Política | Patricia Bullrich |

Entre la inestabilidad económica y la desconfianza ciudadana

En la recta final de una campaña presidencial que ha dejado a la sociedad sumida en un agotamiento palpable, la inestabilidad económica añade una capa adicional de angustia y preocupación.

A pesar de este clima, la fatiga no necesariamente se traduce en un desinterés marcado por las elecciones que se avecinan.

Es evidente que los niveles de ausentismo y los votos negativos han experimentado un aumento en las PASO y en elecciones provinciales, reflejando un cierto hastío electoral. Sin embargo, la realidad es más compleja de lo que indican estas cifras. Los debates presidenciales, con casi ochenta puntos de audiencia solo en el AMBA, y la proliferación de la discusión política en las redes sociales contradicen la noción de un desinterés generalizado.

Curiosamente, o tal vez no tanto, en esta etapa final de la campaña han surgido diversos acontecimientos que han destapado situaciones opacas, algunas de las cuales podrían tener un impacto significativo en la toma de decisiones de los votantes. El uso del término "potencial" se debe a la falta del 100% de verificación de todos los hechos, con algunos demostrándose falsos o careciendo de sustento. En este contexto, se presenta un panorama electoral marcado por la incertidumbre y la necesidad de discernir la verdad en medio de la complejidad informativa.

La economía argentina, ese barco sin anclas, navega peligrosamente bajo el liderazgo de Sergio Massa, quien, más distraído por los cantos de sirenas electorales que por la estabilidad económica, parece dirigirlo directo hacia un iceberg. En la última semana, los bancos se abarrotaron de ahorristas ansiosos de resguardar sus fondos ante la incertidumbre. Los que tenían dólares los retiraban para esconderlos bajo sus colchones, mientras otros cambiaban pesos por dólares en el mercado informal a una tasa de 1000 pesos por cada dólar.

Este caos financiero y la desorientación reinante se agudizan a una semana de las elecciones presidenciales, generando una situación más compleja y volátil. Los encuestadores admiten su miopía, comparándola con las elecciones de hace veinte años. La incertidumbre económica se traduce en desconfianza ciudadana y conflictos políticos inusuales.

La situación llegó a su punto álgido cuando el dólar blue superó los 1000 pesos, generando pánico en el Ministerio de Economía, cuyo titular, Massa, optó por echarle la culpa a diversos actores, incluyendo al candidato libertario Javier Milei. Más allá de las acusaciones mutuas, la realidad económica es desoladora, con una inflación desbocada, que alcanzó el 12.7% en septiembre, y un dólar blue que se disparó un 240% en el último año.

La respuesta de Massa, entre fuegos artificiales en la City porteña y bravuconadas delirantes, no hace más que subrayar la gravedad de la crisis. Prometer "defender el ahorro de la gente" suena a broma en una semana donde se confirma un aumento del 12.7% en el costo de vida. La inflación acumulada durante su gestión se sitúa en el 138%, y el dólar blue ha experimentado un aumento del 240%. La génesis de esta crisis radica en los desaciertos de un gobierno que ha priorizado ambiciones electoralistas sobre la estabilidad económica, recurriendo a emisiones monetarias descomunales y populismo irresponsable.

Para entender la magnitud del problema, basta con observar la expansión monetaria desde las PASO hasta hoy, que ha sumado alrededor de $4.5 billones, evidenciando un festival de populismo electoral y emisión que amenaza con sumir a la economía argentina en una hiperinflación.

A pesar de la debacle económica y las críticas a la gestión de Sergio Massa, los sondeos de opinión revelan que el candidato oficialista podría tener mayores posibilidades de llegar a una segunda vuelta que Patricia Bullrich. Esta paradoja se explica, según Jorge Giacobbe, por la fidelidad de un segmento de votantes que, movidos por un sentimiento de pertenencia al universo panperonista, estarían dispuestos a respaldar a Massa como una forma de defender a Cristina Kirchner.

Lucas Romero, director de Synopsis, argumenta que el respaldo a Massa no se basa en un encanto particular, sino más bien en el temor a una victoria de la derecha. No obstante, proyecta que en una segunda vuelta, Massa enfrentaría dificultades para superar el 35% de los votos. Bullrich, por su parte, se enfrenta al reto de retener votos, especialmente aquellos que migraron hacia la candidatura de Javier Milei.

Las encuestas de Synopsis, realizadas antes del segundo debate presidencial, indican que Bullrich solo retenía el 65% de los votos de Horacio Rodríguez Larreta en las PASO y no conservaba el 14% de su propio caudal, que se inclinó mayoritariamente hacia Milei. La estrategia de Bullrich incluyó el anuncio de que Rodríguez Larreta sería su jefe de Gabinete en caso de ganar las elecciones, buscando capitalizar el respaldo del electorado del oficialismo.

La posibilidad de que Massa pierda votos en favor de Milei preocupa a Bullrich, quien no ha desarrollado una estrategia para seducir a los votantes del oficialismo. El desafío para Bullrich es captar esa porción del electorado, y la incorporación de Rodríguez Larreta busca fortalecer su posición. En este escenario, Milei se erige como un candidato competitivo, con el potencial de alcanzar el 40% si Massa se desinfla, aunque ninguna encuesta respalde esta posibilidad hasta ahora.

Sin embargo, las complicaciones que enfrentaría Milei en el gobierno, gobernando con una minoría en el Congreso, son una preocupación constante. La capacidad para construir una coalición parlamentaria y las posibles crisis derivadas de un gobierno en franca minoría son temas que Bullrich y sus voceros insisten en destacar. La incertidumbre sobre cómo Milei abordaría estos desafíos continúa siendo un tema de discusión entre los analistas políticos.

En Jujuy se vive un clima muy particular, el rechazo a Gerardo Morales y su gestión alcanza el 70 %, siendo la reforma constitucional un tema central en esta campaña.

En su brillante obra sobre Shakespeare, "El tirano", el ensayista norteamericano Stephen Greenblatt arroja luz sobre la representación del caos que acontece cuando los tiranos, por lo general carentes de competencia administrativa y visión constructiva del cambio, alcanzan el poder. Greenblatt argumenta que incluso sociedades aparentemente saludables y estables carecen de los recursos necesarios para prevenir el daño infligido por individuos despiadados y sin escrúpulos. Además, estas sociedades no están preparadas para enfrentar a líderes legítimos que comienzan a mostrar signos de comportamiento desequilibrado e irracional.

Los grandes dramas de Shakespeare, que ilustran la lucha por el poder, nos presentan la idea de cómo los gobiernos racionales pueden ser sometidos por fuerzas irracionales, en circunstancias que se repiten a lo largo del tiempo. Siglos después, las elecciones democráticas no han logrado siempre prevenir el ascenso de líderes que desafían la lógica y amenazan los fundamentos de la sociedad. La historia nos enseña que la democracia, aunque un sistema valioso, no es inmune a los desafíos representados por aquellos que, una vez en el poder, muestran poco respeto por la estabilidad y la razón.

Cuarenta años después de su restitución, la democracia argentina enfrenta un desafío crucial: una rebelión sorda que, en sus características, podría ser más profunda que la vivida en 2001. La población está agotada de sufrir gobiernos que alguna vez representaron la autoridad y que ahora se perciben como un poder opresivo e insoportable. Este método de administración, calificado como ineficaz por dos tercios de la sociedad, aún mantiene una leve esperanza en el sistema, especialmente entre aquellos mayores de cincuenta años que recuerdan tiempos más prósperos.

En una dinámica inédita, muchos jóvenes están desconectándose de la realidad política: algunos, los que pueden, emigrando del país; otros, los más desfavorecidos, abandonando una democracia que los ha marginado y empobrecido. Además, al menos cuatro de cada diez jóvenes apuestan ciegamente a una utopía ilusoria de libertad.

Esta frustración, crucialmente, no es meramente económica. Se enraíza en una profunda sensación de humillación, alimentada por el menosprecio de las élites hacia la población.

La desconfianza y el desencanto se han convertido en fuerzas motrices, planteando desafíos existenciales para la democracia argentina que van más allá de lo económico y requieren una reflexión profunda sobre la relación entre gobernantes y gobernados.

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