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Imprescindibles de Gabriela Mistral

Mujer amante de sus sueños, maestra rural. Construyó una trinchera de poesías y prosas, una nueva palabra, que impregnó de amor y resistencia a nuestro continente y al mundo entero.

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Gabriela Mistral (1889-1957)

El 7 de abril de 1889 nació Gabriela Mistral, en Vicuña, entre “treinta cerros” como ella decía. Era hija del profesor Juan Jerónimo Godoy Villanueva y de Petronila Alcayaga Rojas, matrimonio que rompió poco después del nacimiento de Lucila, tras abandonar su padre el hogar familiar.

Cuando nació Lucila, Petronila tenía una hija de catorce años llamada Emelina, quien compartió crecimiento y estudios con su hermanastra.

Lucila ocupó el puesto de maestra rural entre los años 1904 y 1922.

Publicó sus primeros textos en 1904, colaborando en la revista El Coquimbo de La Serena, en donde firmó con los seudónimos de Alguien, Soledad y Alma.

Más tarde adoptó el seudónimo de Gabriela Mistral en homenaje al italiano Gabriele D’Annunzio y el escritor francés Frederic Mistral, una de sus principales influencias junto a la Biblia, libro que devoró desde su niñez.

En el año 1906 se enamoró de Romelio Ureta, un trabajador de ferrocarriles que se suicidó en 1909. Este hecho marcó la vida sentimental de la autora chilena, quien jamás contrajo matrimonio.

El libro “Sonetos De La Muerte” (1914) sacó del anonimato a Gabriela al conseguir el primer premio en los Juegos Florales de Santiago de Chile. Posteriormente, “Desolación” (1922), volumen que contenía los sonetos galardonados, le convirtió en la escritora en lengua hispana más importante del momento.

En el año 1938 apoyó a Pedro Aguirre Cerda, líder del Partido Radical y candidato del Frente Popular, en la consecución de la presidencia de su país. Trabajó en diversos puestos diplomáticos a partir de 1925, siendo cónsul en varios países hispanoamericanos y europeos, entre ellos España, Portugal, Brasil, Italia y Francia.

Viajó habitualmente junto a su sobrino, al que adoptó como hijo, Juan Miguel Godoy, llamado Yin Yin por la escritora. La desgracia se cebó con Gabriela en 1943, cuando Yin Yin falleció al suicidarse con arsénico cuando se encontraban en Brasil.

Dos años después recibió el Premio Nobel de Literatura, siendo la primera mujer latinoamericana en recibir este reconocimiento.

Gabriela falleció a causa de un cáncer de páncreas en Nueva York el 10 de enero de 1957. Tenía 67 años de edad. Está enterrada en el cementerio de Monte Grande, en México.



LA TIERRA Y LA MUJER

Mientras tiene luz el mundo

y despierto está mi niño,

por encima de su cara,

todo es un hacerse guiños.

Guiños le hace la alameda

con sus dedos amarillos,

y tras de ella vienen nubes

en piruetas de cabritos...

La cigarra, al mediodía,

con el frote le hace guiño,

y la maña de la brisa

guiña con su pañalito.

Al venir la noche hace

guiño socarrón el grillo,

y en saliendo las estrellas,

me le harán sus santos guiños...

Yo le digo a la otra Madre,

a la llena de caminos:

"¡Haz que duerma tu pequeño

para que se duerma el mío!".

Y la muy consentidora,

la rayada de caminos,

me contesta: «¡Duerme al tuyo

para que se duerma el mío!».


ESTE LARGO CANSANCIO

Este largo cansancio se hará mayor un día

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía

por donde van los hombres, contentos de vivir...

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente...

¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el por qué, no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura:

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir...



MIEDO

Yo no quiero que a mi niña

golondrina me la vuelvan;

se hunde volando en el Cielo

y no baja hasta mi estera;

en el alero hace el nido

y mis manos no la peinan.

Yo no quiero que a mi niña

golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña

la vayan a hacer princesa.

Con zapatitos de oro

¿cómo juega en las praderas?

Y cuando llegue la noche

a mi lado no se acuesta…

Yo no quiero que a mi niña

la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día

me la vayan a hacer reina.

La subirían al trono

a donde mis pies no llegan.

Cuando viniese la noche

yo no podría mecerla…

¡Yo no quiero que a mi niña

me la vayan a hacer reina!


VERGÜENZA

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa

como la hierba a que bajó el rocío,

y desconocerán mi faz gloriosa

las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste,

de mi voz rota y mis rodillas rudas;

ahora que me miraste y que viniste,

me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste

más desnuda de luz en la alborada

que esta mujer a la que levantaste,

porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan

mi dicha los que pasan por el llano,

en el fulgor que da a mi frente tosca

en la tremolación que hay en mi mano…

Es noche y baja a la hierba el rocío;

mírame largo y habla con ternura,

¡que ya mañana al descender al río

lo que besaste llevará hermosura!




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