El desarrollo turístico ha ido provocando el desplazamiento de los habitantes hacia zonas inadecuadas para establecerse. Zonas inundables, de aluvión, sin servicios y con desigual acceso al agua, espacios de descarte en el funcionamiento actual que ignora las lógicas naturales del territorio que en el pasado otros comprendieron. Se propone repoblar el alto de forma orgánica, habilitando territorios estratégicos y vinculándolos de manera vertical con las zonas bajas mediante dispositivos conectores que incluyan un programa ligado a lo cultural y al desarrollo productivo.
La quebrada forma parte de una región que presenta un potencial de generación solar de más de 2.300 Kwh/m2, sólo comparable a otros seis puntos del planeta. Esto da la posibilidad de desarrollar la captación, utilización y distribución de energía solar como sustento para la zona, pero también hace patente una relación cultural estrecha entre las comunidades locales y el sol que se remonta a épocas incas. En la localidad de Huacalera, un monolito marca el cruce del trópico de Capricornio, dónde cada solsticio de invierno las comunidades indígenas se reúnen a esperar la llegada de Tata Inti con danzas y cantos.
Además, el clima seco con un enorme porcentaje del año con el cielo despejado y la distancia a la contaminación lumínica de las grandes ciudades se suman a la posición geográfica como elementos que benefician la observación y el estudio del cielo y sus astros.
Implantándose al borde de un pronunciado desnivel al borde del río Huasamayo, el proyecto busca aprovechar el potencial arquitectónico de la naturaleza y sus cualidades espaciales, conectando el bajo con la zona alta. Responde a la intención de crear una relación mutuamente positiva entre lo construido y lo natural, y abordar el dualismo entre la intervención en el paisaje y su conservación.
Dos lenguajes intervienen. El del suelo, tierra y piedras del lugar –lo estereotómico– y el lenguaje de la estructura, liviana, que viene a cubrir el espacio, darle sombra –lo tectónico. Se genera un diálogo con el terreno, con una espacialidad que hace eco de la silueta natural y una morfología que contrasta con ella. El espacio que surge directamente de la tierra, conectando pasado y presente, llevando al sujeto contemporáneo a habitar una arquitectura que registra millares de años.
Estructura y envolvente metálicas responden a la liviandad necesaria y a la paleta de colores locales, pero también a la radicación cercana de los Altos Horno Zapla en Palpalá, primer centro siderúrgico de Argentina, entendiendo que impulsar su reactivación sería de gran importancia a la zona.
El proceso de extracción de tierras hace lugar para los volúmenes programáticos y genera un excedente que una vez tamizado se utiliza para materializar el basamento en el nivel bajo a orillas del río, en respuesta a las crecidas del mismo en épocas de lluvias. En la parte alta, el nivel de piso hundido con respecto a la tierra circundante permite experimentar el paisaje de una forma nueva, acercando al usuario a la tierra.
El programa se reparte en cinco piezas. En primer lugar, el conector vertical propiamente dicho con escalera y ascensor, y en segundo lugar cuatro volúmenes entre los que se reparte: Centro de Investigación en Energía Solar; Servicios Generales y Atención al turista; Observatorio y Museo Astronómico; Biblioteca y Talleres del Centro Astronómico.
Los autores
Sofía Fernández, Mateo Giuntini y Alfredo Doisenbant están a poco de recibirse. En la cursada de 2019 los tres coincidieron en Taller Nación, una cátedra nueva con una propuesta que los atrapó: “Es parte de una serie de propuestas dentro de la FADU que buscan plantear discusiones y buscar fundamentos proyectuales que van más allá del objeto arquitectónico, y que en este caso hace foco sobre el territorio argentino, su geografía y recursos”, describe Alfredo, también interesado en el arte y, en especial, dedicado al grabado.