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No te vayas

Nota publicada en el Diario Olé - La derrota que Messi menos se merecía le sacó lo más sagrado para el futbolista: las ganas de jugar. La desilusión persigue cruelmente a una generación que acaba de perder más que otra final: su líder.

"Se terminó para mí la Selección. Por el bien de todos. Primero por mí, y después por todo. Hay mucha gente que desea eso. Que obviamente no se conforma, y nosotros tampoco, con llegar y no ganar. Nos tocó perder otra vez otra vez en los penales. Ya lo intenté mucho. Como ninguno quiero ser campeón, y no se dio. Lamentablemente, me voy sin poder conseguirlo”.

Sangra Argentina. Sangra una herida interminable que lleva 23 años y una más grande aún, que es el adiós del mejor, del capitán, del campeón sin corona.

Sangra, también, veintitrés años de lágrimas, de frustraciones, de decepción, de profundo dolor. De ser considerada tantas veces la mejor y no poder demostrarlo. Por esto. Por un penal. También porque las estrellas se apagan en el momento menos indicado. Es una generación maldita, una generación de oro que no puede librarse de esta maldición y está condenada a llorar.

Lloran los jugadores en el pasto. Lloran los hinchas en las tribunas, los muchos que se quedaron a hacerle el aguante a la Selección. Lloran argentinos y hasta estadounidenses, perplejos, incrédulos de este final. Y llora Messi, desconsolado, blanco. Un espectro en el medio del campo. La vista perdida en cualquier lado, como si estuviera en una cápsula fuera del tiempo. Y más tarde en el banco. Es un llanto terrible, desgarrador, un llanto de niño hombre.

Llora agarrado del techo del banco, como si estuviera sosteniendo ese mundo que se le cae encima. No alcanzan las palabras de Daddy D’Andrea, su masajista amigo.  Ni el abrazo de su amigo el Kun Agüero. Ni el consuelo de Claudio Bravo, el arquero chileno, compatriota en el Barsa que posterga su propio festejo para ir a palmearlo. El también entiende la pena inmensa que es para Leo este momento. El último.

El, justo él, no se merecía este final. Le pedían que fuera líder y lo fue. Le pedían personalidad y la tuvo. Le pedían que se hiciera cargo y nadie, pero nadie, se hizo más cargo que él. Acaso porque también necesitaba demostrarse él mismo que podía. No pudo. Y no podrá, si no cambia abruptamente de postura.

Esta vez le faltó mucho menos, y no podrán reprocharle que haya deambulado por la cancha, que haya estado ausente. La condena, anoche, fue ese penal a las nubes, un cohete que empezó a llevarse a la luna las ilusiones de ser campeón. Lo supo cuando se tapó la cara con las manos después de fallar su tiro. De ahí en más, sufrió toda la definición. Ese drama. Y tuvo la certeza absoluta de esta desazón con ese penal de Biglia que tapó Bravo: ahí, se escondió en su remera, intuyendo el peor final. Ese final de medalla plateada que en realidad es de plomo. La medalla que se descuelga casi inmediatamente como si fuera una mancha. La maldición también se lo devoró a él, el hombre que hizo que esta Copa tuviera sentido.

Pero el problema no fue Messi. En cambio, esta vez, estuvo en algunos de quienes lo rodearon. Unas fieras los de atrás, desaparecidos los de adelante. Salvo Banega, su compadre, el que mejor lo entiende, el que sigue jugando a la pelota como en un campito, el resto desapareció. No estuvo a la altura Di María, con el freno de mano puesto por la lesión que una vez más le arruinó la Copa y lo hizo llegar a la final con lo justo (¿habría jugado si no hubiera sido una final?). No estuvo a la altura Higuaín, otra vez fallando una pelota clave en una final más allá de todo lo mucho y bueno que había hecho fuera del área. No estuvo a la altura Agüero, que hizo menos que Higuaín. Y en este partido no estuvo fino el técnico, reaccionando tarde a un cambio como el de Kranevitter por Di María (que en los papeles es defensivo y en la realidad fue todo lo contrario) y quemando el cambio del 9 por 9 por ese sentimiento de culpa de tener dos titulares en el puesto y condenar a uno al banco. Cuando salió Higuaín, Messi se quedó solo con su alma contra el ataque piraña chileno: dos, tres, cuatro hombres encima. Hasta que lo desgastaron y lo fundieron.

Tal vez el mayor consuelo para Messi es que Argentina perdió contra un Chile gigante, que ratificó su espíritu guerrero y su condición de equipo.

Messi puede quedarse tranquilo. Puede dormir en paz. Dio todo lo que tenía, puso al servicio del equipo el brillo de su fútbol mágico que encandiló hasta a los amantes de otros deportes. No tiene mucho para reprocharse. Si se cortará esta maldición que parece eterna, será sin él, Mascherano y, quizás, Agüero.

Una y veinticuatro de la madrugada del lunes 27 de junio de 2016. Una hora y un día que pueden no ser uno más si nadie es capaz de torcer esa frase parida desde el sufrimiento más profundo por el 10.

Si el fútbol argentino se desangra por miserias de una dirigencia corroída por sus propias miserias, la decisión con la que Messi salió del vestuario del MetLife puede cambiar -para siempre- la vida de la Selección. “Ya está, ya está. No es para mí la Selección”, se despidió la Pulga.

Y si no es para él, ¿acaso para quién será de ahora en adelante?

La eterna maldición

La imagen es la más injusta. Que justo él, en una Copa impresionante haya errado su penal, habla de lo cruel que puede llegar a ser el destino. Porque Lionel Messi jugó un excelente torneo. Desde el esfuerzo de llegar lesionado y con todos los problemas con el fisco español, a entrar, hacer goles y ser figura, a sentir esa bronca de querer meterse lleno de lágrimas de tristeza dentro de su camiseta.

Hasta en la final tuvo una gran participación. Peleó todas, generó situaciones de gol. Pero no se quiso asociar la pelota: su amiga de toda la vida no fue cómplice para terminar dentro del arco de Bravo, vaya a saber uno por qué.

Lamentablemente, todo quedará como una historia sin final feliz, una injusticia deportiva de las más grandes si se puede decir de esa manera. Todo quedará en el olvido. Los tres goles a Panamá en una media hora espectacular, el que le hizo a Venezuela, el golazo de tiro libre a Estados Unidos, el convertirse en goleador histórico de la Selección Argentina. Nada de eso sirve de consuelo para alguien que sólo sabe ganar, que hizo todo lo posible para que Argentina cortara una maldición que seguirá viva hasta Rusia 2018 y ya lleva 23 años rompiendo ilusiones...

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