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Los mejores poemas para recordar a Charles Bukowski

Un día como hoy, de 1994, muere en la comunidad San Pedro de la ciudad de Los Ángeles (California, EEUU) el poeta y escritor alemán nacionalizado estadounidense Charles Bukowski, uno de los más influyentes de la generación beat y símbolo del "realismo sucio".

Su vida fue una montaña rusa de alcohol y poesía. Su «realismo sucio» sigue siendo fuente de inspiración para muchos autores tantos años después. A continuación reproduzco los mejores poemas de Charles Bukowski.

Soy un fracaso

le puse el seguro a la puerta del auto

y al levantar la mirada vi a este tipo

caminando hacia mí

se parecía a Peter mi viejo amigo

pero no era Peter

era un hombre demacrado

en jeans y camisa azul de trabajo

y me dijo:

“oye, mi esposa y yo

necesitamos algo para comer,

morimos de hambre”

Miré detrás de él

y ahí estaba

su mujer

que me miró con ojos a punto

de lágrima.

Le di un billete de cinco.

“¡Te amo, hombre!”, gritó,

“No me lo gastaré en bebida”.

“¿Por qué no?”, le contesté,

“Es lo que yo haría…”

Me alejé para entrar a un edificio

arreglé unos cuantos asuntos

salí

regresé al auto

como siempre

pensando

si hice lo correcto

o si fui víctima de un engaño.

mientras conducía

recordé mis años

de miseria

hambriento más allá de cualquier arreglo

nunca pedí a nadie

un centavo.

esa noche, después de unos tragos,

le expliqué a la mujer con la que vivía

lo mucho que daba dinero a vagabundos

pero que yo

en los tiempos más obscuros

de hambre en mi vida

me negué a pedir nada a nadie.

“lo que pasa es que ni para eso

servías”, dijo ella.

Confesión

Esperando a la muerte

como un gato

que saltará sobre la

cama.

Estoy apenado por

mi esposa.

Ella verá este

cuerpo

rígido

y blanco.

Lo sacudirá una vez, entonces

quizás de nuevo:

“Hank”

Hank no

contestará.

No es mi muerte lo que

me preocupa, es mi esposa

sola con esta

pila de nada.

Quiero que sepa

que todas las noches

durmiendo a su lado.

Incluso las discusiones

inútiles

fueron cosas

espléndidas.

Y las duras

palabras

que siempre tuve miedo de

decir

pueden ahora ser

dichas:

“Te amo”

Sí, Sí

cuando Dios creó el amor no ayudó mucho

cuando Dios creó a los perros no ayudó a los perros

cuando Dios creó las plantas no fue muy original

cuando Dios creó el odio tuvimos algo útil

cuando Dios me creó a mí, bueno, me creó a mí

cuando Dios creó al mono estaba dormido

cuando creó a la jirafa estaba borracho

cuando creó las drogas estaba drogado

y cuando creó el suicidio estaba deprimido

cuando te creó a ti durmiendo en la cama

sabia lo que hacia

estaba borracho y drogado

y creó las montañas y el mar y el fuego al mismo tiempo

cometió algunos errores

pero cuando te creó a ti durmiendo en la cama

se derramó sobre su Bendito Universo

¿Así que quieres ser escritor?

Si no te sale ardiendo de dentro,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón

y de tu mente y de tu boca

y de tus tripas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del computador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o fama,

no lo hagas.

Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas soso y aburrido y pretencioso,

no te consumas en tu amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pudiera llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

y si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

Lanzar los dados

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

De otra forma ni siquiera comiences.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

Esto puede significar perder novias,

esposas,

parientes,

trabajos y,

quizá tu cordura.

Ve hasta el final.

Esto puede significar no comer por 3 o 4 días.

Esto puede significar congelarse en la banca de un parque.

Esto puede significar la cárcel.

Esto puede significar burlas, escarnios, soledad…

La soledad es un regalo.

Los demás son una prueba de tu insistencia, o

de cuánto quieres realmente hacerlo.

Y lo harás,

a pesar del rechazo y de las desventajas,

y será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

No hay otro sentimiento como ese.

Estarás a solas con los dioses

y las noches se encenderán con fuego.

Hazlo, hazlo, hazlo.

Hazlo.

Hasta el final,

hasta el final.

Llevarás la vida directo a la perfecta carcajada.

Es la única buena lucha que hay.

Oh Sí

Hay cosas peores que

estar solo

pero a menudo toma décadas

darse cuenta de ello

y más a menudo

cuando esto ocurre

es demasiado tarde

y no hay nada peor

que

un demasiado tarde

El corazón que ríe

tu vida es tu vida

no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión

mantente alerta

hay salidas

hay una luz en algún lugar

puede que no sea mucha luz pero

vence a la oscuridad

mantente alerta

los dioses te ofrecerán oportunidades

conócelas

tómalas

no puedes vencer a la muerte pero

puedes vencer a la muerte en la vida, a veces

y mientras más a menudo aprendas a hacerlo

más luz habrá

tu vida es tu vida

conócela mientras la tengas

tú eres maravilloso

los dioses esperan para deleitarse

en tí.

El incendio de un sueño

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

ha sido destruida por las llamas.

Aquella biblioteca del centro.

Con ella se fue

gran parte de mi juventud.

Estaba sentado en uno de aquellos bancos

de piedra cuando mi amigo

Baldy me preguntó:

«¿vas a alistarte en

la brigada Lincoln?».

«Claro», contesté

yo.

Pero, al darme cuenta de que yo no era un idealista político

ni un intelectual

renegué de aquella

decisión más tarde.

Yo era un lector

entonces

que iba de una sala a

otra: literatura, filosofía,

religión, incluso medicina y geología.

Muy pronto

decidí ser escritor,

pensaba que sería la salida

más fácil

y los grandes novelistas no me parecían

demasiado difíciles.

Tenía más problemas con

Hegel y con Kant.

Lo que me fastidiaba

de todos ellos

es que

les llevara tanto

lograr decir algo

lúcido y/o interesante.

Yo creía

que en eso

los sobrepasaba a todos

entonces.

Descubrí dos cosas:

a) que la mayoría de los editores creía

que todo lo que era aburrido

era profundo.

b) que yo pasaría décadas enteras

viviendo y escribiendo

antes de poder

plasmar

una frase que

se aproximara un poco

a lo que quería

decir.

Entretanto

mientras otros iban a la caza de

damas,

yo iba a la caza de viejos

libros,

era un bibliófilo, aunque

desencantado,

y eso

y el mundo

configuraron mi carácter.

Vivía en una cabaña de contrachapado

detrás de una pensión de 3 dólares y medio

a la semana

sintiéndome un

Chatterton

metido dentro de una especie de

Thomas

Wolfe.

Mi principal problema eran

los sellos, los sobres, el papel

y el vino,

mientras el mundo estaba al borde

de la Segunda Guerra Mundial.

Todavía no me había

atrapado

lo femenino, era virgen

y escribía entre 3 y

5 relatos por semana

y todos

me los devolvían, rechazados por

el New Yorker, el Harper’s,

el Atlantic Monthly.

Había leído que

Ford Madox Ford solía empapelar

el cuarto de baño

con las notas que recibía rechazando sus obras

pero yo no tenía

cuarto de baño, así que las amontonaba

en un cajón

y cuando estaba tan lleno

que apenas podía

abrirlo

sacaba todas las notas de rechazo

y las tiraba

junto con los relatos.

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

seguía siendo

mi hogar

y el hogar de muchos otros

vagabundos.

Discretamente utilizábamos los

aseos

y a los únicos que

echaban de allí

era a los que

se quedaban dormidos en las

mesas

de la biblioteca; nadie ronca como un

vagabundo

a menos que sea alguien con quien estás

casado.

Bueno, yo no era realmente un

vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca

y sacaba y devolvía

libros,

montones de libros,

siempre hasta el límite de lo permitido:

Aldous Huxley, D. H. Lawrence,

E. E. Cummings, Conrad Aiken, Dos Passos, Turgénev, Gorki,

H. D., Nietzsche,

Schopenhauer,

Steinbeck,

Hemingway,

etc.

Siempre esperaba que la bibliotecaria

me dijera: «qué buen gusto tiene usted,

joven».

Pero la vieja

puta

ni siquiera sabía

quién era ella,

cómo iba a saber

quién era yo.

Pero aquellos estantes contenían

un enorme tesoro: me permitieron

descubrir

a los poetas chinos antiguos

como Tu Fu y Li Po

que son capaces de decir en un

verso más que la mayoría en

treinta o

incluso en cientos.

Sherwood Anderson debe de haberlos

leído

también.

También solía sacar y devolver

los Cantos

y Ezra me ayudó

a fortalecer los brazos si no

el cerebro.

Maravilloso lugar

la Biblioteca Pública de Los Ángeles

fue un hogar para alguien que había tenido un

hogar

infernal

arroyos demasiado anchos para saltarlos

lejos del mundanal ruido

contrapunto

el corazón es un cazador solitario

James Thurber

John Fante

Rabelais

de Maupassant

algunos no me

decían nada: Shakespeare, G. B. Shaw,

Tolstoi, Robert Frost, E Scott

Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba

más

que Sinclair Lewis

y consideraba a Gogol y a

Dreiser tontos

de remate

pero tales juicios provenían más

del modo en que un hombre

se ve obligado a vivir que de

su razón.

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

muy probablemente evitó

que me convirtiera en un

suicida,

un ladrón

de bancos,

un tipo

que pega a su mujer,

un carnicero o

un motorista de la policía

y, aunque reconozco que

puede que alguno sea estupendo,

gracias

a mi buena suerte

y al camino que tenía que recorrer,

aquella biblioteca estaba

allí cuando yo era

joven y buscaba

algo

a lo que aferrarme

y no parecía que hubiera mucho.

Y cuando abrí el

periódico

y leí la noticia sobre el incendio

que había destruido

la biblioteca y la mayor parte de

lo que en ella había

le dije a mi

mujer:

«yo solía pasar horas y horas

allí…».

El oficial prusiano

el atrevido muchacho de trapecio

tener y no tener

no puedes retornar a tu hogar.

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