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Rubén Vela, siempre Rubén, el poeta de América

 

Rubén Vela, siempre Rubén, el poeta de América

en la voz de Sebastian Jorgi, en la memoria de mi corazón.

 

 

A un año de la partida de Rubén Vela, este ensayo que formará parte de un próximo libro, aún inédito. Mi recuerdo del gran poeta es inesquivable, por su generosidad y por su sabiduría. A él debo la reinserción en los ochenta, en el ámbito literario. Me incorporó  a la Fundación Argentina para la Poesía y al Instituto Literario y Cultural Hispánico de California. En esta etapa nueva entonces me comuniqué con poetas de la talla de Cesselli, Benarós, Simpson, Castelpoggi, De Cicco y obviamente, de Débole, integrando el staff de la Fundación. Consejero espiritual, de vida y literatura, Rubén Vela me fue presentando grandes escritores y profesores, como Enrique Anderson Imbert y Antonio Pagés Larraya. Al tiempo, a María de Villarino y a Olga Orozco, Ana Emilia Lahitte. SerranoPérez, Madariaga…entre muchos íconos de nuestra cultura. El 29 de abril cumpliría 91 años y coincide con la fecha de su partida, el año pasado, despedido en la Feria del Libro por su esposa Nina y sus hijas Fernanda y Alejandra, su hijo Nicolás, nieta Agostina y muchísimos amigos del ambiente de la poesía.

Mi recuerdo agradecido.

 

 

Sebastián Jorgi

 

 

 

 

REENCUENTRO CON LA POESÍA DE RUBÉN VELA: ENVÍOS SUTILES Y META-MENSAJES A LA POSMODERNIDAD

“aquel ejercicio cotidiano/ que se alimenta de amor / a cada instante…”      

                                                                                           

            Y ahora que me he reencontrado con la poesía de Rubén Vela, yo también tengo la sensación de que estoy recorriendo los “mapas azules de la infancia”. En esta relectura vuelvo a presentir al hombre y me arrimo a ese hombre, el que se condena al “azote del tiempo”, seguro que remontando espacios de libertad—ese “pan” tan escamoteado en estos tiempos de posmodernidad. Y pienso, querido poeta mayor, tratando de desgajarme de la hermandad ofrecida hace tantos años que empiezo a comprender la indiferencia de los días “que te habitan”. ¿Habré comenzado también yo, desde mi puesto de narrador, de lector pretendido modelo, “aquel ejercicio cotidiano/ que se alimenta de amor / a cada instante?” Y me lo pregunto citando textualmente uno de tus poemas, de manera que no haya malentendidos porque estamos en ese fin de las ideologías que proclamó Lyotard y que acaso has anticipado en “Los días, los días”: “¿Quién mata?/ ¿Quién confunde?”, en este largo paso “de los mundos obstinados”, de barreras sin señales, de finales de tiempos de in-ciertas circunstancias, donde se necesitará mucho más que el humo no sólo para entendernos, sino para encontrarnos en el camino. Al menos en sentimientos paralelos tratando de  congeniar orígenes, puntos de partida, lo que vendrá, ese “porvenir y la antigüedad”.

            Ese camino que deberá vislumbrar “un horizonte siempre a la vista”, otro salto profético de los años 50 en estas líneas poéticas, otro salto profético a la posmodernidad, aquella que imaginó Habermas para enmarcar socialmente el último cuarto de siglo XX y lo que va de este entrado y conflictivo siglo XXI. Entonces el poeta se eleva, en doloroso desdoblamiento y observa el horizonte y logra una de las imágenes más logradas por algún poeta de los últimos tiempos. Esos días de los años 50, son lo que el poeta ha develado y son vividos hoy:

                                          Duermes tu fiebre de verano en un horizonte

                                          siempre a la vista, imposible de escalar otra

                                          altura, otra majestad, para escapar del país

                                          de todos los días juntos, esta academia de

                                          la muerte.

            Y el viajero acaso al detenerse y contemplar el día, embriagado en la locura del conocimiento, reflexiona sobre las propias manos laburantes, hacedoras y contenedoras del poema-hálito—“respirar este poema”—digo, arriesgo, vivir el poema, en una especie de trucaje de arte poética pleno de gracia. Sí: “todo se veía a través del día”, para una posible constatación existencial, donde, pese a que “nada cambiaba/ cada ser apela al testimonio del otro para no equivocarse”. ¿El prójimo? ¿Es ésta la idea? Y el alter ego, el prójimo lector, eso, como tal, me digo que vuelvo a identificarme en ese “hombre agrietado en años”—para mí también, caramba, han pasado treinta años de aquella primera lectura de Maneras de luchar—y me miro en ese espejo de los poemas de Rubén Vela para preguntarme, sumarme a él, tratando de saber “quién hiere, quién profana la palabra” en ese vértigo: “La vida va muy rápido/ y nadie sabe lo que quiere…”

            Si seguimos la lectura, sabremos el porqué de ese hombre enajenado, lacerado por la “corona de espinas”. Y más allá del Río das mortes , el memorioso Rubén Vela en homenaje rescata del “río profundo” al poeta luchador Javier Heraud, asesinado en 1963:

                                 ¿Será el río profundo de Javier Heraud

                                  el llanto sofocado del hijo de Tania

                                  que nunca vio la luz?

 

                                  ¿Este dolor, esta angustia

                                 tanta soledad?

 Y estoy recorriendo el cuadernillo El cazador, donde el poeta ha convocado “animales en el agua salvaje, bellos cuerpos desnudos”.

            Esa intensa exploración de las formas del ser humano en un mundo poco hospitalario, como reflexiona Adorno y las respuestas posibles a las interrogaciones en Rubén Vela, me conducen a  Zygmunt Bauman: “el entendimiento es el punto de partida de la libertad y la libertad que en realidad existe, la libertad disponible, sería garantía de felicidad…” (página 47). ¿Será éste el alcance teleológico de la escritura de Introducción a los días  que atraviesa la poesía toda de nuestro poeta?

     Recuerdo una línea de sus poemas (“¿Cuál es la libertad posible?”), donde radica la muestra de grandeza del poeta: estoy haciendo un corte, con el riesgo de la descontextualización que fragmenta, pero vuelvo a apelar a la filosofía del poeta en su reconocimiento al maestro Mircea Eliade: Todo fragmento significativo repite el todo: Acápite inicial de su libro Maneras de luchar)

            Las más caras imágenes de esta posmodernidad líquida, de este actual cuadro de situación, de algún modo esa rebeldía tibia de los indignados—y digo “tibia” porque no es el mayo francés del 68, ni Tatlelooco, ni nuestro Cordobazo del 69—se adelanta a aquel “canto grave y profundo, Madre de los Abandonados / que la madrugada trae en su extraño silencio, ese desgarrado Retrato de un desconocido” (de Poemas con pueblo un cuadernillo) para presentarnos a ese “hombre agrietado en edades”. Ese hombre en la tremenda soledad, que me recuerda al Umberto D de Vittorio De Sica porque “algún perro seguidor lo habita”. Rubén Vela logra recrear una imagen del más despiadado neo-realismo del cine italiano de posguerra, imagen sólo dictada por la imaginería de los grandes poetas. Pero la ductilidad del lenguaje—esa pluri-significación que apuntamos en su obra—nos lleva a  revalorizar la palabra soledad, ya que consustanciado en el amor a y con  Nina, su esposa, nos escribe: en esos “días perfectos”, para evocar la “dura soledad de tu cuerpo y el mío en una misma soledad”.

            Y esta conflictiva posmodernidad donde “se han marchitado las sonrisas y la muerte”, dice en “Canción al hijo que duerme”—“es el nombre de todos los días”, es el noticiero de las cadenas comunicacionales, donde notamos a diario que se ha liquidado, avasallado la libre determinación de los pueblos. Pero el Poeta se eleva otra vez: “Pueblo/déjame nombrarte”.    

            Y después de todas mis aproximaciones, humildes indagaciones, ya que el Poeta está resguardado en su propia intencionalidad creativa y de algún modo impelido por la circunstancia orteguiana de la época—no olvidemos que el siglo XX estaba dando la curva en los 50 recién pasada la Segunda Guerra Mundial y estaba Indochina, latente un Vietman que se vino encima—cabe reflexionar que sus funciones de Embajador le dieron una autoridad en el campo social y político internacional para ahondar en las estrategias de ese mundo entrado ya en la Posmodernidad. Y siempre el tema de la Libertad, esa búsqueda tan obsesivamente genuina pero con un lenguaje único e indivisible, difícilmente asociable a otros poetas de su generación. La originalidad lo distingue ya en el grupo Poesía Buenos Aires con avales como Raúl Gustavo Aguirre y de ahí en adelante—atención, más allá del tema América—el crecimiento del Poeta se diversifica, siempre con un golpe poético que lo caracteriza. Ese lenguaje logrado, como expresa Roland Barthes: “La poesía ya no es una Prosa ornamentada o amputada de libertades, es una cualidad irreductible y sin herencia, ya no es un atributo, es sustancia…” (página 37)

            Y voy y vuelvo por estos cuadernillos con relecturas noctámbulas, ayudándome en los silencios para decantar ese caudal poético, hacer anotaciones, recortar  las  plurivalencias y los meta-mensajes en logradísimas imágenes, como este poema:                                      

                                                 ¿Con qué follaje se nutre el día, amanecido

                                                 en las blancas escarchas de la luna, en tan

                                                 largos caminos? Hoy te vas, hoy regresas,

                                                 hoy no eres hombre ni nada, tan poca cosa

                                                 que el mundo es inmenso en tus manos, que

                                                 mueres de vida repentina.
 

            ¿Las zonas grises de la sociedad a las que se refiere Robert Castel en la reacomodación de las incertidumbres? (página 26). En esos “hoy” de idas y regresos, acaso con una pincelada de nihilismo (“no eres hombre ni nada), ese hombre diminuto ante el “mundo inmenso” y con un dejo de ironía por el azar de una muerte de “vida repentina”. Observemos la gracia para el cierre de este poema:                                                                                   

                                                Así como un árbol entrelaza sus ramas en

                                               otro, así aspiras esa sencillez primaria, ese

                                               comienzo del amor donde se festejan los

                                              puentes.

           Hálito neo-romántico, en un verso totalizador, un contracanto de amor para festejar los encuentros porque, como expresará en otro verso, el Poeta parado “en lo alto de la ciudad del sueño, las distancias desaparecen”. Lo siento, lo experimento, por mi amistad con el Poeta, me identifico con esa “ciudad del sueño” y la distancia no es tal, se ha borrado, soy tu próximo.

         Y festejo, caramba, yo también, desde aquel principio (arkhé) de tus creaciones, en “los días, los días” aquellos, hasta la estancia actual enviada como finalidad (telos), para retomar estructuras aristotélicas si me permites. Y regalarnos en tiempos de posmodernidad algún “anuncio de día fresco”. Seguro que acompañados por los “pájaros del día”, alentando la esperanza para nuestros hijos en sus cotidianas luchas y por qué no como categoría existencial, sí, querido Poeta: “el amor está en el aire”.

 

OBRAS CITADAS

Adorno, Theodor. Mínima moralia. Madrid: Taurus-Santillana, 1998.

Barthes, Roland. El grado cero de la escritura. Buenos Aires: Siglo XXI, 2011.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008.

Castel, Robert. El ascenso de las incertidumbres. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica,   2011.

Habermas, Jürguen. El discurso filosófico de la posmodernidad. Madrid: Taurus, 1997.

Lyotard, Jean Francois. La condición posmoderna. Madrid: Planeta. 1992.

Vela, Rubén. Poemas con Pueblo. Buenos Aires, Vinciguerra 2009

---. El cazador. Buenos Aires: Vinciguerra, 2010.

---. Los días, los días. De mi raza. Buenos Aires: Vinciguerra 2011.

(x)

A modo de homenaje, esta nota. Rubén Vela falleció a punto  de cumplir 90 años, por lo que se le rindió una despedida en la Feria del Libro en la sala Alfonsina Storni, Pabellón Blanco, con la presencia de su esposa Nina, sus hijas Fernanda y Alejandra, su hijo Nicolás, familiares y amigos. El poeta, su gran amigo Antonio Requeni, expresó unas sentidas palabras en su memoria.S.J.

               

 

Sebastián Jorgi

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