Cuando un gobierno sostiene que busca preservar la autonomía del voto provincial frente a la influencia de la política nacional, la explicación puede formar parte de una estrategia legítima. Sin embargo, cuando esa decisión es interpretada por una parte importante de la sociedad como una maniobra destinada a reducir el impacto que podrían tener las figuras nacionales sobre el resultado local, la discusión deja de ser técnica y pasa a ser política. Allí aparece la sospecha de que las reglas no se modifican pensando en fortalecer la democracia, sino en maximizar las posibilidades electorales de quienes administran el poder.
Por orden de Morales gastarían unos 13 mil millones en sistema electoral
El anuncio de desdoblar las elecciones provinciales respecto de las nacionales reabre un debate que trasciende el calendario electoral y se instala en el terreno de la calidad institucional.
En ese contexto, también resulta inevitable preguntarse por el costo económico de un sistema electoral que continúa apoyándose en un mecanismo de boletas partidarias de papel, cuya impresión, distribución y fiscalización demandan recursos multimillonarios que terminan afrontando, directa o indirectamente, todos los ciudadanos.
Si efectivamente existen alternativas más modernas, transparentes y de menor costo, como la boleta única de papel, el debate debería producirse de cara a la sociedad y con argumentos sólidos.
Los defensores del sistema vigente, como Gerardo Morales, tienen la responsabilidad de explicar por qué consideran conveniente mantenerlo, mientras que quienes impulsan un cambio sostienen que las últimas elecciones demostraron las ventajas del sistema de boleta única.
Lo que hace el Gobierno de Jujuy no fortalece la confianza pública. Por el contrario, paralizó el proyecto sin ofrecer explicaciones convincentes, en el marco de una discusión que ya estaba abierta.
En una provincia donde existen permanentes reclamos por la falta de recursos para educación, salud, infraestructura y salarios, destinar millones de dólares a sostener un mecanismo electoral que muchos consideran arcaico, por decisión de una conducción política aferrada a ese modelo, inevitablemente genera cuestionamientos en las calles de Jujuy.
La percepción de que el dinero público no recibe el mismo cuidado con el que cualquier familia administra sus propios recursos profundiza el malestar social y alimenta aún más la distancia entre la dirigencia y los jujeños.
En definitiva, las democracias se fortalecen cuando las reglas electorales buscan facilitar la participación, garantizar la igualdad de condiciones, reducir costos innecesarios y generar confianza en los resultados. Por el contrario, cuando las decisiones sobre el sistema electoral aparecen asociadas a conveniencias políticas coyunturales, crece el escepticismo y se deteriora la credibilidad de las instituciones.
El verdadero desafío no consiste solamente en decidir cuándo se vota o con qué instrumento se vota, sino en convencer a la sociedad de que cada decisión responde al interés público y no a la necesidad de preservar posiciones de poder.
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