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La elite en Jujuy vive de los negocios globales; la gente, de la subsistencia básica

Hay una contradicción obscena entre la provincia “vidriera” que se exporta al mundo y la provincia “puertas adentro” que se cae a pedazos. Es inadmisible que, mientras el gobierno de Jujuy se pasea por ferias internacionales vendiendo un paraíso de litio y paisajes de postal, la administración pública local esté sumergida en una decadencia salarial que ya no se puede ocultar con pauta publicitaria.

Estamos ante una gestión que parece haber elegido el marketing por sobre la infraestructura básica. Se ofrece un destino premium, pero los caminos provinciales son un peligro, las escuelas centenarias se desmoronan y los servicios de luz y agua son, en el mejor de los casos, deficientes. La pregunta es inevitable: ¿dónde está el dinero? Si Jujuy es realmente esa potencia exportadora de minerales y si las empresas estatales generan las utilidades que pregonan, ¿por qué ese supuesto derrame nunca llega a las plazas, a los barrios o al transporte público?

Aquí entramos en un terreno delicado. Mantener a los municipios asfixiados, sin una coparticipación real y con intendentes que deben gestionar ciudades atravesadas por el avance del delito y el consumo problemático sin presupuesto suficiente, no parece un simple error de cálculo. Surgen dos hipótesis inquietantes: o la provincia está condicionada por una deuda externa en dólares que obliga a un ajuste permanente sobre la población, o se está construyendo una caja política de cara a 2027.

Ante la irrupción de nuevas fuerzas políticas, el oficialismo parecería priorizar la acumulación de recursos por sobre el bienestar inmediato. El contraste es evidente: una elite conectada al siglo XXI de los negocios globales y una mayoría que retrocede hacia niveles de subsistencia básica.

Si se mira el escenario en números, la brecha resulta aún más evidente. Con un litio que supera los 20.000 dólares la tonelada y exportaciones que podrían alcanzar los 1.000 millones de dólares anuales, el empleado público jujeño enfrenta aumentos salariales del 9% frente a una inflación que ronda el 30%. El “oro blanco” brilla en los mercados internacionales, pero el poder adquisitivo local se deteriora.

Además, la participación estatal en los grandes proyectos es limitada y parte de las utilidades se destinan al pago de compromisos financieros. Mientras tanto, la infraestructura escolar y vial continúa mostrando un deterioro alarmante.

La brecha es profunda: una provincia que se presenta en el exterior como polo tecnológico y un presupuesto que destina recursos insuficientes a gastos de capital, con municipios que reclaman mayor autonomía financiera.

La sensación que queda es la de un embudo: la riqueza fluye hacia arriba o hacia afuera, mientras abajo quedan salarios deprimidos, rutas rotas y servicios colapsados. El debate ya no es discursivo; es estructural. Y la pregunta sigue vigente: ¿quién se beneficia realmente del modelo jujeño?

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