La promesa de un cambio radical en 2015 se diluyó en una gestión que, lejos de sanear las finanzas, hipotecó el futuro de todos los jujeños. La provincia está, sin eufemismos, quebrada financieramente, un estado terminal producto directo de un endeudamiento en dólares tomado de manera imprudente y sin transparencia.
El superávit se va a la deuda y el déficit lo sufre la gente
Si hablamos de la "transformación" de Jujuy, no podemos eludir el impacto más nefasto y concreto del gobierno de Gerardo Morales: la deuda externa irresponsable que hoy asfixia las arcas provinciales.
Este endeudamiento masivo, que hoy representa una pesada mochila para las próximas generaciones, se justificó bajo proyectos que, diez años después, han demostrado ser beneficiosos solo para unos pocos y una carga brutal para la mayoría. Hablamos de deudas que supuestamente iban a financiar obras estructurales y el tan publicitado cambio de matriz productiva. ¿Cuál es el resultado tangible? La provincia se encuentra pagando intereses siderales en una moneda extranjera, desviando recursos críticos que deberían destinarse a la salud pública, la educación o la seguridad.
La toma de esta deuda en dólares, en un contexto de volatilidad económica nacional, fue una decisión política temeraria, que no trajo ninguna infraestructura vital para el desarrollo social.
El resultado concreto de esta maniobra financiera es un doble perjuicio para el ciudadano de a pie. Por un lado, se consolidó la dependencia económica del gobierno central y de los acreedores internacionales, limitando seriamente la soberanía financiera de Jujuy. Por el otro, el servicio de la deuda devora presupuestos que deberían haberse invertido en paliar las históricas desigualdades de la provincia.
La justificación de estos préstamos fue el "ordenamiento" fiscal que, en la práctica, significó la utilización del crédito como un instrumento de poder político, más que como una herramienta de desarrollo genuino.
El peso asfixiante de la deuda por el Parque Solar Cauchari que se presentó en su momento como una vanguardista apuesta a la energía verde bajo el sello de los "bonos verdes", hoy revela su cara más amarga en la economía doméstica. Estamos hablando de una toma de deuda original de 230 millones de dólares que, tras los compromisos financieros y los intereses acumulados, ha escalado a una cifra de 338 millones de dólares.
Este incremento del 30% no es solo un número frío en un balance contable del ministerio de hacienda; es, en términos reales, la explicación técnica detrás de por qué hoy un docente, un médico o un empleado público perciben salarios que pierden por goleada contra la inflación. Para la gente de a pie, la consecuencia directa es un ajuste estructural que se siente en la falta de gasas en un hospital, en el deterioro de la infraestructura escolar y en una gestión pública que parece tener las manos atadas porque la prioridad absoluta ya no es el bienestar social, sino cumplir con los acreedores externos en moneda dura. Cuando el estado debe destinar una porción tan masiva de sus recursos a pagar intereses de una deuda dolarizada, se produce un efecto dominó de desinversión que precariza la vida cotidiana, condiciona el consumo local y estanca el crecimiento de la provincia.
En definitiva, el sueño de la energía limpia está siendo financiado con el sacrificio del salario real de los trabajadores, convirtiendo una promesa de desarrollo en un corsé financiero que limita las oportunidades de progreso para las generaciones actuales y venideras de Jujuy.
El actual gobernador, Carlos Sadir, heredero político de morales, carga con la responsabilidad de gestionar esta pesada herencia. No puede hablar de una "gestión responsable" mientras se mantenga la opacidad en el manejo de la deuda y no se exija una auditoría exhaustiva y transparente de cómo se tomaron y, más importante aún, cómo se gastaron esos dólares. La deuda en moneda extranjera no es solo una cifra contable; es la manifestación palpable de una gestión que priorizó el beneficio político inmediato y el clientelismo sobre la sustentabilidad financiera a largo plazo.
Por lo tanto, la tan mentada transformación es en realidad la consolidación de un legado roto, caracterizado por una deuda irresponsable que hoy impide a Jujuy tener un horizonte de crecimiento real. La única salida para Sadir, si quiere mostrar un atisbo de responsabilidad, es despegarse urgentemente de las decisiones de morales y encarar una revisión profunda y popular de las cuentas provinciales, empezando por esa deuda impagable que ya hipotecó la próxima década.

