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Aceptar la realidad y forjar un futuro renovado

Aceptar la realidad es un acto que abarca más de una dimensión. En primer lugar, implica enfrentar la verdad, ver las cosas tal como son, sin engañarse.

La aceptación requiere un ejercicio del intelecto para comprender la realidad en su complejidad. Sin embargo, también puede conllevar resignarse ante la situación actual, un acto que va más allá del intelecto y se vincula con la voluntad y el deseo.

En el contexto social, la resignación ante la realidad puede ser peligrosa, especialmente cuando impide imaginar un futuro diferente. El peso del presente no debe convertirse en una barrera que limite nuestra capacidad de concebir una nueva clase política con un espíritu renovado y una forma de gobernar distinta.

En Argentina, del hartazgo y del compromiso surgirá una nueva clase política. Serán individuos que ingresen a la arena política impulsados por el cansancio de presenciar al país oscilar de un extremo a otro, como el vaivén de un péndulo. Estarán hartos de prontuarios que se esgrimen como argumentos, de descalificaciones y crisis recurrentes. Se sumarán a la política motivados por el deseo de superar las limitaciones del presente y construir un país a la altura de su potencial.

Esta nueva clase política no se conformará con la repetición de rostros conocidos y los "sospechosos de siempre" que se reciclan sin importar el gobierno de turno. Su impulso será la transformación, la construcción de un país que no solo aspire a cumplir su potencial, sino que lo alcance de manera efectiva.

En este proceso, la sociedad desempeñará un papel fundamental. La ciudadanía, cansada de la monotonía y desilusionada por la falta de avances significativos, buscará líderes comprometidos y visionarios. La diversidad de perspectivas y la participación activa serán elementos clave en la conformación de esta nueva clase política.

En última instancia, la aceptación de la realidad no debería traducirse en resignación, sino en un llamado a la acción. Imaginar y construir un futuro político renovado requiere no solo comprender el presente, sino también comprometerse con la creación de una realidad mejor. La esperanza y la acción colectiva son las fuerzas que pueden convertir la aceptación de la realidad en un trampolín hacia un futuro más prometedor.

La emergencia de una nueva clase dirigente en Argentina no solo será el resultado de la juventud vibrante que reclama su lugar en la escena política, sino también de la perseverancia de aquellos políticos de la vieja estirpe que, con genuina vocación de servicio, siguen deseando trabajar por el bienestar del país. Este cambio generacional no responde simplemente a la edad, sino a una transformación demográfica palpable: cada argentino en condiciones de votar nacido a partir de 1965 ha vivido siempre en democracia, y para 2015, alrededor del 50% del electorado tendrá 40 años o menos.

La nueva clase dirigente no se limitará a la juventud ni a los veteranos de la política; se nutrirá también del ámbito académico, del espectáculo, de los deportes, y de todas las esferas de la sociedad. La diversidad de orígenes no será un obstáculo, sino un activo valioso que enriquecerá la perspectiva y las capacidades de aquellos que asuman el compromiso de liderar.

La clave para esta nueva dirigencia estará en la honestidad, la humildad, la capacidad de escucha y el deseo genuino de servir al prójimo. Más allá de la experiencia política, lo esencial será la voluntad de construir un país sólido y próspero. La ambición compartida de forjar uno de los mejores países del mundo será el motor que impulse a la nueva clase dirigente, consciente de que es en ese entorno donde se criarán las generaciones futuras.

La próxima gran discusión política no se reducirá a la clásica dicotomía entre derecha e izquierda. Será una deliberación más profunda entre los que ven la política como un ejercicio reivindicativo y los que la entienden como uno aspiracional. Mientras que el enfoque reivindicativo se aferra al pasado y culpa a otros por las dificultades presentes, el enfoque aspiracional se orienta hacia el futuro y se pregunta qué se puede hacer para mejorar. Esta nueva clase dirigente será la encargada de impulsar un cambio de paradigma, orientando la política hacia la construcción de un futuro mejor, más que la revisión constante del pasado.

La transición hacia una nueva clase dirigente representa un llamado a la participación ciudadana, a la conjunción de la experiencia política con el ímpetu de la juventud, y al compromiso colectivo por un futuro compartido. La promesa de un país mejor dependerá de la colaboración y el esfuerzo conjunto de esta diversa pero unida clase dirigente.

El espíritu reivindicativo, en su esencia, mira hacia atrás en busca de culpables y afirma que la solución a los problemas radica en recuperar lo que se percibe como perdido. Esta perspectiva, acentuada en la última década, se manifestó con fuerza a través de un kirchnerismo que llevó la política del reclamo y la victimización a niveles sin precedentes. Aunque es innegable que existen reclamos justos y culpables reales, la característica distintiva de esta mentalidad es la tendencia a ubicar la culpa siempre en el pasado, externalizando responsabilidades hacia la dictadura, los años 90, el neoliberalismo, los medios de comunicación y las corporaciones.

En este enfoque, las agrupaciones políticas, incluso las juveniles, replican la retórica de figuras del pasado, perpetuando una narrativa que busca recuperar lo que supuestamente se perdió. En contraste, la aspiración no es una entidad recuperable, ya que no se realizó en el pasado, sino que apunta hacia el futuro. La escritura de Washington Cucurto, plasmada en su poema "Los puentes levadizos", refleja el hartazgo con lo reivindicativo, destacando que la historia de vida de cada individuo va más allá de las imposiciones ideológicas y la idolatría de figuras del pasado.

Todo extremo genera su reacción equivalente, y es crucial lograr que el pasado ocupe el lugar que le corresponde: el de aprendizaje pero también el de dejarlo atrás. Este equilibrio entre aprender del pasado y liberarse de sus ataduras abre un horizonte aspiracional para la política. La tarea fundamental es dirigir la mirada hacia el futuro, desafiando la rigidez de la reivindicación y abrazando una mentalidad aspiracional.

La poesía de Cucurto nos recuerda que la política debe basarse en la realidad de cada comunidad y no en imposiciones dogmáticas. Para avanzar, es esencial liberarse de la rigidez ideológica que vincula el presente exclusivamente con los fantasmas del pasado. Lograr un equilibrio justo entre aprender del pasado y aspirar a un futuro mejor se convierte en la clave para una política más dinámica, creativa y, sobre todo, orientada hacia la construcción de un horizonte prometedor.

Para algunas figuras políticas en nuestra Argentina, gobernar se ha convertido en la encarnación de la voluntad popular, donde el líder se erige como la cara visible del pueblo y su persona adquiere más relevancia que su gestión. En este contexto, la crítica al gobernante se percibe como traición, un asalto a la patria, y la búsqueda de reformas constitucionales para perpetuarse en el poder es moneda corriente. Sin embargo, el futuro de la Argentina exige un cambio de paradigma: gobernar deberá transformarse en gestionar.

Aunque la palabra "gestión" carezca de la carga mítica que a menudo se le atribuye al acto de gobernar, su impacto es profundo y tangible. La calidad de la gestión puede determinar si un niño crece en un hogar con cloacas o si una hija puede salir por la noche sin temor a ser asaltada.

Gestionar implica, simplemente, mejorar la vida de las personas sin comprometer el futuro ni fomentar divisiones, sin la pretensión mesiánica de salvar al país. Se trata de entender que el político no es más importante que el elector y que lo esencial son los intereses de los ciudadanos, no los de la casta dirigente.

A pesar de las críticas que puedan surgir, es fundamental reconocer que nuestras descripciones y aspiraciones contribuyen a dar forma al mundo que queremos construir.

Es hora de adoptar una perspectiva diferente sobre el país, no solo para allanar el camino al surgimiento de nuevas fuerzas y figuras, sino también para estar preparados cuando lleguen, sin sorpresas.

El futuro de la Argentina dependerá de nuestra capacidad para alejarnos de las prácticas del pasado y abrazar un enfoque centrado en la gestión, donde el bienestar de la población y el respeto por sus intereses ocupen el lugar central. En este cambio de paradigma reside la promesa de un país más justo, próspero y equitativo.

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