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ISJ: los números no cierran y la calidad es lo primero que se resiente

Con un déficit mensual de hasta 4 mil millones de pesos, el Instituto de Seguros de Jujuy enfrenta una fuerte tensión financiera que impacta en la calidad del servicio. Mientras el discurso oficial habla de “excelencia”, afiliados y prestadores describen demoras, sobrecostos y un sistema cada vez más deteriorado.

La pregunta que circula en cada oficina pública es si realmente una obra social que arrastra un déficit de entre tres mil y cuatro mil millones de pesos mensuales puede, como dice el vocero del gobierno, prestar un servicio de excelencia. La matemática es una ciencia exacta y, en salud, no hay milagros: cuando los números no cierran, la calidad es lo primero que se resiente.

Estamos hablando de una brecha financiera enorme que el gobierno provincial debe cubrir mes a mes con fondos del Tesoro, porque lo que aporta el trabajador ya no alcanza para sostener un sistema médico con costos que crecen a ritmo internacional.

El problema es que esta “excelencia” de la que se habla termina siendo una cáscara vacía cuando el afiliado va al consultorio y se encuentra con cobros adicionales o coseguros irregulares, muchas veces consecuencia de pagos tardíos o insuficientes a los prestadores.

La excelencia no es solo tener un carnet en el bolsillo. Es conseguir un turno en tiempo razonable, acceder a medicamentos sin trabas y no depender de amparos judiciales para tratamientos complejos. Hoy, el ISJ funciona en modo supervivencia, priorizando lo urgente y relegando inversiones en prevención y tecnología.

Mientras el sistema dependa de que el Estado inyecte miles de millones para evitar el corte de servicios, lo que existe es una estructura precaria donde el afiliado queda rehén de la burocracia. Es difícil hablar de un servicio de calidad cuando la cadena de pagos está siempre en tensión y la cartilla médica pierde efectividad.

Con un déficit mensual de esta magnitud, la única “excelencia” que persiste es la vocación de los profesionales y la paciencia de los afiliados. En términos concretos, una estructura que requiere subsidios permanentes difícilmente pueda sostener estándares altos de atención.

La sostenibilidad es clave. Un sistema de salud requiere previsibilidad y equilibrio. Mientras dependa de parches financieros, la cobertura seguirá existiendo en los papeles, pero en la práctica se traducirá en demoras, trabas y dificultades constantes.

A esto se suma una contradicción estructural: el Instituto de Seguros de Jujuy es, en teoría, un ente autárquico, pero en la práctica funciona bajo una fuerte dependencia del Poder Ejecutivo. La autarquía implica autonomía administrativa y financiera, algo que claramente no se refleja en su funcionamiento actual.

En un esquema ideal, una obra social sostenida por aportes de trabajadores debería contar con una conducción representativa, con participación de afiliados y criterios técnicos. Sin embargo, la designación de autoridades responde a decisiones políticas, lo que condiciona la gestión y altera las prioridades.

Cuando la conducción responde más al poder político que a los afiliados, el sistema se desvirtúa. La salud deja de ser el eje central y pasa a integrarse a una lógica más amplia de administración de recursos, donde muchas veces las urgencias médicas quedan en segundo plano.

Así, el ISJ queda atrapado en un modelo que combina déficit, dependencia financiera y tensiones en la prestación del servicio. Mientras no se aborden estas cuestiones de fondo, la discusión sobre la “excelencia” seguirá siendo más discursiva que real.

La salud difícilmente pueda sostenerse como un concepto abstracto cuando en la práctica está atravesada por números en rojo, falta de previsibilidad y decisiones que no siempre priorizan al afiliado.

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