Jujuy | Oscar D’Oliveira |

Cuando un periodista se va…

Hacer una biografía sobre él sería un tanto frío como acartonado. Prefiero recordarlo recorriendo la redacción de su diario al que siempre le fue fiel como leal a su palabra.

Hizo escuela, dio catedra de la vida y llevó con firmeza y humildad todas las inquietudes que se le ocurrieron en su existencia. Precursor de la utopía del Paso de Jama como enamorado de la “Remington” que solo los grandes pudieron teclear.


Por eso pienso que cuando un periodista se va, ¡vaya que queda un espacio vacío!

Porque son especies en extinción, ¡porque son de raza!, porque su molde se hizo y se rompió en su demografía.


Cuando un periodista se va, la opulencia de las palabras se quedan huérfanas y el silencio abunda sobre cada escritorio pretencioso de noticias.


Es un apóstol menos que cae en la ley de la vida pero que se eleva hasta donde en vida lo habíamos encumbrado.


Eso sí, siempre nos queda un legado, una premisa y un placentero recuerdo. Es un mandato que nos queda grabado a fuego para quienes tuvimos la suerte de abrevar de la fuente de su experiencia.


Claro que nos dejó algo, porque imprescindible es aquel que nos deja cosas en la carrera o en la vida, para llevarse lo demás hacia la infinitud de lo eterno.


Cuando un periodista se va, claro que queda un espacio vacío, porque su lugar solo puede ser ocupado con el advenimiento de otro orfebre de las letras.

No vale llorar, sino más bien aferrarse al ejemplo de su vida. Porque el periodismo es justamente eso, la misma vida puesta al servicio de una profesión.


Cuando un periodista se va, la sabiduría va languideciendo, pero algo queda: los hechos que continuarán sucediendo, aguardando que las luces de cada día iluminen al nuevo maestro que se ha de presentar. La impronta será su lápida y su enseñanza la eternidad...

El Poeta del Fútbol

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