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Si Sadir no pone límites a Morales institucionalmente, Jujuy será Formosa

Frente al dilema de definir la influencia de Gerardo Morales y la autonomía de su propia gestión, Carlos Sadir enfrenta la urgencia de reestructurar la transparencia provincial.

Sadir tiene dos grandes desafíos si pretende buscar la reelección. El primero es definir de una vez por todas qué lugar debe ocupar Gerardo Morales en la política jujeña: el de un ciudadano común, sin privilegios ni tutelajes sobre el poder. El segundo, bastante más complejo, es convencer a la sociedad de que tiene personalidad propia para gobernar, autoridad para tomar decisiones y honestidad para cumplir lo que prometió; porque las palabras se las lleva el viento y las promesas de transparencia se demuestran con hechos.

Si realmente cree en la división de poderes, deberá poner a sus funcionarios a disposición de la Legislatura para ser interpelados cuando corresponda, sin evasivas ni maniobras para esquivar el control parlamentario. Y si habla de transparencia, tendrá que abrir las puertas del Gobierno de verdad, permitir el acceso a la información pública y someter sus decisiones al escrutinio ciudadano: no alcanza con proclamar una nueva etapa si las prácticas del poder siguen siendo las mismas.

Pero este no es un debate reservado a los políticos ni una disputa de nombres propios. Cuando el poder se concentra, los controles se debilitan y la transparencia se convierte en una consigna vacía, las consecuencias las paga la gente: las paga el ciudadano que no puede saber cómo se administran los recursos públicos, el trabajador que ve deteriorarse los servicios, las familias que esperan respuestas del Estado y los sectores más vulnerables que necesitan que cada peso se utilice con responsabilidad.

Sin controles efectivos, aumenta el riesgo de decisiones arbitrarias, gastos injustificados y políticas públicas que no responden a las necesidades reales de la sociedad. Y cuando no hay rendición de cuentas, también se deteriora la confianza en las instituciones y crece la sensación de que existen ciudadanos con privilegios y ciudadanos obligados a soportar las consecuencias.

Sadir tiene por delante el desafío de demostrar que gobierna con autonomía, que no responde a tutelas políticas y que está dispuesto a rendir cuentas. Solo con hechos concretos podrá empezar a despejar las dudas sobre su gestión y evitar que sobre Jujuy se proyecte lo que podría llamarse el «síndrome Formosa»: un modelo de poder concentrado, con controles institucionales debilitados y cuestionamientos sobre la transparencia; porque, al final, la calidad de un gobierno no se mide por la comodidad de quienes mandan, sino por los derechos que garantiza, los recursos que administra y las respuestas que ofrece a su pueblo.

Frente a este escenario, la ciudadanía jujeña no puede resignarse a ser una espectadora de las decisiones del poder. Es necesario involucrarse, exigir información, reclamar respuestas, defender la independencia de las instituciones y pedir que cada funcionario rinda cuentas por sus actos. La democracia no termina en las urnas: se construye todos los días, con participación, compromiso y control ciudadano. No se trata de estar a favor o en contra de un dirigente, sino de defender el derecho de todos a vivir en una provincia donde nadie esté por encima de la ley, donde los recursos públicos se administren con responsabilidad y donde gobernar signifique servir a la gente, no servirse del poder.

Jujuy necesita ciudadanos que pregunten, que no acepten el silencio como respuesta y que comprendan que la transparencia no es una concesión de los gobernantes, sino una obligación; porque el futuro de la provincia no puede quedar en manos de las conveniencias de unos pocos: debe ser una responsabilidad compartida por toda la sociedad.

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