La excusa sistemática de que “la culpa es de Nación” ya no resiste el menor análisis contable. Si miramos los 151 mil millones de pesos presupuestados para desarrollo humano, cabe preguntarse: ¿a dónde va esa montaña de plata si no se traduce en licitaciones transparentes de alimentos, en una logística de distribución que llegue a cada comedor popular y en una rendición de cuentas que explique por qué cada vez hay más gente en la fila y menos comida en el plato?
El gobierno no tiene capacidad de gestión autónoma ni creatividad para gobernar
Lo que estamos viendo es un divorcio total entre el discurso oficial del “éxito minero” y la heladera vacía del ciudadano de a pie. El relato del litio como el oro blanco del siglo XXI choca de frente contra la realidad de un sistema de transporte quebrado y una asistencia social que parece ser apenas una cáscara vacía frente a una demanda que no para de crecer.
Es un insulto a la inteligencia del jujeño decir que no hay recursos mientras se permite que las regalías mineras sigan siendo migajas comparadas con los estándares internacionales. Estamos hablando de un esquema que privilegia la comodidad del funcionario por sobre el desarrollo estructural de la provincia.
La dirigencia política local se acostumbró peligrosamente a vivir de la coparticipación y del envío discrecional de fondos, perdiendo en el camino toda capacidad de gestión autónoma, de creatividad presupuestaria y de eficiencia administrativa.
Por otra parte, lo que está en juego hoy es el futuro del sistema de transporte público y la asistencia a quienes están fuera del sistema: dos temas esenciales para la subsistencia de los más humildes. Pero además está en juego la credibilidad de una clase política que sigue usando recetas del siglo pasado para problemas que exigen transparencia absoluta y gestión profesional. Si no pueden garantizar que el dinero que llega para una escuela o para una vivienda se transforme efectivamente en ladrillos, entonces estamos ante un modelo agotado que prefiere el clientelismo antes que la construcción de ciudadanía.
Gobernar con recursos propios no debería ser una tragedia, sino un ejercicio de soberanía y de respeto al contribuyente, que hoy, incluso con un trabajo formal, tiene que agachar la cabeza en un comedor comunitario porque su sueldo fue devorado por la inacción de quienes debían protegerlo. Lo mismo ocurre con el transporte: si Nación no pone el dinero, deberían haber sido precavidos y contar hoy con fondos de emergencia previstos para este cambio de paradigma anunciado en campaña por el propio presidente.
Ya está ocurriendo, y en Jujuy no se puede seguir esperando una “bolsa” que ya no existe, mientras sus propios recursos se escurren entre los dedos de una administración que parece más preocupada por el marketing minero que por el hambre de su pueblo.
Han montado una trampa de pinzas sobre el ciudadano jujeño: por un lado, se le asfixia el bolsillo con salarios que ya no son de subsistencia, sino de indigencia; por el otro, se le quitan las herramientas básicas para pelear el día a día, como un transporte público eficiente y accesible.
No se puede hablar de una provincia moderna y minera cuando el trabajador que financia con su esfuerzo la deuda externa de Jujuy no tiene siquiera la garantía de un colectivo para llegar a su puesto, ni la seguridad de que el Estado va a intervenir donde el mercado hoy solo genera exclusión.
Hay una desconexión moral profunda cuando las autoridades se jactan de balances positivos y exportaciones de litio, mientras esos recursos parecen quedar blindados en una burbuja para pocos, sin transformarse en ese derrame necesario que debería sostener la red de contención social y el fomento real del empleo privado que tanto prometieron y nunca llegó.
La política de “pisar salarios”, mientras se le da la espalda al sector informal, es una receta para el desastre social. No se le puede pedir a la gente que sea creativa para sobrevivir si el propio gobierno carece de la creatividad y la voluntad política para redistribuir la renta de nuestros recursos naturales o financiar el sistema de transporte, como lo logró la provincia de Salta.
Es hora de entender que la paz social no se declama: se construye con pan, con movilidad y con un Estado que deje de ser un espectador del sacrificio ajeno para pasar a ser el motor de un auxilio que no puede esperar a que la macroeconomía se acomode.
Porque el hambre y la necesidad de trasladarse para trabajar ocurren hoy, en este preciso minuto. Y la inacción oficial ya no es solo incapacidad: es una falta de respeto a la dignidad del pueblo jujeño, que ya no acepta más el verso del futuro mientras el presente se le deshace entre las manos.

