Pero cuando esas mismas normas son utilizadas por las mayorías como una herramienta para impedir que los proyectos de las minorías sean tratados, discutidos o lleguen al recinto, como es el caso de la Legislatura de Jujuy con un sector de la oposición como La Libertad Avanza, que ha presentado más de 50 pedidos de informes sobre temáticas graves, o de la propia izquierda, se produce una distorsión en el sistema democrático.
Los reglamentos parlamentarios deben ordenar la cámara no silenciarla
Los reglamentos parlamentarios cumplen una función indispensable: ordenar el funcionamiento de las cámaras, establecer procedimientos y garantizar que el debate legislativo se desarrolle dentro de reglas claras.
Una mayoría tiene legitimidad para aprobar sus iniciativas porque obtuvo los votos necesarios, pero esa legitimidad no debería convertirse en el poder de decidir arbitrariamente (aunque deliberadamente lo hacen) qué temas pueden discutirse y cuáles deben quedar indefinidamente relegados.
La democracia no consiste únicamente en contar votos; también implica garantizar el pluralismo, el derecho a disentir, el control de los actos de gobierno y la posibilidad de que quienes representan a una parte de la sociedad puedan presentar sus propuestas y defenderlas públicamente. Cuando una mayoría utiliza su superioridad numérica para bloquear sistemáticamente las iniciativas de quienes piensan distinto, se configura una suerte de tiranía de las mayorías que puede ser formalmente reglamentaria, pero profundamente antidemocrática en sus consecuencias.
El problema no está en que una mayoría gane una votación; eso es absolutamente legítimo. El problema aparece cuando utiliza su poder para evitar que exista siquiera una discusión sobre determinadas cuestiones. En ese momento, el Parlamento deja de ser un verdadero ámbito de deliberación y corre el riesgo de convertirse en una escribanía de la mayoría circunstancial. El principal perjudicado no es solamente el legislador opositor: es la sociedad, porque pierde la posibilidad de conocer otras propuestas, otras miradas y, eventualmente, otras soluciones para problemas de la vida cotidiana.
Una iniciativa de la minoría puede ser rechazada después de un debate y una votación, pero impedir que sea discutida significa privar a la gente de conocer los fundamentos y evaluar los argumentos de quienes las impulsan.
Además, cuando esa práctica se vuelve habitual, genera frustración, descreimiento y una peligrosa sensación de que las instituciones funcionan únicamente para quienes tienen el número suficiente de votos.
Esa percepción termina alejando a los ciudadanos de la política y debilitando la confianza en la democracia representativa.
Por eso es necesario defender reglamentos que ordenen pero que no silencien; reglas que permitan gobernar a las mayorías, pero que, al mismo tiempo, permitan a las minorías ejercer su derecho a debatir sus ideas.
Una democracia madura no le teme a las ideas diferentes ni necesita esconderlas detrás de procedimientos parlamentarios: las enfrenta con argumentos, las somete al debate y luego se decide mediante el voto.
Los pueblos no progresan cuando una mayoría consigue imponer silencios, sino cuando sus instituciones permiten que todas las voces puedan ser escuchadas antes de tomar decisiones que afectan al conjunto de la sociedad.
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