos desafíos requiere un compromiso decidido por parte de los líderes y ciudadanos de la región. Es imperativo abordar las causas profundas de la desigualdad, promover la transparencia y el acceso igualitario a los derechos fundamentales, así como fortalecer las instituciones democráticas para que sean garantes efectivos del bienestar de toda la población.
La consolidación democrática en América Latina es una tarea ardua y compleja, pero es esencial para construir sociedades más justas, equitativas y prósperas. Solo mediante el esfuerzo colectivo y el compromiso con los valores democráticos podremos superar estos retos y forjar un futuro más prometedor para nuestra región.
La historia reciente de América Latina ha sido testigo de una transformación en la percepción de la democracia como el régimen político por excelencia. En la década de 1990, la democracia parecía consolidarse como el único camino viable para la región. Sin embargo, tres décadas después, nos encontramos con que la democracia enfrenta el asedio de populismos y autocracias. Esta situación plantea incógnitas sobre las formas que adoptará la democracia en el futuro y los procesos que la moldearán.
¿Se está muriendo la democracia? La respuesta breve es un rotundo "no". Sin embargo, proliferan términos como "recesión democrática", "erosión democrática", "reversión democrática" o "muerte lenta de la democracia". Estas expresiones contrastan con las declaraciones triunfalistas de la eternidad de la democracia hechas hace tres décadas por seguidores de Francis Fukuyama.
La realidad es que la democracia, al igual que las dictaduras, no es permanente y su supervivencia nunca está asegurada. Es un régimen político que requiere ser cultivado diariamente. La paciencia y la perseverancia son esenciales para sortear obstáculos y consolidar sus avances, pero la impaciencia puede alimentar la intolerancia y ceder terreno a los demagogos.
Las debilidades de la democracia en América Latina están relacionadas con la falta de tolerancia hacia el otro y la incapacidad de ejercer autocontención. En lugar de instituciones, son ciertas prácticas políticas las que sostienen la democracia.
La tolerancia y la contención institucional son fundamentales para garantizar un juego limpio en el ejercicio del poder. Sin embargo, practicar estas virtudes en sociedades heterogéneas, multirraciales e incluso multiculturalmente diversas, donde el otro es diferente pero parte del nosotros, representa un desafío para el presente.
El problema de la polarización también entra en juego. La polarización en dosis moderadas puede enriquecer la representación política, pero un exceso de ella dificulta los acuerdos y obstaculiza la formulación de políticas efectivas.
Dice Andrés Malamut que el reto para los demócratas es no eliminar la grieta, sino dosificarla de manera que se permita un debate fructífero y la construcción de consensos en beneficio de toda la sociedad.
La actual crisis de la democracia en América Latina involucra múltiples desafíos simultáneos. La crisis económica se combina con la de legitimidad, mientras que los cambios en la estructura económica se superponen con las transformaciones en la comunicación de masas.
En este contexto, el populismo se manifiesta como un fenómeno que pone en riesgo la integridad de la democracia. La exacerbación del populismo, con su discurso maniqueo de un pueblo oprimido por una oligarquía, puede corroer los fundamentos democráticos y amenazar su existencia.
La historia demuestra que la democracia no es un sistema inmutable, sino que requiere adaptación constante. La gravedad de la crisis actual radica en la confluencia de diversos desafíos que exigen respuestas efectivas y reformas graduales. La ausencia de alternativas claras a la democracia, no significa que se deban ignorar las amenazas que enfrenta.
La democracia en América Latina enfrenta un momento de introspección y superación de retos. La consolidación de la democracia requiere de la participación activa y responsable de ciudadanos y líderes políticos dispuestos a cultivarla cotidianamente, fomentando la tolerancia, la autocontención y la construcción de consensos. La democracia, en su naturaleza menos épica, es un proceso dinámico que exige un esfuerzo continuo para fortalecer sus bases y asegurar su permanencia en el tiempo.

