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Murió el padre de Ariel Ortega: Seguimos aqui "Burrito", junto a vos...

Hace dos meses te dábamos las condolencia por la desaparición de tu madre Doña Mirtha, de quién la recordábamos con especial acontecimiento que seguramente vos ignorabas. Pero pasó un tiempo y nuevamente te vuelvo a escribir, porque un viernes casi en vísperas del día del padre, Don José Antonio Ortega se te fue de tus manos y tus futuros abrazos como si estuviera escrito tanto dolor y melancolía en tan pocos días.

Quizá solo sirva como consuelo saber que tu viejo se fue en la tierra en dónde él supo trabajar con sus propias manos. En esos descampados en donde el fútbol lo atrapó como la génesis de tu misma maravillosa carrera.

Porque a tu papá le decían “El Burro”, por la potencia de sus remates, aunque claro que no tenía lo que los duendes de los cañaverales te enseñaron, a frenar, quebrar, pisar y todo eso que todo se sintetiza en una sola palabra: magia de potrero.

Por eso fuiste y serás el querido “burrito” a pesar de tu introversión y lo esquivo que le eras al periodismo y al contacto de todos los que se morían por un autógrafo o una foto.

Pero fuimos lo que te entendimos, por conocer la insidia de la prensa porteña, aunque esto te haya confundido con tu gente, que solo deseaba tenerte cerca. Igual todo te quisimos, a pesar de tus gestos pocos sociables.

Aunque todo lo retribuías con tus gambetas y tus goles, con el honor de decir en Buenos Aires que eras jujeño como nosotros que por una u otra cosa viajábamos a “La ciudad de la furia”.

Ariel, te tengo que confesar luego de que pasaron tantos años. Fue en el mundial de Francia 98 y, por esas cosas que tiene la vida, que tuvimos que ir a compartir con cámara y micrófono el partido que veríamos por la televisión en la casa de tu abuela.

Allí estaban tus familiares y entre ellos estaba tu viejo Don José, quién nos concedió muy amablemente notas, discurriendo de su vida personal y de tus inicios.

De allí quedamos en muy buenas relaciones, porque tu viejo era un tipo humilde y leal, como lo fue siempre tu hogar en tus pagos de Ledesma.

Pero resulta que un día – luego de haber hecho una buena amistad con una de tus tías – ellas a los pocos días nos comentó que tu papá había sufrido una descompensación y que había sido traslado a una clínica del corazón de la calle Belgrano de San Salvador.

Esto me llevó íntimamente y a título personal a tratar de verlo en dicha clínica, cuestión que afortunadamente pude hacer.

Tu viejo, me pidió que por favor no diera a difundir aquel desbalance que había sufrido su corazón, para que vos que estabas en pleno mundial no te preocuparas por los comentarios que seguramente la prensa internacional hubiese realizado ya te hubiese puesto nervioso desconcentrado de aquel mundial de Francia.

Simplemente le contesté que había ido a verlo en carácter de amigo y no periodista, que no se preocupara que aquello iba a ser una confidencia entre él y yo.

Por último, se mostró más tranquilo y levantó su ánimo diciéndome: “Cuánto le agradezco Señor Colqui, es usted un amigo y cuando vaya por Buenos Aires, pase por la cancha de River en dónde yo trabajo y, comemos un asadito y le hago conocer todo el estadio”.

Fue sí que pude conocer a un gran tipo como tu padre, como quién dice que solo escuchando hablar o tomar un café, aprende a conocer de inmediato a una persona.

Por eso – como hace dos meses cuando perdiste a tu madre – estoy y muchos estamos aquí en el momento de tu pena que solo los hijos sabemos comprender cuando a cada uno nos pasa.

Sé o me imagino que ni el dinero, los títulos y los vítores pueden devolverte lo más querido y que quisieras volver a tu infancia de los calores de Ledesma, volver a estar con los muchachos de tu barra o que tu grandioso River Plate te cobije bajo tus banderas.

Estamos aquí, nosotros y vos estrechándote un sincero abrazo querido Ariel Arnaldo Ortega.

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