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Poemas y cuentos de Silvina Ocampo

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de la autora. Empezó su camino creativo como artista plástica pero luego decidió dedicarse a la literatura.

Nos iremos, me iré con los que aman...

Nos iremos, me iré con los que aman,

dejaré mis jardines y mi perro

aunque parezcas dura como el hierro

cuando los vientos vagabundos braman.

Nos iremos, tu voz, tu amor me llaman:

dejaré el son plateado del cencerro

aunque llegue a las luces del desierto

por ti, porque tus frases me reclaman.

Buscaré el mar por ti, por tus hechizos,

me echaré bajo el ala de la vela,

después que el barro zarpe cuando vuela

la sombra del adiós. Como en los fríos

lloraré la cabeza entre tu mano

lo que me diste y me negaste en vano.

Soneto del amor desesperado

Mátame, espléndido y sombrío amor,

si ves perderse en mi alma la esperanza;

si el grito de dolor en mí se cansa

como muere en mis manos esta flor.

En el abismo de mi corazón

hallaste espacio digno de tu anhelo,

en vano me alejaste de tu cielo

dejando en llamas mi desolación.

Contempla la miseria, la riqueza

de quien conoce toda tu alegría.

Contempla mi narcótica tristeza.

¡Oh tú, que me entregaste la armonía!

Desesperando creo en tu promesa.

Amor, contémplame, en tus brazos, presa.

La alfombra voladora

Enamorados caminaban sobre una alfombra de pétalos,

tan suave que una nube del mismo color

comparándola con esa alfombra

hubiera parecido muy dura.

El cielo no estaba arriba,

estaba abajo, iluminándoles los pies.

El diálogo apenas se oía

porque se miraban los pies entre los pétalos.

—¿Te gusta este color violeta?.

La punta de un pie señalaba unos pétalos.

—Quisiera que el mundo fuera todo de este color.

La punta de otro pie señaló otros pétalos.

—Hay colores horribles,

es claro que dependen del que tienen al lado,

pero éste se basta a sí mismo.

Es el color de la perspectiva.

El color lejano de las montañas al atardecer

transforma la tierra en agua,

pero más que nada el color del iris de tus ojos...

Te confieso que prefiero el anaranjado.

—Odio el anaranjado.

No pises las flores del jacarandá que es un santo.

—¿Odiar un color? ¿Por qué?.

De pronto el suelo se llenó de charcos

donde flotaban pétalos lilas en la luz del alba.

—¿Estaremos soñando? —dijeron al mismo tiempo.

No volvieron a verse.

Vanidad de vanidades

Vivimos para una casa

que no podremos construir,

para un viaje que no haremos

y para un libro que nunca

llegaremos a escribir;

como un dibujo trazado

en una hoja cuyos límites

exiguos no han permitido

la inclusión total de un plano.

El zorzal

A mi rey del bosque cordobés le gustaba comer carne cruda, le gustaba imitar el ruido que hace un trapo cuando limpia los vidrios de las ventanas: ése era su canto y por eso dejé que se fuera y adopté un zorzal cordobés, recién nacido, que no aceptó la libertad, por más que se la brindara con la jaula abierta. No quiso dejarme: fue su tiranía. En vano le enseñaba a volar, lanzándolo al aire. En su vuelo más prolongado se posó un día en el techo de la casa. Volvió y corrió a mis pies, buscando su cautiverio. Así vivió, como un perro con alas, que me seguía hasta el fondo de la casa y que salía al jardín cuando yo salía. A mí todo esto me perturbaba. Lo llevé a San Isidro. Me ocupaba de él. Le hablaba. Abría la jaula. El zorzal salía, pero nunca se escapaba. Y qué hubiera hecho, yo pensaba, entre pájaros desconocidos y extranjeros. ¿Cómo viviría entre árboles? Siempre me preocupaba las vidas de los animales como si fuesen de mi especie. Mi padre se enfermó gravemente en mi casa, y yo pensé que era por culpa del zorzal. Por una semana dejé de verlo y me fui a San Isidro. Cuando lo visité quiso clavarme el pico en la mano. Tanta furia me espantó. No podía reconciliarme con él. Tres días después volví. Había abierto los barrotes de la jaula y se había ido. Miré al cielo y pensé que no volvería a tener un zorzal porque no volvería a recuperar la amistad de ese único zorzal, que me torturaría con su canto todos los veranos.

La próxima vez

Ella estaba muriendo, imaginando su propia muerte. La luz de la tarde bañaba los objetos en un brillo extraordinario. Nunca los había visto tan nítidos. También vio las caras que venían a visitarla. Una se distinguía entre todas. No lloraba. ¿Por qué no lloraba? Estaba apoyada contra una pared con cuadros que reproducían a los miembros más importantes de la familia. Una curiosidad malsana se apoderó de ella, una irritación que no podía controlar. Su corazón latía vertiginosamente, a tal punto que no podía mantener sus ojos quietos. La que no lloraba estaba devorando con sus miradas a alguien; no se movía de su puesto de observación. ¿A quién miraba? Quiso incorporarse para ver lo que no alcanzaba a ver, pero, aún moribunda, se desplomó. Presintió lo que sucedía. Detrás del biombo de la sala apareció la misteriosa persona que invitaba a todos los ojos a mirarla. Sintió que se le paralizaba el corazón. Se besarían tan furtivamente que nadie lo advertiría. Y así fue. Cómo pudieron alejarse del lugar tomándose de las manos, como dos niños lúbricos. En su imaginación tomó la pluma para escribir lo que estaba viendo, pero una moribunda no puede escribir por más que trate de hacerlo. Recorrió los detalles más minuciosos del ocaso, del vestido que miraba. "Moriré", pensó, "pero ahora no, por favor, Dios mío. Tengo que ver el final de este encuentro, que me mata."

Ya el mundo había cambiado, las flores se habían marchitado con el murmullo de las voces. Lejos, lejos como a través de un invertido anteojo de largavista, vio el mundo con todas sus perspectivas. El amor era lo único que se destacaba. No, no moriría esta vez, sino la próxima... "Dios mío, no tengo valijas, baúles donde llevar mis manuscritos y prefiero morir mil veces antes que perderlos".

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