Cuando se habla de recambio, hay que preguntarse qué es exactamente lo que se está cambiando. Porque una cosa es cambiar los nombres, las edades y las caras de quienes ocupan los cargos, y otra muy distinta es cambiar la cultura política, las prácticas de gobierno y la relación con las instituciones, y ahí es donde aparece la gran contradicción del discurso de Morales.
El legado unitario de Morales a los jóvenes radicales
Hay algo que resulta, por lo menos, paradójico en el discurso de Gerardo Morales cuando comienza a hablar de recambio generacional, de las nuevas generaciones que se fueron formando a su alrededor durante estos años y de la necesidad de que esos jóvenes dirigentes sean quienes continúen el proyecto político que durante más de una década tuvo al radicalismo como fuerza dominante en Jujuy.
Morales ahora dice que dejó una camada de dirigentes jóvenes formada durante su gestión. Entonces, la sociedad tiene derecho a preguntarle qué clase de formación recibieron esos jóvenes. ¿Los formó para gobernar o para obedecer? ¿Los formó para pensar por sí mismos o para continuar una estructura? ¿Los formó para defender las instituciones o para administrar el poder? ¿Los formó para controlar al gobierno cuando les toque estar en la oposición o para controlar la oposición cuando les toque gobernar?
La verdadera formación política, si se habla de una generación que va a conducir el Estado, tiene que estar vinculada con la defensa de las instituciones, con la independencia de los poderes, con la rendición de cuentas, con la transparencia y con la capacidad de aceptar que quien gobierna debe tener límites. Y precisamente ahí es donde el discurso de Morales empieza a mostrar una contradicción difícil de disimular. Porque cuando uno revisa los años de su gobierno, encuentra una discusión institucional que todavía está lejos de estar cerrada.
Cuando Morales habla de una nueva generación formada, ahí aparece otra pregunta inevitable: ¿qué les enseñó sobre los organismos de control? Porque en una república, el organismo de control no está para agradarle al gobernador, está para controlar al gobernador; no está para acompañar al poder, está para ponerle límites. Y cuanto más poderoso es un gobierno, más importantes son esos controles. Esa concepción del poder se transmite a las generaciones futuras.
Y esto se extiende también a la Legislatura. Una Legislatura fuerte no es aquella que acompaña al Ejecutivo en todo. Una Legislatura fuerte es aquella que puede decir que no, que puede investigar, que puede interpelar, que puede cuestionar y que puede obligar al gobierno a explicar sus decisiones. Si una nueva generación aprende que la fortaleza de un gobierno consiste en controlar las instituciones que deberían controlarlo, entonces lo que está transmitiendo Morales no es una cultura democrática, sino una cultura de poder.
Lo mismo ocurre con la Justicia y, en este sentido, una generación política que pretende gobernar tiene que comprender que la independencia judicial no es un lujo ni un obstáculo. Es una garantía para todos. Si los jóvenes que vienen detrás de Morales solamente reciben la tarea de conservar las alianzas y los mecanismos, entonces no estamos ante un verdadero recambio. Estamos ante una sucesión: cambian los dirigentes, pero permanece el sistema.
Y en ese punto aparece la figura de Adriano Morone, a quien el propio espacio político presenta como uno de los dirigentes jóvenes con proyección y como parte de esa camada que Morales reivindica. Y aquí conviene hacer una aclaración importante: el problema no es que Morone tenga vínculos políticos con Morales; el verdadero problema sería que este joven no tenga autonomía suficiente para construir su propia identidad. Si Morone y los demás jóvenes dirigentes son capaces de pensar distinto, de discutir decisiones del pasado, de revisar la gestión de Morales y hasta de enfrentarlo políticamente cuando consideren que corresponde, entonces realmente estaremos hablando de una nueva generación. Pero si la condición para avanzar dentro del sistema es conservar una fidelidad absoluta al liderazgo anterior, entonces la palabra recambio empieza a perder sentido.
Porque la verdadera renovación no se produce cuando el viejo dirigente elige a los jóvenes que van a ocupar su lugar. La verdadera renovación se produce cuando esos jóvenes tienen la capacidad de construir un proyecto propio y, llegado el momento, de decirle al viejo dirigente que una etapa terminó. Esa es la diferencia entre formar dirigentes y fabricar herederos políticos.
Morales habla de la formación de una nueva generación; debería preguntarse también qué relación con la oposición les enseñó. ¿Les enseñó que el adversario debe ser respetado y controlado? ¿Les enseñó que los acuerdos deben ser públicos y transparentes? ¿Les enseñó que una oposición fuerte es saludable para el gobierno? Esa es una discusión que los jóvenes dirigentes tendrán que resolver por sí mismos.
Ese debería ser el verdadero contenido de una formación política.
Un dirigente joven puede aprender a administrar un municipio, pero si no aprende que el poder tiene límites, entonces no está completamente formado. Y si aprende que la fidelidad al jefe político está por encima de la fidelidad a las instituciones, entonces estamos formando operadores políticos, no dirigentes democráticos.
Porque una escuela política democrática no forma soldados del poder, forma dirigentes. Y un dirigente no es aquel que obedece mejor. Es aquel que puede tomar decisiones, asumir responsabilidades, rendir cuentas y sostener sus convicciones aun cuando esas convicciones entren en conflicto con quien alguna vez lo ayudó a llegar.
Esa es la discusión que Jujuy debería tener hoy: no una discusión de edades, sino de valores. Ese es el verdadero examen que tienen por delante. Morales no puede hablar de formación sin responder qué formación institucional transmitió. No puede hablar de recambio sin explicar qué pretende que se conserve y qué pretende que cambie.
Ahí está, finalmente, la pregunta que debería quedar instalada: ¿Morales está formando una generación para que continúe su poder o una generación para que lo supere? Porque si es lo primero, entonces estamos ante una continuidad disfrazada de renovación.

