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El poder concentrado les quita capacidad de maniobra a los ministros

El poder concentrado en Jujuy es el origen de todos los males los ministerios están condicionados por las decisiones presupuestarias y políticas concentradas en la casa de gobierno.

De modo que bajo esta metodología se explica el estancamiento crónico en la provincia por la falta de acción en los territorios que están llenos de problemas entre ellos el delito y el consumo problemático además de la falta de servicios esenciales.

Es imposible administrar desde la obra social de la provincia hasta pagar un sueldo cuando la recaudación va a la cuenta única diabólica creada por el estadista Gerardo Morales y es imposible lograr autonomía de los municipios cuando no tienen ley de coparticipación provincial. Esto obedece a la obsesión de un señor que lo quiere controlar todo aun fuera del poder después de dos mandatos cumplidos.

Así no funciona una democracia tampoco con concejales que en vez de reportarse a los vecinos le atiendan el teléfono a un intendente que ya no puede ofrecer más nada a esta ciudad de san salvador de Jujuy y el parlamento convertido en una escribanía de gobierno en vez de ser la caja de resonancia del pueblo solo responde a directivas de casa de gobierno. ¿Qué clase de democracia es esta? Montesquieu no hablaba de esto en sus documentos históricos sobre democracia esta desnaturalización es inédita y permitida por un electorado que no sale de su hipnosis colectiva.

De modo que lo que estamos viviendo en Jujuy es la expresión máxima de una democracia desnaturalizada donde, como bien señalan muchos vecinos, el poder se ha transformado en un embudo asfixiante. Montesquieu, aquel padre de la división de poderes, planteaba que para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder.

Sin embargo, en nuestra provincia asistimos a un fenómeno inverso donde la legislatura ha renunciado a su rol de caja de resonancia del pueblo para convertirse en una triste escribanía que solo estampa la firma a los deseos de la casa de gobierno. Esta metodología de concentración absoluta explica por qué estamos estancados: cuando un solo señor pretende controlarlo todo, incluso después de haber cumplido sus mandatos, lo que se rompe es el nervio vital de las instituciones.

No hay ministerio que tenga vuelo propio ni hospital que pueda gestionar una gasa sin pedir permiso, porque la famosa cuenta única no es otra cosa que un torniquete financiero que anula cualquier autonomía. Es una estructura diabólica donde la recaudación se centraliza y se distribuye por goteo político, dejando a los municipios como rehenes de una coparticipación que nunca llega por ley porque la discrecionalidad es la mejor herramienta de sometimiento.

Mientras tanto, en los territorios, allí donde la gente camina el barro, el estado es una ausencia que duele; el delito y el consumo problemático avanzan porque no hay respuestas locales posibles cuando los concejales, en lugar de mirar a los ojos al vecino que los votó, viven pendientes de atenderle el teléfono al intendente o al jefe de turno.

Esto que vemos no es la democracia que soñaron los constitucionalistas, es un régimen de control total que confunde el liderazgo con la propiedad privada de la cosa pública. Administrar desde la obra social provincial hasta el sueldo de un trabajador bajo este esquema de asfixia presupuestaria es, sencillamente, imposible.

La pregunta que nos queda flotando en el aire es cuánto más puede aguantar una sociedad civil este modelo de centralismo unitario provincial antes de que el estancamiento sea irreversible.

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