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La democracia entre la desilusión y el fraude

Es natural que las democracias decepcionen, pero es peligroso cuando defraudan, ya que socava sus propios fundamentos.

La percepción pública de los políticos se enmarca en un paisaje ambivalente, donde coexiste la consideración de su imprescindibilidad con la inevitable desconfianza.

Son vistos como una necesidad ineludible y, al mismo tiempo, como un obstáculo insuperable. A pesar de que el descrédito político sea una realidad palpable para muchos, la animosidad hacia los políticos se teje con una amalgama de prejuicios y razones fundamentadas.

La expresión misma de "clase política" sugiere que el ejercicio de ciertas funciones equipara a los políticos en una baja condición moral, en intereses y comportamientos. Sin embargo, esta denominación no es más precisa que la anteriormente utilizada "clase dirigente".

Muchas de las prácticas atribuidas al ámbito político, como sistemas negativos de reclutamiento, entornos clientelares o flujos de información distorsionada, no son exclusivas de este ámbito; se encuentran en cualquier esfera social donde se abusan de las asimetrías de información y poder. Algunos limitan su aversión solo a los políticos nacionales, con una actitud pesimista hacia lo interno y una admiración acrítica hacia lo externo.

Las "clases pasivas" de la política contribuyen al descrédito del oficio al enaltecer la supuesta nobleza de los políticos de antaño, olvidando que la claridad moral sectaria, que diviniza a los afines y demoniza a los contrarios, es un arma de doble filo.

La realidad es que la crítica hacia la clase política debe ir más allá de las simplificaciones y estereotipos. El ejercicio del poder y la toma de decisiones en un entorno político están intrínsecamente relacionados con dilemas éticos y complejidades inherentes a la naturaleza humana.

Explorar nuevas formas de ejercer la política implica enfrentarse sin tapujos a sus circunstancias actuales y reconocer obstáculos aparentemente insalvables, así como tensiones que parecen irresolubles. El político, por más bien intencionado que sea, se encuentra obligado a desempeñar su papel en un marco institucional contradictorio. Este marco presenta reglas diseñadas para la figura utópica del representante como mandatario individual, mientras que, al mismo tiempo, busca blindar una democracia basada en partidos.

A los políticos se les exige un comportamiento responsable, velar por el interés general y pensar a largo plazo. Sin embargo, la dinámica democrática, que requiere competir periódicamente, impulsa a satisfacer las demandas inmediatas de una clientela que busca "pan para hoy" sin considerar las implicaciones a largo plazo.

Una de las paradojas más notables es la tensión entre una democracia que aboga por liderazgos fuertes y personales, respaldados por un "poder de prerrogativa", y la necesidad de mantener controles que eviten la concentración excesiva de poder. La habilitación de una "clase política de tropa" es otro desafío, ya que la fomentación de liderazgos carismáticos puede desactivar los mecanismos de control y equilibrio esenciales para el funcionamiento saludable de una democracia.

Ante este panorama, se hace esencial explorar alternativas que promuevan una política más allá de la retórica partidista y la maquinaria electoral.

La participación ciudadana informada, la transparencia en las instituciones y la promoción de líderes que aboguen por el bien común sobre intereses particulares son elementos fundamentales. Al desafiar las normas preestablecidas y proponer cambios significativos en la forma en que concebimos y practicamos la política, podemos aspirar a construir un sistema más resiliente y equitativo.

Este enfoque, sin duda, implica una transformación profunda en la cultura política, pero solo así podremos vislumbrar un horizonte donde la política verdaderamente sirva a la sociedad en su conjunto.

El fraude democrático se manifiesta cuando las trampas al Estado de derecho dejan de escandalizar y la legalidad pierde su capacidad de restricción, convirtiendo cada regla en altamente interpretable. Se manifiesta cuando la comunicación política se ve inundada de charlatanería, y las palabras, al perder significado, se convierten en mera munición para confundir o manipular. El fraude más pernicioso surge cuando los ciudadanos perciben que su capacidad de control es irrelevante. La asimetría de recursos de poder en manos de quienes les lideran los hace sentir impotentes, llevándolos a un estado de descreimiento en el sistema, manifestado en rabia sorda o pasividad insana. La desafección se propaga.

Es innegable que nuestras democracias enfrentan desafíos que van más allá de los actores individuales. No obstante, un mejor desempeño por parte de los actores políticos podría aliviar el malestar de aquellos desafectos que, aun decepcionados con los resultados, no se sentirían defraudados por la actuación de sus representantes. Es crucial trabajar hacia una democracia reconstructiva que priorice la transparencia, la rendición de cuentas y el empoderamiento ciudadano. Solo así se podrá restaurar la confianza en el sistema y ofrecer a los ciudadanos la certeza de que, aunque la democracia no sea perfecta, está comprometida con servir genuinamente a la sociedad.

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