La ambición en sí misma no es mala. Un político ambicioso por el bienestar de su pueblo, por lograr transformaciones sociales reales, es lo que la democracia necesita. El problema surge cuando esa ambición se distorsiona, se vuelve narcisista; cuando el fin último ya no es el servicio público, sino el engrandecimiento personal, la perpetuación en el poder a cualquier costo, o la acumulación de privilegios. Estos señores terminan viendo el cargo no como un mandato, sino como una propiedad. La persona se vuelve más importante que el proyecto, el ego suplanta al ideal. Esta metamorfosis del liderazgo, donde la autorreferencial es la brújula, tiene consecuencias devastadoras en la salud democrática.
Los políticos se ambicionan a sí mismos
Nos encontramos en un momento de nuestra historia política donde la sensación generalizada es de una profunda desconexión entre la dirigencia y la ciudadanía, y no solo eso, sino una alarmante deriva ética. Dirigentes que se ambicionan a sí mismos y actúan como difusores de la confusión y la mentira. No es solo un fallo moral individual, sino un síntoma de una enfermedad mucho más profunda en el sistema de representación.
Y es aquí donde entran en juego la confusión y la mentira. Un dirigente centrado en sí mismo necesita un entorno opuesto a la transparencia para operar. La mentira no es un error, es una herramienta estratégica. Se utiliza para simplificar problemas complejos hasta reducirlos a un eslogan polarizador, para desviar la atención de la propia ineficacia o corrupción, o para crear un enemigo externo que justifique todos sus actos y aglutine a sus seguidores. Vivimos en la era de la “posverdad”, donde el sentimiento y la creencia personal tienen más peso que los hechos objetivos.
Los políticos que abrazan esta conducta son especialistas en explotar esta fragilidad: ofrecen relatos convincentes, cargados de emocionalidad, que no son ciertos, solo son creíbles para su base.
La confusión es su aliada silenciosa. Al saturar el ecosistema informativo con datos contradictorios, confrontación cruzadas y narrativas sin fundamento y logran, un doble objetivo. Primero, erosionan la confianza en las instituciones, y principalmente, en la capacidad del ciudadano de discernir. Cuando ya no sabes en qué creer, te volves más dependiente de la voz que te ofrece una supuesta verdad simple y contundente, aunque sea una falacia. Segundo, paralizan la crítica. Un ambiente confuso es un ambiente agotador, y la gente, extenuada de intentar desentrañar la verdad, simplemente se retira o acepta la versión más cómoda.
Esta dinámica crea un círculo vicioso de desafección. La ambición desmedida lleva a la mentira; la mentira genera confusión y polarización; y todo esto, a su vez, aumenta el cinismo de la gente.
El ciudadano percibe que el juego está manipulado, que las promesas son vacías y que su voto es apenas un engranaje en una maquinaria diseñada para el beneficio de unos pocos. Esto no solo afecta la calidad de las políticas públicas, que se diseñan más para la foto que para la solución real, sino que daña el tejido social mismo. La confianza es el cemento de la sociedad, y estos comportamientos la están disolviendo día a día.
Estamos asistiendo a una mercantilización de la política, donde el político es un producto y la verdad, una variable de ajuste en la estrategia de marketing. Es un momento que nos exige, elevar la vara de la exigencia cívica, exigir transparencia, honestidad intelectual y un retorno urgente al sentido de servicio que debe ser la esencia de la vida pública.
Si el diagnóstico es la ambición desmedida de los dirigentes y su uso estratégico de la mentira y la confusión.
La pregunta sería ¿qué actitud debe tomar la sociedad, frente a esta auténtica tragedia política? La respuesta no puede ser la pasividad ni el mero lamento; debe ser una reconfiguración profunda de nuestra postura cívica, un ejercicio de responsabilidad compartida.
La primera y más crucial actitud que la sociedad debe adoptar es la disciplina informativa. Dudar de la simplicidad de las soluciones mágicas o de las narrativas que designan un chivo expiatorio para todos los problemas. Frente a la estrategia de la confusión, la respuesta es la búsqueda de la claridad y la verdad, por incómoda que sea.
En segundo lugar, debemos combatir la polarización inducida con una defensa firme de la pluralidad y el diálogo. La ambición egocéntrica del político se alimenta de la división, del nosotros contra ellos. Si la sociedad cae en esa trampa, se fragmenta y pierde su capacidad de interpelación colectiva. Debemos resistir la tentación de etiquetar y cancelar a quienes piensan diferente y, en su lugar, priorizar los consensos fundamentales sobre la ética pública, la transparencia y el interés general. La tragedia política busca anular el espacio común; nuestra actitud debe ser reafirmar la esfera pública como un lugar de encuentro, no de batalla campal.
Una tercera actitud indispensable es la recuperación del sentido de la vigilancia y la fiscalización. Esto va más allá del voto. Implica que las organizaciones de la sociedad civil, la academia, los medios de comunicación y el ciudadano individual actúan como contrapesos permanentes.
Si los dirigentes se ambicionan a sí mismos, la sociedad debe convertirse en un espejo implacable que refleje sus acciones y sus contradicciones. Debemos exigir transparencia total en el manejo de los fondos y en los procesos de toma de decisión. La apatía y el cinismo son el oxígeno de estos señores. De modo que, la participación crítica y constante de la gente es su asfixia.

