Política

La falta de reflejos no es atribuible a fenómenos climáticos excepcionales

Las declaraciones de EJESA y la decisión tardía del Gobierno de declarar la emergencia dejan al descubierto algo mucho más profundo que una falla circunstancial.

Lo que aparece es la evidencia de un sistema que, al menos, demuestra no estar preparado para responder con rapidez y eficacia ante una contingencia. Y eso no puede atribuirse únicamente a un episodio climático excepcional. Cuando un servicio esencial colapsa con semejante facilidad, la pregunta ya no es qué pasó ese día, sino qué dejó de hacerse durante años para que la infraestructura llegara a ese punto de fragilidad.

También queda expuesta una lógica que merece ser discutida. Si las empresas concesionarias y el propio Estado priorizan la obtención de recursos sin que esos ingresos se traduzcan en inversiones sostenidas para fortalecer las redes, modernizar el sistema y mejorar la capacidad de respuesta, el resultado inevitable es el deterioro. Un servicio público no puede administrarse con una mirada exclusivamente financiera, porque su razón de ser es garantizar prestaciones confiables para la gente. Cuando durante demasiado tiempo se posterga la inversión, lo que se acumula no son ganancias sociales, sino la vulnerabilidad del sistema.

Por eso, el problema no puede reducirse al clima. Las tormentas, los vientos intensos o cualquier fenómeno meteorológico forman parte de la realidad y deben contemplarse en la planificación de una empresa que presta un servicio estratégico. La verdadera discusión pasa por saber si existieron las inversiones necesarias, los planes de mantenimiento, el equipamiento y el personal suficiente para enfrentar situaciones previsibles. Si cada evento extraordinario deriva en un colapso generalizado, entonces el problema no es la naturaleza, sino la debilidad estructural del sistema.

La consecuencia de esa desinversión es un servicio que pierde capacidad de reacción, demora en restablecer las prestaciones y deja a miles de usuarios librados a su suerte. Esa falta de reflejos no aparece de un día para el otro; es el resultado de decisiones acumuladas durante años.

Cuando se vacía de recursos la infraestructura y se posterga su renovación, tarde o temprano la realidad termina pasando factura.

En definitiva, el debate no debería centrarse únicamente en la intensidad del temporal, sino en el modelo de gestión que permitió que un servicio esencial llegara a este nivel de vulnerabilidad.

Porque los fenómenos climáticos pueden actuar como desencadenantes, pero un sistema sólido está diseñado para resistirlos y recuperarse rápidamente. Si eso no ocurre, corresponde preguntarse si el verdadero problema es el clima o las decisiones que, durante demasiado tiempo, relegaron la inversión y la planificación de un servicio público indispensable.