Nombrado molnupiravir, en honor a Mjölnir, el martillo de Thor, el fármaco fue tan eficaz que un comité independiente le solicitó a los científicos que detuvieran rápidamente el ensayo de Fase III, ya que no era ético seguir dando placebo a la mitad de los participantes, cuando ninguna de las alrededor de 400 personas que recibieron la pastilla oral murieron y la droga no mostró tener ningún efecto secundario importante.
El fármaco es desarrollado en conjunto por las compañías Merck y Ridgerback, luego de que Emory les otorgara la licencia de la molécula y se constituyera una fuerte asociación entre ambas empresas. El 4 de noviembre último, Reino Unido se convirtió en el primer país en aprobar el molnupiravir. A su vez, se espera que en diciembre la Administración de Drogas y Alimentos de los EE. UU. (FDA, por sus siglas en inglés), obtenga una autorización para su uso de emergencia. Lo cierto es que los expertos coinciden en que los antivirales orales como es el caso del molnupiravir podrían transformar el tratamiento del COVID-19 y de la pandemia, desde muchos ángulos.
La enfermedad ya superó a nivel global los 257 millones de casos confirmados, las 5,1 millones de muertes y se registran alrededor de 7,3 miles de millones de dosis de vacunas aplicadas en todo el mundo, según datos del Johns Hopkins University COVID-19 Map.
El otro gran desarrollo esperanzador para derrotar esta pandemia son la nuevas pastillas contra COVID-19 de Pfizer. La farmacéutica Pfizer anunció a principios de mes que su píldora contra el COVID-19, el Paxlovid, usada en combinación con un medicamento contra el VIH ampliamente utilizado, reduce el riesgo de hospitalización o muerte en un 89% en adultos de alto riesgo que han estado expuestos al virus. La píldora debe tomarse dos veces al día durante cinco días y se usa en combinación con un segundo medicamento llamado ritonavir que ayuda al compuesto de Paxlovid a permanecer en el torrente sanguíneo por más tiempo.