Juicio histórico: Pormenorizado relato de Rufino Lizárraga
Se realizó esta mañana una nueva audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad, que lleva adelante el Tribunal Oral Federal Nº 2 de nuestra ciudad.
Para la jornada 23 estaba prevista la declaración de ocho testigos, de los cuales, por diversos motivos sólo comparecieron dos.
A esta altura del juicio, prácticamente han declarado casi todos los testigos vinculados a causas específicas y es el turno de los llamados “testigos de contexto”, que son aquellos que pueden aportar datos vinculados a personas, lugares y situaciones que puedan ayudar al esclarecimiento de las causas.
Rufino Lizárraga, detenido en la Noche del Apagón, fue el primero en prestar declaración alrededor de las 10. Recordó que su dentición se produjo el 20 de julio de 1976, y que lo llevaron en una camioneta hasta la comisaría de Ledesma, desde donde luego fue trasladado a nuestra ciudad.
Ya en San Salvador, dijo que pasaron por el GAM 5 y que luego notó que iban por un camino de tierra, en subida, por espacio de unos diez minutos, hasta llegar a una casa abandonada. Allí fue alojado con otros detenidos en una salita, en la que permanecieron tirados en el suelo hasta que al segundo día les dieron una colchoneta. Allí permaneció desde el 21 de julio hasta el 4 de agosto de 1976.
En ese lugar, que resultó ser en Guerrero, escuchó las voces de algunos compañeros de la escuela secundaria que eran torturados, entre ellos Johny Vargas, Rubén Molina y Juan Jarma. En ese lugar dijo que también estuvo Hilda Herrera y que les daban de comer en la boca una vez al día.
En relación a las torturas, Rufino Lizárraga comentó que un guardia practicaba karate con los presos y que a veces, cuando estaban acostados en el suelo, caminaba sobre sus cabezas y les echaba encima el agua caliente que le sobraba de los mates. Durante su detención, una noche pudo escuchar unos disparos y una voz que decía “¿cómo vas a disparar a las monjas? Lo mismo hiciste en Orán. No podés disparar sin preguntar…”
Lizárraga reconoció que se encontraba en Guerrero, porque un día lo citó un policía de uniforme azul para prestar declaración. Le pidió que escribiera él en un papel porque “estaba cansado”, a lo que el detenido respondió: “Si quiere que escriba sáqueme la venda de los ojos y libéreme las manos” y así pudo ver por la ventana los cables de alta tensión provenientes de la usina de Reyes.
El 4 de agosto fue trasladado a la Central de Policía de nuestra ciudad, de donde fue llevado a la Penitenciaría de Gorriti y alojado en el pabellón Nº 4. Allí encontrón a Vicente “Nino” Cáceres, otro compañero de la secundaria.
Durante la primera semana dijo que estuvieron incomunicados y que luego los dejaban escribir y recibir correspondencia; todo era rigurosamente revisado. También podían mandar ropa sucia para que lavaran en sus casas, la que era devuelta a la semana siguiente. Pese a ello nunca recibieron visitas.
Entre los guardias de la cárcel, el testigo recordó especialmente a uno de apellido Narváez, a quien calificó como “muy amable, buen cristiano que los respetó”.
Una mañana, varios detenidos fueron trasladados en camión al aeropuerto desde donde los llevaron a La Plata. Lizárraga recordó que los varones fueron transportados en un avión Hércules y las mujeres en uno avión de la empresa LADE.
En este punto el relato del testigo fue coincidente con todos los anteriores, en el sentido de que durante el vuelo muchos fueron golpeados fuertemente. Según dijo, el actual intendente de San Pedro, Julio Moisés, llegó a La Plata “en muy mal estado”. Por esta razón lo ayudó a él y a otro compañero golpeado a subir al primer piso. Comos las celdas se ocupaban comenzando por el fondo, al ser el último en llegar le tocó la primera y le dieron la misión de servir la comida y de limpiar el lugar. De ese pabellón 4 fue trasladado en 1977 al 11 y luego al 12. Aseguró que en el primero de ellos estuvo detenido el Dr. Luis Aredez.
Lizárraga recibió la visita de su madre y su hermano menor en La Plata, gracias a las gestiones del padre Calvi, que consiguió los pasajes. El mismo sacerdote fue quien lo ayudó al salir de la prisión el 21 de junio de 1979.
Hasta su liberación definitiva debía presentarse en la comisaría una vez por semana; primero en Perico y luego en Libertador. En febrero de 1980 le levantaron la detención a disposición del PEN.
El testigo dijo que Jones Tamayo lo citó a los pocos días, para ofrecerle “las disculpas” de Albano Harguindegui, y le dijo que de ahí en adelante “eligiera mejor las amistades”.
El juicio se reinició luego del receso habitual de la primera semana de cada mes. Las demoras en la toma de testimonios, ya que muchos testigos no comparecen en la fecha oportuna, ha hecho que las audiencias se prorroguen más del tiempo previsto inicialmente y el juicio podría tener una resolución en enero o febrero del 2013.

