Estamos hablando de jóvenes que se quitan la vida, de chicos que no encuentran en su horizonte más que oscuridad, porque la política, en su versión más cínica, ha optado por la invisibilización como estrategia de supervivencia. La construcción de la “nada” no es un concepto abstracto: es el vacío de futuro que siente un pibe en un barrio de nuestra provincia cuando ve que quienes deben marcar el rumbo están más preocupados por sostener sus estructuras que por salvar vidas. Esta fractura social es el síntoma de una dirigencia que ha perdido la brújula de las prioridades, confundiendo el ejercicio del poder con el mantenimiento del statu quo.
El gobierno ignora a jóvenes y familias hasta que sucede lo irreparable
Lo que estamos presenciando hoy no es una racha de mala suerte ni un fenómeno aislado; es la materialización del fracaso más rotundo de una dirigencia política que, por décadas, ha decidido mirar hacia otro lado mientras el tejido más sensible de nuestra sociedad se desgarra.
Es inaudito que sigan aplicando recetas de hace 40 años para problemas que hoy nos estallan en la cara con una ferocidad nueva. La salud mental no puede ser un renglón perdido en un presupuesto o un discurso de ocasión; debe ser la columna vertebral de cualquier gestión que se pretenda humana. Sin embargo, vemos una gestión provincial paralizada por la impotencia, que intenta sacudirse las responsabilidades con el manual de la vieja política, apelando al “ah, pero Nación” o “ah, pero Milei”, mientras la tragedia golpea la puerta de las familias jujeñas.
Gobernar no es firmar decretos desde un despacho con aire acondicionado; gobernar es bajar al territorio, embarrarse los pies en los barrios donde la esperanza es un lujo que pocos se pueden permitir. Hace semanas escuchamos al gobernador Sadir pedir a sus ministros que trabajen junto a la gente, pero la realidad es que a esos funcionarios no los ve nadie. Ese ausentismo es la confirmación de una política que le sale carísima al contribuyente y no devuelve más que silencio y abandono. Las familias están desgranadas, desamparadas ante un sistema que las ignora hasta que sucede lo irreparable. Para remediar esta tragedia no queda otra que el control territorial directo, el cuerpo a cuerpo con la realidad, y no levantar campamento hasta que el Estado vuelva a ser un lugar de contención y no una oficina de trámites burocráticos que llega siempre tarde.
Si no hay un cambio de prioridades urgente, lo que estamos haciendo es financiar nuestro propio naufragio social.
Lo que realmente hiela la sangre es esa desconexión absoluta entre la urgencia de la vida y el frío metal de la estadística económica. No se puede tapar el sol con un dedo, ni mucho menos pretender que las regalías mineras miserables van a sanar el tejido emocional de una juventud que se siente descartable. Es alarmante, y hasta cruel, que desde la cúpula del poder se pretenda vender el espejismo del litio como la gran panacea para todos nuestros males, cuando la crisis que atravesamos no es de minerales, sino de sentido.
Mientras el gobernador y sus ministros se encandilan con el brillo de las inversiones extractivas, en los barrios lo que brilla es la ausencia de un Estado que escuche. Creen que el crecimiento macroeconómico se traduce automáticamente en bienestar psíquico, ignorando que una billetera pública llena no sirve de nada si el alma de la comunidad está vacía y desamparada. Los legisladores, por su parte, parecen vivir en una burbuja de inmunidad e indiferencia, sesionando sobre cuestiones de forma mientras el fondo de la realidad jujeña se desmorona en cada hogar que pierde a un hijo.
Esta es la trampa del tecnicismo: pensar que el progreso se mide en toneladas de exportación y no en la capacidad de nuestros jóvenes para proyectar un mañana. Es una bofetada a la tragedia pretender que el “oro blanco” va a frenar una ola de suicidios que nace de la falta de horizontes, de la soledad y del abandono territorial. La política jujeña padece de una miopía selectiva: ven los recursos naturales, pero son incapaces de ver el capital humano que se les escapa entre los dedos.
Están gestionando un yacimiento, no una provincia, y esa confusión de roles es la que hoy nos deja este saldo de oscuridad y silencio. No hay mineral en la tierra que pueda compensar la inacción de un funcionario que se niega a pisar el barro para entender por qué sus jóvenes ya no quieren soñar.
Si la prioridad sigue siendo el mercado y no la salud mental, el fracaso no solo será político: será un estigma histórico que esta dirigencia llevará marcado a fuego por haber canjeado la esperanza de su gente por la fría rentabilidad de un recurso natural.

