Travesía Cultural | letras

Los Barrios: Los Naranjos, undécima parte

 

 

AMORES PROHIBIDOS

 

Decíamos al comenzar las publicaciones de Amores Prohibidos: “En cada barrio late también el amor, historias de amores permitidos o prohibidos, con la magia de anhelos juveniles. Esos que quedan grabados para siempre. No importa que se concreten o no, la magia pervive no sólo en los enamorados sino en todos los que participan de este  sentimiento.”

Y, al concluir, agregamos: Dejemos que estos recuerdos nos hagan sonreír y, esperanzados, sigamos recogiendo el aroma a azahares que hacen a la identidad, en este caso, del Barrio los Naranjos donde transitamos nuestra niñez y adolescencia.

 

“La novia del viento” - Oskar Kokoschka.

 

EL ZAGUÁN, TESTIGO DEL TIEMPO

 

Cada vez que paso por la casa me sonrojo. El zaguán tiene la atracción del amor. Su sombra larga y misteriosa me perturba con susurros que golpean con fuerza mi corazón, mi corazón de trece años que comienza a soñar con el amor.

La pareja casi siempre está recostada en una de las paredes del zaguán. Desprejuiciados, viven en su propio mundo joven y apasionado, protegidos por el zaguán cómplice. Casi siempre se están besando y casi siempre sorprendo las caricias audaces que me producen vergüenza y escozor, mezcla de curiosidad y provocación, porque aunque están en la penumbra y el sol de la siesta relumbra, no alcanza a enceguecer. El pudor se ha desvanecido en la sombra del zaguán plena de aroma a azahares.

Con cualquier pretexto salgo a caminar en pleno rayo de sol, y cuando me aproximo a la puerta del zaguán, ceremoniosamente cuento mi pasos, alzo piedritas del suelo, aguzo mis oídos para escuchar sólo murmullos sofocados que encienden mis sensaciones nuevas, estremecidas. Quisiera mirar más que el breve tiempo de dos suspiros.

El ritual se termina a las cinco en punto de la tarde. Desde mi hogar veo regresar todos los días a esa hora a la dueña de casa. Entonces, la luz del zaguán se prende, el aire recupera su naturalidad. La seducción desaparece.

Hasta que un día, en el momento en que inicio mi paseo para compartir la seducción del zaguán, alcanzo a ver llegar más temprano a la madre. Quiero correr, advertir a los enamorados con un ruido, con un murmullo, con un grito; pero sólo mi corazón galopa anhelante, mis piernas, inmovilizadas y mi voz, sin vida. Cuando reacciono, desde la cercanía, alcanzo a oír gritos, bofetadas y enojos. Percibo el temblor despavorido del zaguán iluminado que, acongojado, ha perdido su intimidad. 

Ha pasado el tiempo, sin embargo, cada vez que paso por la casa aún me llega el aroma a azahares y un desasosiego extraño me invade. El zaguán está solitario. Ya no vibra con el misterio del amor, pero su sombra cómplice me sigue perturbando, encendiendo la piel y el corazón.

 

 

 

 

Susana Quiroga 

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