Existen ciertas versiones populares acerca del surgimiento del diablo del carnaval humahuaqueño. Don Ambrosio, carnicero el hombre, todo el año dedicaba sus horas a trabajar en su carnicería. Era infaltable pues su negocio era sino el único en el poblado, pero eso sí: cuando llegaba el carnaval de seguro que se perdía desde el sábado hasta el miércoles de cenizas. Los pobladores sabían de esta debilidad del carnicero, así que hasta el viernes previo al desentierro compraban todo lo que podían y se aprovisionaban de todos los cortes y kilos de carne vacuna que traía del matadero para aguantar, (con la comida y el asado de fin de semana) en esos días de su ausencia.
La leyenda del Diablo de Humahuaca
Compartimos una leyenda a cerca del diablo de Humahuaca, la figura más característica del carnaval de la Quebrada.
Su mujer y sus hijos solían salir a buscarlo a la comparsa llevándole comida y ropa de abrigo para que pasara los días de jolgorio hasta su vuelta a casa.
Siendo el lunes de carnaval, Ambrosio tomó tanta chicha, vino y aloja que se emborrachó totalmente y se perdió vagabundeando por el callejón hacia la Peña Blanca: iba en busca de la comparsa que lo había dejado traspasando el Río Grande, camino a La Banda. La música que se sentía en el aire, traída a sus oídos por el fuerte aire del verano humahuaqueño lo llevaba instintivamente, caminaba y caminaba el hombre, pero nunca llegaba hasta el lugar en que se encontraban los comparseros. Cansado, se durmió en un lugar alejado del pueblo y su profundo sueño se interrumpió cuando sintió un ruido como de trueno y se vio envuelto en una llamarada que impregnaba el aire con un penetrante olor a azufre. Sorprendido y asustado se levantó de un salto y ahí nomás se topó con el diablo en persona, estaba en la Salamanca, una gran cueva en las entrañas del cerro en donde se enseña toda clase de mañas, destrezas y habilidades, además de maleficios.
En esa residencia, además de Lucifer, habían brujas como doncellas con hermosos cuerpos, semidesnudas, lujosamente vestidas, almas condenadas, hombres y mujeres que deseaban hacer algún contrato para vivir de manera pomposa y con mucha plata: todos en una gran fiesta. Ambrosio participó de ese momento lujurioso en donde abundaban la música, baile, cantos y gritos, se sirvió de deliciosos manjares, vinos de toda clase en copas de oro y gozó de todos los placeres.
Cuando hubo de divertirse desenfrenadamente y siendo cerca del amanecer, Ambrosio estaba decidido a retirarse del lugar y ahí nomás el diablo lo paró repentinamente en la puerta de la Salamanca y le dijo:
- Vos no te vas así nomás. Yo te elegí para que me representes en el carnaval del pueblo
- Y qué debo hacer? Preguntó, Ambrosio, entre asustado y sorprendido.
- Te digo: vas a llevar puesto mi disfraz y cumplir con mis exigencias y a cambio de eso te ofrezco todo lo que desees en tu vida terrenal.
- ¿Así? Decime que pretendes.
- Sos el mejor carnavalero del pueblo- le dijo el mandinga- y tu diversión es la mía: debes adornar lo más lindo posible este disfraz que me representa, para que la gente no te conozca fabricarás una máscara que te cubra la cara, harás una apacheta o mojón para venerarme, a partir de hoy y en cada carnaval con abundante bebida, coca, cigarros, sahumerios de toda clase tanto en el entierro como en el desentierro, me traerás las mejores frutas, verduras y comida para festejar en esta Salamanca hasta el miércoles de cenizas. Debes ser el más alegre de todos, bailar y saltar haciendo divertir a la gente, sin descansar y beber en forma abundante. Ese mismo día, al anochecer me entregarás el disfraz y cumplir con todo lo que te pido que hagas. Tendrás que seguir todo lo que te pido, al pié de la letra!
- Pero… ¿Quién preparará así el disfraz? No tengo otra habilidad que matar vacas, hacer cortes de carne y atender mi negocio.
- No te preocupes, ya mismo te concedo la habilidad y la imaginación para que adornes mi disfraz como te solicito. Pero no te olvides de todo lo otro que te exijo.
- Está bien mandinga –le dijo Ambrosio- pero a cambio de todo eso que me solicitas y propones, quiero que me concedas la mejor voz para cantar coplas en los carnavales, ser un valiente peleador y que mi carnicería siga siendo la mejor y la única del pueblo, con mucho progreso y dinero para que mi familia y yo vivamos en la opulencia.
- ¡Trato hecho! Bramó el diablo con mirada cautivante, socarrona y una sonrisa compradora. Luego siguió: - ahora firmamos el trato, con nuestras sangres y tu cuerpo y alma serán míos si no cumples con lo pactado.
- No te preocupes mandinga -aseveró el carnicero seguro de sí mismo- este trato voy a cumplirlo para que mi alma, a cambio de lo que te pedí, no te la lleves así nomás carajo!
Cerca de aparecer el sol, Ambrosio volvió a su casa para sorpresa de su familia. Y allí les dijo:
-No pregunten nada, estoy cansado pero hoy mismo tengo que adornar este disfraz que me han prestado y seguir carnavaleando.
Así, el carnicero se puso manos a la obra: adornó el disfraz de la mejor manera, con cascabeles, espejos, lentejuelas y flecos multicolores. Agregó a esa vestimenta una hombrera, una capa y un faldón con hermosos motivos bordados. Para que nadie lo reconociera se hizo una careta a la que pintó imitando la cara del mandinga, ahí nomás ensayó un grito y una voz aguda que lo ayudarían a no ser reconocido por los vecinos.
En la tardecita, cerca de la oración Ambrosio tuvo todo listo y haciendo prometer a su familia que no dirán nada a nadie, salió de su casa rumbo a la diversión. Llegó saltando y bailando a la comparsa, todos miraban sorprendidos a aquel disfrazado con la figura del diablo, causó miedo entre los niños y las mujeres, especialmente cuando profería esos “gritos raros” de alegría y danzaba locamente al compás de la música.
Finalmente los carnavaleros, enloquecidos por el diablo se plegaron a la algarabía que éste denostaba e iban por detrás de él por las calles del pueblo y a cuanta invitación casera se producía. Todo era cantar y bailar para Ambrosio, que guardaba celosamente su anonimato y así seguía carnavaleando. Llegó el miércoles de cenizas, Ambrosio ni se acordó que debía volver a la Salamanca, se hizo la noche y se emborrachó tanto que, saltando y bailando locamente finalmente se olvidó del pacto y perdiéndose en el desenfrenado jolgorio no volvió a aquel infernal lugar el miércoles de cenizas, tal como había acordado con satanás.
Al otro día, (ya jueves) siguió carnavaleando y en la noche se acordó que debía volver a encontrarse con el diablo, pero era ya tarde, el día indicado ya había pasado: no pudo llegar, se durmió a mitad del callejón muy cansado, agobiado de tanto bailar, gritar y tomar. El viernes se despertó, quiso sacarse el disfraz y no pudo. Se asustó el hombre y luego de varios intentos inútiles se resignó y se dijo así mismo:
- El mandinga no podrá conmigo, voy a seguir divirtiéndome y haciendo divertir a la gente hasta el domingo de tentación! Ahí recién le entregaré su disfraz hasta el próximo carnaval!
Ambrosio decidió desconocer el trato, a pesar que sabía (al igual que los paisanos del lugar) que con el diablo no se juega ni se embroma: desafió ese acuerdo sin medir las consecuencias.
Así, volvió al pueblo y siguió de fiesta, era admirable su fuerza para seguir bailando, saltando y gritando entre la gente que ya lo había elegido como el símbolo de la comparsa y del carnaval. Llegó el domingo, ya cansado, con el disfraz pegado a su cuerpo, empezó a flaquear y a caminar por las calles del pueblo emitiendo esos gritos agudos que ya no eran de alegría sino de tristeza y dolor, se despedía de la gente e iba casa por casa pidiendo comida, frutas y verduras para llevar a la apacheta (hoy también llamada “mojón”) y entregar todo al diablo de la Salamanca. En la noche, caminó hacia las afueras del pueblo, iba rumbo a los altos, sólo el fulgor de la luz de la luna guiaba sus pasos, había cumplido nueve días y nueve noches de carnavalear. Con las últimas fuerzas, cavó un pozo en donde depositó toda la comida que había recogido durante el día, lo regó de bebida (chicha, aloja, vino, alcohol), puso coca, cigarrillos, serpentinas y con gritos lastimeros despedía al carnaval. En las últimas, armó la apacheta con piedras y como pudo regresó cerca de la medianoche a su casa y se desplomó en la cama.
Desde allí, llamó a sus hijos y ya convaleciente les dijo: - Desde el año que viene, tienen que disfrazarse de diablos para el carnaval y todos los carnavales, no jueguen con el mandinga y respeten todo lo que sea necesario para mantener las promesas con la Salamanca y sus designios.
Finalmente, emitió un fuerte suspiro y un “grito de diablo” desgarrador. Así Ambrosio dejó este mundo.
Cuentan los vecinos- proseguía Rogelio- que con el cuerpo inerte, sus familiares pudieron recién sacarle el disfraz que se encontraba pegado al cuerpo, lleno de llagas y la cara totalmente lastimada y hasta desconocida para los hijos y para su esposa. Raudamente fueron a quemar y a enterrar aquel disfraz al mojón. Allí prometieron disfrazarse en los carnavales venideros para emular al diablo y mantener la alegría de la fiesta.
Así terminó la vida de aquel carnicero, y su disfraz de diablo: a partir de ese entonces, sus hijos y los vecinos empezaron a disfrazarse de diablos en todos los carnavales, rito costumbrista casi sagrado que se sigue hasta el día de hoy y proseguirá en los tiempos venideros. El diablo de Humahuaca fue y es el ícono del carnaval local y de toda la quebrada. Es el símbolo de la alegría y el desenfreno durante los nueve días y nueve noches (tiempo en que carnavaleó Ambrosio) que dura esta festividad”.
Su mitológica figura, que atrae a propios y extraños, ha sido y es aún hoy, motivo de leyendas, poesías, canciones folklóricas y de inspiración artística permanente….
Recopilación del Prof. Luis Vega
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