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Relación entre el Estado y la violencia

La reflexión sobre la relación intrínseca entre el Estado y la violencia ha sido objeto de profundo análisis a lo largo de la historia. Max Weber, en 1919, formuló una definición trascendental al acuñar la expresión "el monopolio de la violencia" para caracterizar al Estado. Según Weber, el Estado es una entidad que ha logrado con éxito monopolizar el uso legítimo de la violencia en un territorio específico, consolidando así su dominación.

Ampliando la explicación de Weber, se sostiene que el Estado es una asociación de dominación con carácter institucional que busca monopolizar la violencia legítima como medio de dominación. Este proceso implica la concentración de todos los medios materiales en manos de sus dirigentes, expropiando a quienes anteriormente disponían de ellos por derecho propio. La creación de jerarquías supremas reemplaza a los individuos en el ejercicio de la violencia legítima, estableciendo un orden institucionalizado.

Diversas perspectivas filosóficas alemanas también han abordado la naturaleza del Estado. George Hegel concebía al Estado como "la conciencia del pueblo", resaltando la relación entre la entidad estatal y la identidad colectiva de la sociedad. Karl Marx, desde una perspectiva crítica, reconocía que el Estado no es simplemente el reino de la razón, sino que está arraigado en la fuerza, sirviendo a los intereses de quienes detentan el poder en lugar del bienestar común.

En este contexto, la reflexión sobre el Estado y la violencia abarca múltiples dimensiones, desde la legitimidad del uso de la fuerza hasta la conexión intrínseca entre el ejercicio del poder estatal y los intereses particulares. Estas perspectivas filosóficas contribuyen a la comprensión de la complejidad de la relación entre el Estado y la violencia, un tema que sigue siendo relevante y objeto de debate en la actualidad.

Sin embargo, en la realidad contemporánea de Argentina, se observa una fractura en el contrato social que delega al Estado funciones fundamentales como la educación, la defensa y la provisión de infraestructura. Lejos de cumplir eficientemente con su rol, el Estado se ha convertido en una estructura macrocefálica afectada por la burocracia, el nepotismo, la corrupción y la incapacidad.

En la actualidad, el Estado educa de manera deficiente, no cumple adecuadamente con su función de defensa, y en lugar de facilitar la producción proporcionando infraestructura y herramientas, se ha transformado en una maquinaria que obstaculiza, frena, prohíbe y desalienta. El exceso de regulación genera efectos contrarios, como el incumplimiento, la anarquía y el desamparo, como lo evidencia la cifra de veinte millones de personas en situación de pobreza.

En esta dinámica, el periodista y escritor Nicolás Lucca destaca que el progresismo argentino ha convertido el Estado en un aparato que gestiona para proteger sus propios dogmas. Este enfoque, según Lucca, se asemeja a un principio planteado por Platón, donde la justicia se concibe como un pacto entre egoístas racionales. Sin embargo, Lucca señala que este orden dogmático, al volverse eclesiástico, se llena de contradicciones y solo puede sostenerse a través de la fe. Ante situaciones como la corrupción, la orden es encubrir y mirar para otro lado, perpetuando las contradicciones y desafíos del Estado.

En conclusión, la relación entre el Estado y la violencia, analizada desde diversas perspectivas filosóficas hasta la realidad contemporánea argentina, revela una complejidad que exige una reflexión continua. La necesidad de repensar y reformar el rol del Estado, así como su conexión con la violencia, se vuelve crucial para construir una sociedad más justa y eficiente.

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