Volvamos por un segundo al año 2015. Recordemos las promesas, los discursos encendidos, las plazas llenas de esperanza bajo el lema de un "cambio" que prometía no solo alternancia política, sino una profunda depuración moral. Nos hablaron de transparencia, del regreso al imperio de la ley, del valor de la palabra empeñada y, por sobre todas las cosas, de una lucha implacable contra la corrupción que había dejado a Jujuy de rodillas. A ese barco se subió el radicalismo de la mano de Gerardo Morales, prometiendo refundar las bases institucionales de la provincia.
Los malandras de "Jujuy Crece"
Hoy nos toca poner atención, con la crudeza que la realidad nos impone, sobre una de las contradicciones más dolorosas y profundas de nuestra provincia.
Pero el tiempo, que es el único juez que no acepta presiones, ha dejado al descubierto una realidad diametralmente opuesta. Tras once años de gestión, el relato del cambio se ha desmoronado para dar paso a un entramado que asombra por el nivel de cinismo de sus protagonistas.
Aquellos que venían a limpiar la política terminaron asociándose, bajo el amparo de la obra pública y los negocios público-privados, con malandras. Personajes sumamente oscuros, salpicados por los escándalos de corrupción más resonantes del país. ¿Cómo se explica que el titular de SECCO S.A., Jorge Balán, un empresario arrepentido e imputado por cohecho en causas nacionales, termine siendo un socio predilecto del gobierno provincial? ¿Cómo se justifica que la emblemática obra del Museo Lola Mora haya quedado en manos de la empresa Pandile, cuyo titular, Hugo Dragonetti, arrastra imputaciones por sobornos a empleados públicos? No son errores de cálculo, señoras y señores; es una preocupante elección de socios malandras para manejar el dinero de todos los jujeños.
Y, si miramos hacia el interior, el panorama político no es más alentador. La farsa del cambio se sostiene sobre alianzas territoriales con figuras que acumulan cuestionamientos penales y éticos, como Rolando Ficoseco, en Perico, o Dante Velázquez, en La Quiaca. Personajes funcionales al poder de turno, que garantizan la gobernabilidad a cambio de impunidad y negocios opacos. A esto debemos sumarle el escandaloso manejo del Ingenio La Esperanza, una herida abierta en el corazón productivo de Jujuy.
Primero, el circo de ofrecerle la empresa a un supuesto grupo de malandras colombianos que no tenía el más mínimo respaldo ni papeles que acreditaran su solvencia; un acting casi ridículo que rozó la complicidad. Y luego, una privatización exprés en favor del grupo Budeguer, realizada bajo un manto de sospecha y en condiciones que, hasta el día de hoy, la opinión pública jujeña no logra digerir.
La pregunta que nos queda flotando en el aire, y que seguramente usted se está haciendo del otro lado, es devastadora: ¿hacia dónde nos están llevando? Cuando una provincia urgía de una transformación profunda tras años de violencia y desfalco, lo que recibió fue una estafa política de magnitudes históricas. Una dirigencia que declama honestidad, pero cuya agenda está colmada de negociados y complicidades con los mismos malandras de siempre. ¿Qué futuro les espera a los jóvenes y a los trabajadores de Jujuy si la riqueza de nuestra tierra sigue alimentando las cajas de unos pocos privilegiados?
El progreso real, el crecimiento genuino de un pueblo y la reconstrucción de sus valores no se pueden cimentar jamás sobre la base de la complicidad, el oportunismo y el desborde ético de quienes ven al Estado como un botín de guerra.
No existe transformación posible de la mano de malandras procesados o acostumbrados al negocio fácil bajo la mesa; pretender lo contrario es una trampa moral que condena a las futuras generaciones. El verdadero camino hacia adelante, el que saca a las comunidades de la postergación y la decadencia, se garantiza única y exclusivamente abriendo las puertas a personas honestas, capaces, idóneas y con una verdadera vocación de servicio, dispuestas a trabajar por el bien común.
Son esos hombres y mujeres, que entienden que la función pública es una carga de altísima responsabilidad y no un privilegio para enriquecerse, los que pueden devolverle la dignidad a nuestras instituciones.
Para salir del estancamiento y dejar atrás esta estafa política que hoy padecemos, Jujuy necesita imperiosamente un recambio de dirigencia que ponga el mérito, la transparencia y el valor de la palabra por encima de los pactos de impunidad, porque solo recuperando la decencia en el poder podremos empezar a construir un futuro con verdadera justicia social y desarrollo colectivo.

