Monseñor Fernández: "La Patria necesita de todos nosotros"
El Administrador Apostólico de Jujuy, Monseñor César Daniel Fernández presidió esta mañana el Tedeum en el acto de la Iglesia Catedral. Esta fue su homilía.
Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron, sin olvidar la presencia y el aporte de los hombres de Iglesia en aquellos momentos fundamentales.
Hoy también la Casa de Dios nos congrega para cumplir este acto de piedad filial hacia Dios y hacia nuestra Patria, a la vez que le pedimos al Señor que nos ayude a hacernos cargos de este don recibido, que es nuestra Patria y que se nos ha confiando a nuestra libertad y responsabilidad como un regalo que debemos cuidar y perfeccionar.
Cuidar la patria que se nos ha confiado significa asumirla con toda la riqueza de su historia; con sus luces y sus sombras. Con sus aciertos, esos que nos hicieron grandes y valiosos a los ojos de mundo, y también con nuestros desaciertos y retrocesos que algunas veces nos sumieron en desencuentros entre nosotros y en el concierto de las naciones.
En este camino se han engrandecido muchas vidas, pero también se han perdido muchas vidas, fruto del odio, la intolerancia, el egoísmo o la exclusión. En esta querida Patria han vivido muchas generaciones de argentinos de los cuales nosotros hemos recibido como herencia no sólo la tierra que pisamos, sino los valores y la cultura. Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aún antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública.
Esos valores se unieron después a la sabiduría de los pueblos originarios y luego se enriquecieron con el aporte de las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Nos toca a todos los que estamos hoy respetar y honrar esos orígenes. No para quedarnos anclados en un pasado inmóvil, sino para valorar el presente y construir el futuro. Nos se puede mirar sabiamente hacia delante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de nuestra propia historia.
Porque en nuestra cultura prevalecen valores como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer. El espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la Justicia la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana.
Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de nación que haga posible el tan deseado y anhelado por todos, justo y solidario desarrollo de nuestra querida Argentina. Muchos signos nos hacen pensar que estamos asistiendo al nacimiento o a la recreación de un país nuevo, aunque todavía no tenga su forma definitiva.
En estos últimos once años por lo menos, hemos vivido aprendizajes cívicos importantes. De manera institucional logramos salir en el 2001 de una de las crisis más complejas de nuestra historia. Elegimos en ese entonces la no violencia y se establecieron programas específicos para el cuidado de los más débiles. La experiencia histórica nos ha demostrado que por el camino de la controversia se profundizan los conflictos y se perjudica a los más pobres y los excluidos. A partir de estas crisis vividas, parece que ya nadie cuestionara seriamente, que es necesario un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente.
Crecimos en la promoción de los derechos humanos, aunque todavía tenemos que comprender y valorar su concepción integral, que abarque a todas las personas desde su concepción hasta la muerte natural.
También maduramos en la aceptación y valoración de un sano pluralismo que nos enriquece como sociedad y queremos desterrar cualquier tipo de intolerancia. Por otro lado hemos tomado conciencia de que no hay democracia estable sin una sana economía y una justa distribución de los bienes, aunque todavía tengamos mucho que trabajar para hacer esto realidad. Para que no quede sólo en una consigna o un buen deseo, sino en algo que es vida y verdad.
Además reconocemos la importancia estratégica de la educación, de la producción, del desarrollo local, la urgencia de generar trabajo y la urgencia de recuperar la auténtica cultura de la laboriosidad.
Queridos hermanos, todos nosotros tantas veces hemos vibrado en nuestros corazones al escuchar la palabra Patria. Hemos derramado más de una vez una lágrima de emoción al escuchar nuestro himno nacional, y hemos gritado Argentina Argentina, cuando con orgullo exhibimos nuestra nacionalidad.
La madurez de un pueblo que ya tiene doscientos años de vida independiente, nos tiene que llevar a pasar de este sano pero meramente emotivo sentimiento de argentinidad, al compromiso adulto de hacer grande, hermosa, noble y justa, esta patria que todos nosotros decimos amar.
En estos doscientos años muchos argentinos han dejado su propia vida para gestar el bien común y los ideales que llevaban en sus pechos. Fueron hombres y mujeres públicos, pero también fueron luchadores sociales, educadores, profesionales y obreros. Simples campesinos, honestos ciudadanos y tantos otros.
Simples argentinos que creían que valía la pena trabajar por el bien común. Aquellos no querían salvaguardar y satisfacer solamente el yo, sino construir un nosotros que se llamaba y se llama pueblo argentino
La Patria necesita hoy de todos nosotros este regalo de imitar a todos ellos. A lo mejor de nuestros hombres y mujeres que nos han precedido e la historia.
Saquemos cada uno de nosotros a la luz lo mejor que tenemos para que podamos vivir en esta ansiada patria libre y justa.
Las generaciones que vienen aplicarán sobre nosotros el juicio inexorable que siempre hace la historia. Dios quiera que los hijos de sus hijos sientan el orgullo de vivir en la patria que los que vivimos hoy les supimos conseguir.
Los que estamos aquí presentes y que tenemos fe, pidamos a Dios que los argentinos podamos hacer todos juntos, de esta bendita tierra, una gran nación, justa, libre, solidaria, abierta al continente e integrada al mundo.
Nos ponemos bajo el manto de María, nuestra querida Madre del Rosario de Río Blanco y Paypaya, para que ofrezca esta sentida súplica a su Hijo, el Santísimo Salvador, El que es el camino, la verdad y la vida.
Que Dios los bendiga a todos.

