Resulta casi cínico que el intendente Raúl Jorge, después de recibir un revés electoral contundente en la capital, salga a buscar el respaldo de dirigentes vecinalistas para reconstruir un caudal de votos que se le escurrió entre los dedos por la propia inercia de su gestión.
Lo que estamos viendo no es más que el manual de supervivencia de una dirigencia agotada
Lo que estamos viendo en estas horas no es más que el manual de supervivencia de una dirigencia agotada: un manotazo de ahogado de quienes, tras diecisiete años de una gestión percibida como estancada, pretenden ahora descubrir la pólvora de la participación ciudadana.
Hablar hoy de una ciudad inclusiva, ordenada y limpia, después de casi dos décadas en el poder, es —como mínimo— una falta de respeto a la memoria de los vecinos. La realidad que vive el jujeño es la de una ciudad desordenada, donde cambiar un foco parece una obra de ingeniería que demanda años y donde la suciedad se ha vuelto parte del paisaje ante la ineficiencia de una administración que gestiona la capital como si fuera un caserío olvidado y no una ciudad del siglo XXI.
Pero el epicentro de esta desidia tiene nombre propio: Alto Comedero. Un sector que durante décadas fue tratado como un simple “ducto de votos”, una cantera electoral de la cual extraer poder para luego darle la espalda a sus más de ciento cincuenta mil habitantes. Hoy, cuando los vecinos exigen participación real y el diseño institucional de una nueva ciudad está en juego, reaparecen los mismos de siempre, los que durante años miraron para otro lado, intentando imponer ideas desde la comodidad del centro.
La advertencia para los vecinos de Alto Comedero es clara: no se puede permitir que quienes construyeron esta realidad pretendan ahora presentarse como los arquitectos de la solución. La próxima etapa no admite errores. Si regresan los mismos actores que gobernaron de espaldas a la gente, la autonomía corre el riesgo de transformarse en una nueva frustración en lugar de una oportunidad histórica.
El desafío es otro: que el liderazgo surja desde el territorio, desde quienes conocen cada necesidad y cada carencia, y no desde dirigentes oportunistas que solo aparecen cuando las urnas les devuelven el reflejo de su propio desgaste. Es momento de que Alto Comedero deje de ser un botín político y pase a ser, definitivamente, de sus vecinos.
La única salida digna para una dirigencia que lleva décadas en el poder es cumplir con los pasos institucionales necesarios para garantizar la autonomía y luego dar un paso al costado. Porque ya no tienen nada nuevo que ofrecerle a un sector que han ignorado sistemáticamente.
Hoy, más que nunca, los vecinos deben construir un límite firme frente a las promesas de campaña, esas soluciones rápidas que aparecen en tiempos electorales pero que desaparecen al día siguiente. Solo con esa conciencia podrán recuperar la dignidad que les fue negada durante años.
La autonomía no es solo un cambio administrativo: es la posibilidad de romper con un modelo de dependencia y abandono. Y esa transformación solo será real si nace desde la gente, con identidad propia y con un liderazgo genuino.
Porque si los mismos que administraron el abandono siguen tomando decisiones, la nueva ciudad nacerá condenada a repetir los mismos errores. Por eso, más que una opción, el recambio es una necesidad. Para que el futuro deje de ser una promesa y empiece, de una vez, a ser una realidad.
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