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Raúl Jorge inaugura polideportivos en medio de la miseria estructural de la ciudad

El uso de la frase "seguimos transformando la ciudad" por parte de un intendente con 17 años en el poder, cuya gestión se percibe enfocada en eventos culturales de bajo costo y construcción de polideportivos, merece un análisis si se contrasta con la realidad social y estructural en barrios como Alto Comedero.

Transformar una ciudad, en su sentido más profundo y técnico, no es meramente maquillar la superficie con actividades recreativas o equipamiento deportivo que, si bien son valiosos, no son la columna vertebral de un desarrollo integral. La transformación urbana implica, según los conceptos modernos, una modificación física, social y económica profunda y sostenible. Se trata de abordar la estructura de la ciudad, mejorar la calidad de vida de todos los habitantes y lograr que los asentamientos humanos sean más inclusivos y justos.

La transformación real se ve en la provisión de servicios públicos esenciales (agua, saneamiento, infraestructura vial, iluminación, seguridad, transporte) en todos los rincones, en la disminución de las brechas de pobreza y marginalidad, en la planificación que anticipa el crecimiento y no que corre desesperadamente detrás de él.

Diecisiete años es un tiempo vastísimo, un período que excede el ciclo de un plan de gobierno y que debería haber permitido una acción a largo plazo e integral en todos los frentes. que el barrio más populoso de la capital, Alto Comedero, sea señalado como un distrito en abandono sin precedentes, plagado de miserias estructurales y con ciudadanos que se sienten tratados como de segunda categoría, hace que la frase del intendente resuene no solo como poco feliz, sino como una burla cruel a esa realidad. De hecho sectores de dicha barriada están planteando la municipalización del barrio como expresión de rechazo a la indiferencia del municipio a lo largo de estos años frente al constante crecimiento demográfico en este sector de la ciudad.

Si la gestión, a pesar de casi dos décadas, ha permitido que un sector masivo de la población viva con servicios paupérrimos y con una desigualdad territorial tan marcada, la ciudad se ha "transformado", sí, pero en el sentido de que sus problemas estructurales se han consolidado y magnificado, creando una metrópolis que, lejos de ser inclusiva, exhibe su pobreza y su fractura social.

El hecho de que miles de vecinos hayan optado por un voto de castigo masivo favoreciendo a La Libertad Avanza en las elecciones de término medio no es un mero capricho ideológico, es el grito de hartazgo de esa ciudadanía olvidada que no ve reflejada la supuesta "transformación" en su vida diaria. Es el claro indicador de que la estrategia de gestión municipal —centrada en lo visible, lo folklórico y lo políticamente rentable a corto plazo, como los eventos o la cancha recién inaugurada— ha fallado estrepitosamente en la tarea fundamental de un gobierno local: garantizar la dignidad y el acceso a una vida urbana de calidad para todos.

Un intendente con 17 años de mandato debería rendir cuentas de por qué las necesidades más básicas y acuciantes de vastos sectores de su capital persisten como problemas crónicos, demostrando que su concepto de "transformación" no alcanzó, o peor aún, nunca priorizó a quienes más lo necesitaban.

La gestión de Raúl Jorge en la capital de Jujuy se parece más a la de un secretario de cultura que a la de un verdadero jefe comunal, confirma que evidentemente las circunstancias lo superaran.

Esto explica el desplazamiento de prioridades desde lo estructural y fundacional hacia lo superficial y visible. si después de diecisiete años en el poder, el legado más resonante o la percepción pública dominante se centra en la organización de eventos culturales, festivales o el embellecimiento de fachadas en zonas céntricas, surge una pregunta básica: ¿qué aprendió realmente el intendente Jorge durante estas casi dos décadas sobre la función integral del gobierno municipal? el rol de un jefe comunal es, por definición, la gestión del territorio en su totalidad, siendo el máximo garante de la planificación urbana, la inclusión social y la eficiencia de los servicios públicos esenciales. Su aprendizaje, a lo largo de 17 años, debería haberse reflejado en una visión estratégica a largo plazo que abordara problemas crónicos y complejos, como la expansión desordenada de la ciudad, la deficiencia de la red cloacal o de transporte en los barrios periféricos.

Cuando la gestión se asemeja más a una agenda de eventos, lo que se revela es un posible déficit de coraje político para enfrentar las reformas difíciles o una falta de interés genuino en el desarrollo infraestructural y social de la ciudad. El problema no es que haya cultura, sino que esta parezca ser la única carta fuerte en la agenda de la gestión, dejando al descubierto una posible incapacidad para trascender la comodidad de lo cosmético y abrazar la responsabilidad de lo fundamental.

Lo que el intendente podría haber aprendido, pero no necesariamente aplicado, es que el éxito duradero no se mide por el brillo de un festival, sino por la calidad de vida estable de los ciudadanos en cada barrio, incluso en aquellos que no aparecen en las postales turísticas, dejando la sensación de que tanto tiempo en el poder solo sirvió para perfeccionar el arte de la subsistencia política a través de lo popular, sin resolver la miseria que sigue crujiendo en los cimientos de la capital jujeña.

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