Política

El gobierno confunde modernización con informatización

Tras once años de gestión, el Gobierno volvió a presentar la modernización del Estado como un avance. Sin embargo, modernizar no es solo digitalizar trámites: un Estado moderno se mide por su capacidad de resolver problemas, estar presente en el territorio y mejorar la vida cotidiana de los ciudadanos.

Hay anuncios que, lejos de despertar entusiasmo, obligan a detenerse y pensar. Escuchar que, después de once años de gestión, los diputados fueron convocados para conocer los avances de la modernización del Estado deja una pregunta inevitable: ¿cómo puede presentarse como un logro que recién ahora existan avances? Después de más de una década de gobierno, la modernización debería ser un hecho visible para todos los jujeños y no un proceso que todavía se exhibe como una promesa en construcción.

Cuando el tiempo transcurrido es tan extenso, son los resultados los que hablan, no las presentaciones.

El problema es que muchas veces se confunde modernización con informatización. Digitalizar expedientes, incorporar sistemas o mejorar procesos administrativos puede ser positivo, pero eso, por sí solo, no alcanza para hablar de un Estado moderno. Un Estado verdaderamente moderno es aquel que simplifica la vida de las personas, responde con rapidez, administra con eficiencia y, sobre todo, está presente donde la ciudadanía lo necesita. La tecnología es una herramienta, no un objetivo.

La verdadera modernización también se mide recorriendo el territorio. Se expresa cuando un vecino del interior recibe la misma atención que alguien de la capital, cuando los funcionarios conocen la realidad de cada comunidad porque están allí y no solamente porque leen informes.

Un Estado que se concentra en sus oficinas y pierde contacto con la gente termina administrando expedientes en lugar de resolver problemas. La presencia territorial no es un gesto político, sino una obligación de cualquier gobierno que pretenda conocer las necesidades reales de su población.

Ningún gobierno puede conformarse con decir que está avanzando cuando la ciudadanía siente que los problemas cotidianos siguen siendo los mismos o incluso mayores.

Los radicales creen que el éxito se debe a la cantidad de programas que anuncian o a las reuniones que organizan. El éxito se mide por el impacto que generan en la vida de la gente. Gobiernan de acuerdo con indicadores internos que tienen poco valor si no producen mejoras concretas para la sociedad.

Cuando la persona deja de ser el centro de las decisiones, la modernización se convierte en un discurso vacío y la eficiencia pasa a ser apenas una palabra repetida en los actos oficiales.

Después de once años, los jujeños tienen derecho a que el Estado responda con la misma rapidez con la que cobra impuestos.

Porque el verdadero progreso no se mide por lo que el gobierno dice de sí mismo, sino por lo que cada ciudadano experimenta en su vida cotidiana. Allí se encuentra la medida real de una gestión pública.