Política

No hay correspondencia entre representación y acción

El silencio cómplice de los diputados oficialistas sobre la crisis tarifaria ha dañado severamente su legitimidad ante la opinión pública.

La legitimidad no se sostiene únicamente con discursos ni con campañas de comunicación ni con voceros improvisados. Se sostiene con resultados, con honestidad, con rendición de cuentas y con la capacidad de asumir errores.

La legalidad garantiza el ejercicio del poder y la legitimidad, garantiza la aceptación social de ese poder. Cuando ambas planos se separan, la estabilidad democrática comienza a resentirse y el vínculo entre autoridad y ciudadanía se vuelve cada vez más frágil.

¿Qué dice la historia? que las democracias no suelen debilitarse de un día para el otro. Se deterioran lentamente cuando la desconfianza reemplaza a la esperanza, cuando las promesas incumplidas se acumulan, cuando las instituciones dejan de ofrecer respuestas eficaces y cuando la ciudadanía siente que su voz solo importa durante las campañas electorales. En ese contexto proliferan las soluciones simplistas y los liderazgos que prometen resolver en poco tiempo problemas que llevan décadas.

La frustración social se convierte entonces en un terreno fértil para el deterioro de la calidad democrática, porque crece la tentación de buscar atajos, de concentrar poder o de aceptar salidas autoritarias frente a tanta impotencia.

Recuperar la legitimidad no consiste únicamente en ganar una nueva elección, significa reconstruir el vínculo de confianza entre gobernantes y ciudadanos, abriendo espacios reales de participación y comprender que el poder público existe para servir a la sociedad y no para servirse de ella.

La legitimidad se sostiene mientras exista coherencia entre el compromiso asumido ante la sociedad y las decisiones que luego se adoptan desde el poder. Cuando los representantes elegidos rompen ese contrato electoral, abandonan las promesas que los llevaron a ocupar un cargo y terminan respondiendo a la casa de gobierno en vez de atender las demandas de la gente. Así comienza el proceso de deterioro institucional que vivimos en Jujuy.

La democracia deja de ser un instrumento de representación para convertirse en un mecanismo que convalida las decisiones que se toman a espalda de la sociedad. Esa distorsión constituye una de las mayores tragedias políticas en plena democracia.

Lo que estamos viendo es una suerte de transformación en donde el sistema se pone al servicio de la conservación del poder antes que de la transformación de la realidad.

De esta forma la gente queda atrapada, en un círculo de frustración donde las expectativas depositadas en las urnas terminan chocando una y otra vez contra un gobierno que administra el presente sin resolver los problemas estructurales.

No hay correspondencia entre representación y acción, la democracia conserva su forma pero pierde todo su contenido produciendo una profunda crisis de confianza entre quienes ejercen el poder y quienes le confiaron esa responsabilidad.