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Sin condiciones políticas y morales, la unidad es inviable

El discurso de unidad impulsado por Sadir choca con una realidad marcada por la desconfianza, la falta de transparencia y el deterioro institucional. Sin reglas claras, diálogo genuino y condiciones políticas y morales que garanticen igualdad y participación, la unidad termina siendo un concepto vacío más cercano a la obediencia que a la construcción colectiva.

La idea de unidad y construcción social que planteó Sadir en San Pedro, en el marco del aniversario de la Revolución de Mayo, pierde fuerza cuando una parte importante de la sociedad percibe que las reglas no son iguales para todos, que las decisiones se toman de manera cerrada o que el poder administra recursos y oportunidades con discrecionalidad. La confianza pública no se construye solamente con discursos; se construye con hechos visibles, con instituciones que funcionen y con ciudadanos que sientan que pueden expresarse sin temor a represalias políticas o económicas.

Pedir unidad suena más a una exigencia de alineamiento que a una verdadera convocatoria plural. El ejemplo paradigmático en este sentido son las “paritarias”, donde prima la imposición antes que el diálogo. La construcción colectiva implica aceptar el disenso, tolerar críticas y generar condiciones para que distintos sectores puedan participar en igualdad de condiciones. Nada de esto ocurre, por lo que la palabra “colectiva” está vacía de contenido.

El relato instalado por los radicales solo genera desconfianza, y eso afecta directamente la inversión, el empleo y la convivencia social.

Sadir habla de unidad mientras la realidad cotidiana muestra conflictos permanentes por la falta de transparencia y el deterioro de los servicios básicos, que provocan el enojo social. Entonces, se genera una distancia entre el relato oficial y la experiencia concreta de la gente.

Esa brecha, cuando se agranda demasiado, provoca el cinismo social: los jujeños ya no escuchan los mensajes políticos con esperanza, sino con sospecha.

Ninguna provincia puede desarrollarse de manera sostenible sobre la base del miedo, la división o la obediencia.

Pero, para que la unidad sea creíble, el poder debe dar señales concretas de apertura: transparencia en el manejo de los recursos, división de poderes, acceso a la información pública, respeto por las críticas y políticas que no discriminen entre amigos y adversarios. La confianza no nace desde la expresión de un señor montado en un púlpito; nace cuando el ciudadano siente que las instituciones funcionan más allá de quién gobierne.

Sadir intenta convencer a la sociedad de creer en la unidad, pero para ello es necesario generar las condiciones políticas y morales para que esa unidad sea posible y auténtica.

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