De pie, con la frente en alto volviendo a casa….
Esto no fue como en Sudáfrica 2010, cuando los alemanes nos “ametrallaron “ sin piedad 4 a 0, o como les pasó a los brasileños que armaron la gran fiesta y les hicieron 10 goles en dos partidos.
Seguramente les dolió el cantico que fue un hit desde que arrancó este mundial que decía: “Brasil decime que se siente…”. Es que acusaron recibo pero no pudieron con la realidad y no lograron el título que hubiera asegurado la calma y la paz, de un país que vive una caótica realidad social.
Mientras nosotros avanzábamos paso a paso, Brasil se iba al infierno de un “maracanazo”, reeditado por un siete a uno que mandó al demonio las aspiraciones de los locales. Argentina seguía hacia la final con Holanda por aquellos infartantes penales que nos pusieron justamente en el centro de la escena.
Los locales, más calientes que las playas de Copacabana, tampoco pudieron quedarse con el tercer puesto ante los holandeses que fueron categóricos para hacer pasar “al cuarto” a los anfitriones.
Peor se pusieron los aficionados, quienes de pronto sufrieron el Síndrome de Estocolmo, que implica enamorarse de quién les hizo un daño físico y moral. De repente se transformaron en alemanes, con tal de que no ganara Argentina.
En el campo de batalla del encuentro final, los nuestros se vistieron de azul - como ocurrió en el 90 en Italia, frente al mismo enemigo- para dar combate en el legendario Maracaná, que sintió el tropel de los que luchaban en cada tramo del gramado.
Naturalmente que los alemanes jugaron con su estrategia de no dar por perdido ningún espacio, de tocar abriendo la cancha y con la mente fría en cada acción. Pero también Argentina jugó estratégicamente distribuyendo sus huestes, con el general Javier Mascherano, con el arranque promisorio de Lavezzi, que luego se diluyó. Siempre aguardando por la magia de Messi que globalmente no apareció.
No hubo dudas, Argentina generó sobre todo en el primer tiempo, incluido el gol que se devoró Higuain, dejando el sinsabor de un primer capítulo en el que merecimos más.
La segunda etapa siguió siendo un partido de truco, con dos bandos haciéndose señas en procura de sacar ventajas. Alemania elegía la practicidad, mientras Argentina estaba concentrada, metida en el plan establecido.
Nos ilusionábamos con aquel toque de gol del “pipita” Higuaín , pero estaba en posición prohibida. Después se fue dejando su lugar a Palacios quien también tuvo una inmejorable posibilidad de gol.
Nada se nos daba y cuando eso sucede, se concreta el viejo refrán que dice: “El que erra goles en el otro arco los ve hacer en el propio”. ¡Ojo que Romero también nos salvó antes de varios embates de los alemanes...
Al menos no se cumplía ese preconcepto de que Alemania “aplastaría” a nuestro seleccionado, aún cuando nos atragantábamos con ese cabezazo del alemán que pegó en el palo y que Romero milagrosamente recogió.
Como en el barrio me dije a mí mismo: “El que se equivoca pierde”. Encima el árbitro Rizzoli de Italia se comió un penal más grande que el Maracaná, cuando dentro del área el arquero Neuer rechazó una pelota con su puño, pero tirándole toda su humanidad de manera temeraria – como marca el reglamento – impactando tremendamente a Higuaín.
Mascherano parecía Russell Crowe en la película “Gladiador”, aunque con el final inexorable, para caer en una de las últimas secuencias del film, cuando Götze robó las espaldas de su marcador, para recibir una pelota en su pecho y definir de primera, haciendo estéril la reacción de Romero.
Después sólo hubo que esperar el final de lo que ya era una letanía para nosotros que esperábamos que sucediera un milagro. Pero el tiempo nos ahogó, para llorar primero, para secarnos las lágrimas y para estallar en un grito unánime en un estadio en donde fuimos mayoría: ¡Argentina, Argentina, Argentina!… Sentíamos el peso del mundo en nuestras espaldas, pero como somos “argentos” no le aflojábamos al contexto.
Yo digo como futbolero, que la pasé viajando por cada lugar, sin entender mucho, haciendo amigos, comiendo lo que hubiera, detrás de mi bandera por la cual dejé todo para ver a los míos, que esta experiencia no me la quita nadie.
Además saqué mis propias conclusiones, como por ejemplo que Messi no estuvo en su esplendor; que digan lo que digan Maradona es insuperable y que me gustaría tener un grupo de muchachos como este plantel en cada lugar de trabajo, porque así, todo sería distinto.
Quisiera pedirles disculpas por haber sido uno de los que no creía en ente proceso, porque cada nombre y planteo fue el requerido por parte del señor Sabella, el que seguramente, como todo argentino, será aprobado por unos y discutido por la máquina de picar carne que es a veces el futbol.
Por último quiero decirles gracias, por el sacrificio, la moral, honestidad y porque nos enseñaron a jugar en equipo. Porque nadie nos humilló como le pasó a Brasil y porque volví a recordar aquella frase de mi técnico de futbol infantil cuando me dijo: “En la vida, el que no da todo, no da nada”.
Queremos 40 millones de Mascheranos para sacar adelante este país, porque al fin y al cabo, como alguien dijo: “El futbol, es una pequeña metáfora de la vida y mi vida es mi Argentina “.
Un jujeño en Brasil

