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Cuando otras provincias reparten, Jujuy especula

En Jujuy, estamos presenciando la "teoría de los dos espejos": por un lado, Santiago del Estero, una provincia que sin el brillo del litio ni la vidriera internacional de la quebrada, anuncia un posible aumento significativo en menos cuotas y bonos que llegan al bolsillo de la gente gracias a una administración que, guste o no, ha hecho del equilibrio fiscal una política de estado de larga data.

Y del otro lado, nosotros, Jujuy, la provincia del "cambio de matriz productiva" que, ante una situación financiera supuestamente similar, responde con un 10% escalonado que no es más que una burla a la canasta básica y un empujón directo al conflicto social que hoy pone en jaque, una vez más, el inicio del ciclo lectivo.

Aquí es donde entra la sospecha legítima y el silencio ensordecedor de las planillas oficiales, porque si Jujuy lidera exportaciones mineras y tiene récords de turismo, la pregunta que nos quema es ¿dónde está la plata? la falta de rendición de cuentas invita a pensar en los escenarios más oscuros de la administración pública. Se habla en los pasillos de un gobierno que prefiere jugar a la timba financiera, manteniendo los fondos en la plaza generando intereses suntuosos que se quedan atrapados en el circuito del poder y jamás derraman en el salario del docente o del enfermero.

Estamos ante una gestión que parece haber priorizado el pago de aquella deuda externa irresponsable contraída en dólares, una mochila pesadísima que hoy asfixia el consumo interno para cumplir con acreedores externos mientras el hambre golpea las puertas de las familias estatales.

Es una contradicción técnica y moral insoportable: no se puede pretender ser una provincia de vanguardia extractiva y manejar criterios de administración que parecen diseñados para el vaciamiento del sector público. El contraste con otras provincias es obsceno porque nos demuestra que, cuando hay voluntad política y los números no se esconden bajo la alfombra para alimentar bolsillos oscuros o pagar platos rotos de gestiones anteriores, el recurso alcanza.

En Jujuy, el "éxito" del que hablan los funcionarios es un éxito de maqueta, una cáscara vacía que brilla en las publicidades oficiales pero que se desmorona en la mesa de cada trabajador que hoy ve cómo su salario es devorado por una inflación que la provincia, con las arcas supuestamente llenas, se niega a compensar. La opacidad en el manejo de las regalías y las utilidades de las empresas estatales no es un error de comunicación, es una decisión política para ocultar el destino de fondos que, en lugar de fortalecer la paz social, se pierden en el laberinto de las finanzas especulativas mientras el pueblo sigue sumido en la precariedad de siempre.

Un fenómeno que está asfixiando a la provincia y que los manuales de economía llaman equilibrio fiscal, pero que en las calles de Jujuy se siente como un certificado de defunción para el consumo. Estamos ante un error de diagnóstico y de gestión que ya lleva una década: el congelamiento y el "pisado" sistemático de los salarios de cien mil empleados públicos.

Lo que los funcionarios venden como una medalla de austeridad es, en realidad, el motor de la estanflación local sin precedentes. Es matemática pura, pero aplicada con una crueldad que ignora la realidad sociológica de nuestra provincia.

En Jujuy, el sector público no es solo una planilla de gastos; es el corazón que bombea sangre a la economía real, al almacén del barrio, a la tienda de ropa, al corralón y al profesional independiente. Al mantener esos sueldos por debajo de la línea de flotación, lo que el gobierno ha logrado es un cortocircuito en cadena: el empleado no consume, el comerciante no vende, y la economía se retrae mientras los precios, empujados por la macroeconomía nacional, no dejan de subir.

Este supuesto equilibrio fiscal es una falacia de prosperidad, porque no se puede hablar de finanzas sanas en una provincia con familias desnutridas financieramente. Es una gestión que mira el Excel y celebra el superávit mientras condena a la precariedad a toda la estructura productiva, porque al matar el poder adquisitivo del estatal, se mata también la actividad privada que depende de ese flujo.

Se jactan de no tener déficit, pero el déficit es social y es humano lo que no nos dicen es que ese dinero que se le resta al salario termina siendo un subsidio invisible para la timba financiera o para sostener una estructura de poder que no rinde cuentas, mientras la economía interna se marchita. Es un círculo vicioso donde la retracción del consumo profundiza la crisis, generando una Jujuy de dos velocidades: una élite que gestiona recursos naturales y financieros con total opacidad, y una masa de trabajadores que, a pesar de vivir en una provincia rica en litio y energía, está atrapada en una economía de subsistencia.

Mantener salarios de miseria durante diez años no es administración, es un ajuste perpetuo que ha convertido a Jujuy en un laboratorio de estancamiento donde el éxito de las cuentas públicas se construye sobre el fracaso del bienestar de su propia gente.

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