Enseñarás a volar
de Madre Teresa de Calcuta
de Madre Teresa de Calcuta
Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soltarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.
Sin embargo…
en cada vuelo,
en cada sueño,
perdurará siempre la huella
del camino enseñado.
de Elsa Bornemann
Usted jamás va a saberlo
y es apenas una frase:
¿cómo escribir que la quiero
en un cuaderno de clase?
Usted nunca va a enterarse.
Es ancha esta pena mía…
¿Cómo contarle mi amor
con faltas de ortografía?
Usted pondrá “insuficiente”
a su alumno enamorado,
pues por volverla a tener
voy a repetir el grado.
Hay una escuela grande como el mundo.
Allí enseñan maestros, profesores,
abogados, albañiles,
periódicos, televisores,
carteles callejeros,
el sol, los temporales, las estrellas.
Hay lecciones fáciles
y lecciones difíciles,
feas, bonitas y así.
Allí se aprende a hablar, a jugar,
a dormir, a despertarse,
a bienquerer e incluso
a enfadarse.
Hay exámenes a cada momento,
pero no hay suspensos:
nadie puede parar a los diez años,
a los quince, a los veinte,
ni descansar un solo instante.
De aprender no se acaba jamás,
y aquel que no sabe
es siempre más importante
que aquel que sabe ya.
Esta escuela abarca todo el mundo.
Abre los ojos:
tú también eres un alumno.
A los maestros rurales a su abnegación y sacrificio
De Hairenik Eliazarián de Aramayo
Maestro: No guardes tu lira.
Si el desaliento apaga
las voces de tu canto,
con un rumor sin antes
plegará la bandera
el Ala de su vuelo.
Si enmudece tu lira
y se apagan los ecos
de tu soñar,
tampoco brotes nuevos
reventarán cantares
sobre la costra oscura
de la Tierra cansada,
ni explotarán azules
los ojos azorados
del niño que te clama
esperando que un ángel
igual a tus palabras
ponga luz en el mundo
inédito de su alma.
Maestro: A ti te pertenecen
los ritmos más profundos, desde que siembras anchos
y acanalados surcos
con la modestia pura
de labor cotidiana;
desde que puedes todo
con sólo poseer
la ternura y la calma,
desde que mides tiempo
en la estatura inquieta
del niño que se agranda,
mientras tus días mueren
quemados en la fragua
de una escuela dorada.
Maestro: Nunca en pesos
se pagaron los frutos
que el espíritu alcanza…
Tu cosecha lleva en sí
todo el premio
que tu pasión buscara
Que no calle tu lira
ni se ahoguen las notas
que su vibrar arranca
para que muera la ignorancia.
Tú, que hiciste sueños
la escuela milenaria
y ves en sus adobes
columnas marmoladas.
Tú que piensas en libros
en las noches calladas,
y en pupitres y en tizas
cuadernos y pizarras,
que cubran la pobreza
impía de las aulas,
eres poeta y músico,
labrador y profeta,
en quien la Patria puede
acunar esperanzas.